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lunes, 27 de marzo de 2017

Los Puños De La Muerte

El viejo entrenador de boxeo miró a Gonzalo y quedó con la boca abierta. Gonzalo no pudo sostenerle la mirada, quedó con la cabeza gacha. Tenía la cara hinchada en algunas partes y toda llena de moretones. Estaban en un gimnasio de boxeo. Unos muchachos que en ese momento se encontraban golpeando las bolsas se quedaron mirándolos y empezaron a dar apenas unos golpes por lo mucho que aquella escena les llamó la atención. Todos supusieron lo mismo, que Gonzalo había boxeado en otro lado, o tan malo como eso, que se había peleado fuera del cuadrilátero, aunque no imaginaban quién podía haberlo dejado así.
El entrenador se llamaba Jerónimo, y enseguida hizo que todos siguieran trabajando. Dos que estaban “haciendo guantes” se habían detenido también pero solo con una mirada los hizo continuar. A Gonzalo le indicó que lo siguiera hasta la oficina con un gesto. La oficina era una pequeña repartición del mismo salón donde entrenaban. Los dos se sentaron. Jerónimo quedó mirándolo directamente; Gonzalo repasó con la vista las viejas fotos de púgiles que había por casi toda la pared.

—¿Y bien, peleaste? —le preguntó finalmente el viejo.
—Sí, pero no como usted está pensando.
—Yo estoy pensando que fuiste a otro club, y que aunque soy tu representante y entrenador tuviste una pelea sin avisarme. Si no es eso entonces te peleaste en la calle. Y si fue eso más vale que tengas una muy buena razón para haber peleado, bien sabes lo inflexible que soy con eso. ¿Y qué fue, te peleaste con varios?
—Nada de eso, se lo prometo por mi madre —le contestó Gonzalo ahora mirándolo a los ojos.
—Está bien. ¿Pero qué pasó entonces? ¿Te accidentaste?
—Como decirle... Es increíble, y si se lo digo no quiero que piense mal de mí, que soy un loco o algo así.
—¿Qué es increíble? Mira, solo dime la verdad y ya. Sabes que eres como un hijo para mí.
—Lo sé. Se lo voy a contar entonces —le dijo Gonzalo, tomó un trozo de papel que había sobre el escritorio y mientras jugaba con el doblándolo una y otra vez empezó a narrarle—. Fue esta noche pasada. Empezó cuando entré al gimnasio. Llegué como todos los días pero enseguida noté que todo estaba raro, como deformado. Las bolsas estaban todas hundidas o hinchadas, los “puching ball” se parecían a cabezas, todo era grotesco. Por eso supe que soñaba. Recorrí el gim con la vista y me topé con algo que me estremeció en el sueño y también en el cuerpo real. Era, lo supe inmediatamente, La Muerte. Tenía puesto la clásica túnica negra con capucha. Por suerte no se le veía mucho la cara, porque lo poco que alcancé a verle casi me mató, así lo sentí. Otra vez me estremecí, allí y en la cama, en ese mundo y en este, cuando La Muerte habló con una voz aterradora: «Sé lo que va a pasar si te llevo ahora. Todos hablaran de lo injusta que es la muerte, que eras un joven talentoso con mucho futuro, y todo lo que suele decirse cuando muere alguien joven y con una prometedora carrera por delante. Bueno, por eso te voy a dar una oportunidad», me dijo.

“Señaló hacia el cuadrilátero con una mano enorme y huesuda, y allí vi que había un boxeador. Estaba claro que quería que me enfrentara a él. Aquella cosa me aterraba tanto que obedecí sin siquiera animarme a pensar en no hacerlo. Subí al cuadrilátero. Ya tenía los guantes puestos y el otro también estaba listo. Lo examiné con la vista. Era bastante mayor pero con un físico muy bien formado. Pantaloncillos cortos, botines antiguos, también lo eran los guantes que llevaba. Era uno de la vieja escuela, aunque no tan vieja, juzgué por su guardia. Enseguida vino hacia mí y empezamos.  Di unos pasos laterales para ver cómo se movía. Era rápido. Mientras le escapaba me pasó haciendo viento un gancho a la cabeza. Aquella era una pelea por mi vida, estaba claro. Dejé el estudio y le tiré el uno dos. Los barrió con los antebrazos, como supuse, pero un tercero que tiré al cuero le dio. Su respuesta fue avanzar como un toro. Retrocedí pero lo esperé con un cruzado, más él se esquivó hacia su izquierda al tiempo que me barría el golpe con la mano de ese lado, y casi al mismo tiempo me entró con un directo al hígado. Me fallaron las piernas y me sentí morir. Cuando caí el otro se alejó. No hubo una cuenta pero sentí que la vida se me iba a cada segundo. Pero no podía terminar así. Al levantarme regresó mi energía. Puse todo lo que tenía, hice lo mejor que pude, pero como ve por mi cara, el otro era muy bueno.  Pero yo también le di varios, y en uno de esos sentí que me volvía algo más de energía al golpearlo. Eso me animó y seguí. La Muerta nos miraba desde abajo con sus ojos huecos. Terminé tomándole el tiempo y lo descifré. Por cada uno que él me daba yo le devolvía dos o tres. En el último golpe use toda mi voluntad y las ganas de vivir, y lo tiré de espaldas. Apenas cayó desapareció, y cuando miré hacia La Muerte esta se iba retirando. ¡Muchas gracias! Le dije. Levantó una mano huesuda como aceptando mi gratitud y desapareció. Instantáneamente todo volvió a la normalidad y después desperté. Estaba aliviado, contento, mas cuando me dolió todo y fui hasta el baño y vi que estaba así, pensé que estaba en problemas porque nadie me iba a creer. Es... lo que pasó”. Terminó de decir Gonzalo.
—Te creo —le dijo el viejo—. Sé que en este mundo hay más de lo que se ve a simple vista. Ahora ve a descansar. Toma esta oportunidad con todas tus fuerzas. Ya pensaré en algo para inventarles a tus compañeros. 
—Muchas gracias. No tengo palabras para decirle lo mucho que le agradezco su comprensión.
—No necesitas decirlo. Ve a descansar.

Cuando Gonzalo se retiró el viejo quedó pensando. Le creía al muchacho, pero no se imaginaba a la muerte dando oportunidades así porque si.
Lo comprendió todo un tiempo después, cuando Gonzalo mató a un tipo en una pelea. Y ese fue solo el comienzo. 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Iba a ser un peleador despiadado? O un asesino?

Jorge Leal dijo...

Mataría más bien por "accidente", o sea, sería un instrumento de la muerte. Gracias. Saludos!!

Anónimo dijo...

Hola tocayo andaba de viaje no me conectaba mas y ahora te leo.Bueeen cuento me gusto,sabes que me gustan asi.Podia pedirte uno paea para mas adelante? tipo boxeo con mano abierta como los griegos del Pancracio..saludos..Willy

Jorge Leal dijo...

Hola Willy. Gracias.
Podría ser sí. En este momento no tengo nada parecido, ni una idea, pero como me gustan los cuentos así alguno va a salir. Saludos!!

Raúl Sesos dijo...

Hago boxeo desde que tengo memoria, junto a mi ya fallecido padre aprendí y hasta hoy día lo practico por rutina deportiva. En el mundo del boxeo se presenta cada dificultad, que este relato me hace decir, es este tipo de dificultad nada mas ya la que faltaba. Sinceramente me encanto. Saludo Cordial.

Jorge Leal dijo...

Mira que bien. Yo también practico boxeo, aunque en mi casa, hace años que no piso el club. Lo que pasa es que desde hace mucho tiempo a mi estilo le incluyo codos, y los golpes a la altura de la cabeza los tiro con la mano abierta, a dar con la base de la palma. Empecé a practicar así por un problema en la mano.
Ni que lo digas, incluso a un nivel amateur y bajo el boxeo es difícil. Si fuera un videojuego virtual igual sería difícil vencer al otro, si a eso le agregas el esfuerzo físico, y que el otro te pega ¡Jaja! Hace que sea realmente difícil. Y si se suma los chanchullos del mundo profesional ¡Puf! Y mis personajes no la tienen fácil. ¿Recuerdas a Francisco, el de "Desierto Infernal"? Ni en el mundo literario es fácil ¡Jaja! Saludos!!

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