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jueves, 20 de abril de 2017

Cuentos De La Selva

Los indígenas ancianos de la aldea educaban a los niños con cuentos. Con aquellas narraciones pretendían que los niños aprendieran a respetar la selva y a sus peligros. Pero Itaití creía que ya tenía edad como para cazar solo, y a aunque había escuchado muchas historias sobre los peligros que asechaban entre los árboles, miraba a la selva con aire altanero “Con mi arco y con mi lanza no le tengo miedo a nada”, pensaba.
Para demostrar lo valiente que era se internó solo en la fronda. Como el día recién comenzaba la selva todavía estaba muy oscura.  Tomó un sendero y avanzó atento. Algunos pájaros cantaban en la luz aún difusa pero creciente del alba. En aquella confusión de sombras y hojas era poco lo que podía distinguir, pero Itaití iba con su arco listo para lanzar una flecha, en cuanto distinguiera algo.

En un tramo el sendero se bifurcó y el niño tomó el de la derecha. Mientras caminaba cauteloso se imaginaba lo sorprendido que iban a estar sus padres cuando él volviera con algo. “Estaría bueno un pecarí, pero son muy pesados. Tal vez un agutí, o un pájaro grande”, pensaba. Pero él no era el único que andaba cazando por allí. Cuando creyó escuchar un ronquido se detuvo y prestó atención. Diversos sonidos llegaban desde lejos pero en las cercanías estaba silencioso.  Las sombras ahora eran menos densas y le permitían escudriñar varios metros entre la densa vegetación. 
De pronto gritaron unos monos y después los escuchó alejarse saltando de rama en rama. En aquel momento recordó algo que le habían enseñado: aquellos monos habían visto a un depredador grande, probablemente a un jaguar. 

Itaití miró hacia todos lados. Ahora ya no quería cazar, quería volver a la aldea.  Empezó a desandar el camino, volteando y girando la cabeza cada pocos pasos.   No muy lejos del sendero algo avanzaba cautelosamente paralelo él. Era algo que se abría paso ágilmente entre la selva, era un depredador silencioso, y solamente algunas ramas que chocaban con otras indicaban que algo se movía por allí. 

Itaití vio sobre su hombro que un bulto se movió y giró rápidamente apuntando una flecha. Era un jaguar enorme e iba directo hacia él. El animal avanzaba agazapado, con la mirada fija en la de Itaití, estaba pronto para saltar.  El niño tensó el arco y apuntó mejor; sabía que su arco no era lo suficientemente potente como para liquidar a un jaguar pero pensó que tal vez podría espantarlo, además, si aquel iba a ser su fin iba a morir luchando.

  Pero antes de que soltara su flecha una lanza se clavó en un tronco justo delante del jaguar, que enseguida se detuvo y miró hacia un costado.  El padre de Itaití y otros más venían corriendo. El felino lanzó un rugido amenazante, mas al verse ahora en peligro huyó selva adentro y se perdió entre la fronda.  
Itaití se sintió avergonzado y creyó que lo iban a castigar, pero su padre solo estaba contento por haberlo encontrado sano. Itaití no volvió a cazar solo mientras fue un niño, y dejó que su padre decidiera cuándo sería el momento de hacerlo; había aprendido de su corta aventura, además, a veces creía oír un rugido sordo que venía de la selva, como si el jaguar todavía lo acechara.

2 comentarios:

  1. Uff. Sr Jorge. Me llevó un buen de tiempo leer todos sus cuentos y quedé muy complacida con la mayoría de ellos. Espero nos siga deleitando con su trabajo que muchos tal vez no aprecien. Gracias desde México

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  2. Que trabajo te tomaste, son muchos cuentos.
    Gracias por acompañarme en esta aventura de escribir. Y como muchas de mis historias, el final es abierto ¡Jaja! Saludos!!

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