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viernes, 21 de abril de 2017

Buscadores De Tesoros (para niños)

Los hermanos Andrea y Ernesto tenían un pasatiempo bien divertido. Vivían en el campo y cerca de su casa había una zona llena de pequeños tesoros. Los niños juntaban y coleccionaban piedras de cuarzo. Las piedras estaban en una tierra muy pálida y en algunas partes dura, y allí no nacían pastos, era una zona arcillosa.
Siempre que tenían tiempo corrían hasta su pequeña cantera y se ponían a juntar sus preciados tesoros. Había cuarzos de todas las formas y de abundantes colores. Ernesto prefería los cristales transparentes, mientras Andrea prefería las ágatas bandeadas y los nódulos pequeños de color. A las que no estaban sueltas las arrancaban con una pala pequeña. Muy cerca de ese lugar corría un arroyuelo y allí los niños lavaban sus hallazgos hasta que los cuarzos brillaban ante la luz del sol; después los guardaban en su hogar en unos cajones de madera. Cada uno tenía sus propios cajones. Con el paso del tiempo llegaron a acumular muchos kilos de piedras cada uno.

Los días aburridos de lluvia o de mucho frío se ponían a revisar sus piedras. Tenían tantas que siempre encontraban alguna que no recordaban haber juntado. Les gustaba jugar a que eran joyas de mucho valor y a veces se intercambiaban algunas. Así podían pasar varias horas sentados en el suelo de su cuarto, rodeados de preciosas joyas de cuarzo con diseños de banda, circulares, cuadrados, y con piedras rojizas, amarronadas, blancas, amarillentas y transparentes. Siempre terminaban rodeados por su colección de relucientes objetos.

Durante un verano muy seco la familia se vio en apuros porque la sequía arruinó la plantación de su padre. Andrea y Ernesto notaron que sus padres estaban preocupados y quisieron ayudar. Después de discutirlo entre los dos fueron a planteárselo a sus padres, que se encontraban conversando en la cocina. Andrea era la más conversadora, por eso fue ella la que habló primero:

—Mamá, papá, Ernesto y yo tenemos una idea para ayudarlos.
—¿Qué tienen una idea? Muy bien, los escuchó —le dijo su padre sin tomarlos muy en serio. La madre de ellos los miró sonriendo, le pareció un gesto muy dulce.
—Les damos todas nuestras piedras para que las vendan —dijo Ernesto.
—No esperaba esto —reconoció su padre—. Sé que ustedes aprecian mucho su colección. Gracias pero no es necesario. Antes ya hemos estado en algún aprieto y siempre salimos de él. Puede que dentro de unos pocos días llueva y... Seguro que todo va a mejorar.
—Pero papá, en serio, pueden venderlas, tienen que valer bastante porque son muchas y muy bonitas —opinó Andrea.
—Claro que son bonitas, son hermosas; pero también son muy comunes, no creo que valgan algo.
—En realidad sí valen algo —intervino la madre de los niños—. En la página donde vendo mis manteles he visto que las ofrecen a un precio bastante interesante, y muchas no son tan lindas como las que tienen ellos, de hecho, algunas se nota que son simples vidrios. En serio, podría ser otra entrada de dinero.
—Puede ser, pero son su colección —objetó el papá.
—Nosotros queremos venderlas igual —dijo entonces Andrea—. Podemos juntar más, y ahora sería hasta más divertido porque estaríamos ayudando.
—Sí, yo les doy todas las mías y junto otras —aseguró Ernesto.

Su padre no estaba muy convencido pero aceptó. La madre le tomó muchas fotos a los cuarzos y las publicó. Resultó que eran muy comunes allí pero raras en otros lugares, y la colección de los hermanos era tan buena y variada que enseguida empezaron a venderse. Ahora salían a juntar sus tesoros con mucho entusiasmo porque sabían que estaban ayudando. Los problemas económicos de la familia terminaron y un tiempo después llovió y se terminó la sequía. 

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