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martes, 18 de abril de 2017

¡Agua!

Aquella pesca prometía ser una gran aventura, y así fue.  Teníamos que encontrar una laguna perdida en el monte que no sabíamos bien dónde se hallaba. Iba con Andrés, mi hermano menor. Nos llevaron en camioneta nuestros padres. No les gustaba la idea de dejarnos en medio de la nada pero como yo ya casi era mayor de edad (le llevo solo dos años a mi hermano) y teníamos experiencia no se rehusaron. Bajamos frente a un campo todavía oscuro.
Tras despedirnos saltamos el alambre y comenzó nuestra aventura. El cielo que teníamos frente a nosotros se fue aclarando y el día empezó a disolver la oscuridad. El aire estaba cargado de una humedad refrescante.  Prometía ser un día espléndido, creímos. 
Andrés había escuchado sobre una laguna con mucha pesca que se encontraba en un monte cercano. Con solo algunos datos de la ubicación de dicha laguna, encontrarla no iba a ser fácil. Cuando asomó el sol nos mostró un monte a unos cientos de metros hacia nuestra derecha, y rumbeamos hacia la fronda.   Cuando llegamos al borde del monte las cigarras ya estaban cantando y competían con ella varios tipos de pájaros.   En la zona intermedia entre el monte y el campo había árboles espinosos, principalmente acacias.
 Al franquear esa zona descubrimos que aquel bosque nativo era impenetrable.  Nos detuvimos después para tomar agua y le dije a Andrés, mientras tapaba mi cantimplora: 

—Entonces hay que entrar en la primer picada (sendero de monte) que hay yendo  hacia el norte. Así te dijeron, ¿no? —le pregunté a mi hermano. 
—Sí, la primer picada hacia allá —me contestó, aunque no parecía estar muy seguro porque después se rascó la cabeza como quien trata de recordar algo. 

Y seguimos costeando aquella muralla de árboles. Una hora más tarde la luz del día ya era excesiva. El canto de las cigarras nos taladraban los oídos. En uno de los cielos más azules que he visto no pasaba ni una nube y no soplaba ni la más mínima brisa.   En otra nueva pausa nos dimos cuenta que el agua no iba a alcanzar para todo el día. Si no encontrábamos la laguna debíamos hallar otra fuente de agua. Al descubrir una picada nos alegramos bastante. Pero tras caminar no sé cuánto por el monte la picada desembocó en un pajonal. Allí solo había barro, pajas afiladas y nubes de mosquitos que enseguida se nos vinieron encima. Los mosquitos nos siguieron largamente hasta que salimos de aquella picada ciega. Tenía que ser más adelante. Pasado el mediodía nos sentamos en una parte menos tupida del bosque y bajo aquella sombra comimos un desayuno-almuerzo, porque desde la cena en nuestra casa no probábamos bocado. 
   Allí prácticamente nos terminamos el agua.   Andrés sacudió su cantimplora y me dijo: 

—Me queda solo esto. Hubiéramos traído más agua, pero mi mochila ya estaba pesada. 
—Sí, tanto nos preocupamos por la comida y seguramente nos va a sobrar, lo que precisamos es agua. 

Más tarde intentamos seguir pero el sol quemaba demasiado. La tierra emanaba calor, un calor agobiante, y sin una brisa que refrescara, el día parecía un horno. Los pájaros se habían callado, solo las cigarras seguían dándole a su loco canto y parecía que aquel era el sonido del calor. Nos tiramos en la sombra y nos preguntamos qué hacer.  No esperábamos un día tan tórrido. No podíamos avanzar bajo aquel sol, había que esperar a que descendiera bastante, así mismo no iba a cocinar. En el camino ya andado sabíamos que no había agua, por lo que me pareció que lo más inteligente era seguir cuanto se pudiera, hallar agua y volver bien dotados del vital elemento. La pesca ya se había arruinado.  En la naturaleza la situación puede empeorar fácilmente. Había leído sobre la insolación y sabía que era cosa seria.  Nos hubiera gustado dormir un buen rato pero nos agobiaban moscas, mosquitos y tábanos. 

Cuando el sol bajó lo suficiente volvimos a caminar, aunque seguía quemando igual.  Encontramos tres picadas más pero ninguna conducía hacia una laguna, terminaban en barrancas resecas o pajonales.  Cerca del atardecer vimos algo prometedor y fuimos a investigar. Había un grupo de sauces en el campo, como a dos cuadras del monte. Era un arroyuelo cristalino que se ensanchaba formando una pequeña laguna.  Nos reímos de alegría y nos echamos a beber directamente de la superficie. Beber aquel agua sin hervirla antes fue algo bastante imprudente, y de pura suerte no nos enfermamos, pero en aquel momento me pareció el mejor agua que había probado. También nos dimos un buen baño. Después armamos la carpa y pasamos allí casi toda la noche. Emprendimos el regreso mucho antes del amanecer, y cuando el sol ya empezaba a quemar de nuevo llegamos a la ruta; nuestros padres ya estaban allí. 

¿Y la laguna? Nunca la íbamos a encontrar en aquel monte. Después supimos que debimos bajarnos mucho antes, en otro monte.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias. A mí me encanta. Surgió de algo que me pasó, aunque no con un hermano, con unos conocidos. Íbamos rumbo a una laguna que se supone que conocían, y se les ocurrió entrar en un lugar que no tenía nada que ver. Fui a explorar, anduve arrastrándome en algunos tramos en el monte y nada de hallar la laguna. Después nos alcanzó el padre de ellos y dijo que no era por allí ¡Jaja! Saludos!!

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