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viernes, 7 de abril de 2017

El Abuelo Juan Cocinero

Romina y Gabriel miraban la lluvia por la ventana. Una lluvia fría empapaba los campos y resbalaba por el vidrio de la ventana. Aburridos como pocas veces, fueron a donde estaba su abuelo para pedirle que les contara algo. El viejo Juan estaba sentado al lado de la chimenea, medio dormido, pero se despabiló con una sonrisa al ver que sus nietos arrimaban unas sillas hacia él:

—Abuelo, estamos aburridos —le dijo Romina.
—¡Ah si! Yo antes no tenía tiempo para aburrirme porque trabajaba todo el tiempo, hasta cuando dormía —aseguró Juan.
—¿Y qué hacías cuando dormías? —le preguntó Gabriel, ya tentado por la respuesta graciosa que esperaba.
—Cuando dormía incubaba huevos, porque antes no había de esas incubadoras que hay ahora, solo poníamos los huevos de las gallinas debajo del colchón para mantenerlos calentitos. Y mi trabajo con esas aves no terminaba ahí, porque tenía que levantarme bien temprano para despertar a los gallos para que cantaran, y así la gente del caserío se despertaba.
—¡Jajaja! ¿Y por qué no los despertabas directamente vos, abuelo, si te levantabas antes que los gallos? —lo interrogó riendo Gabriel.
—Porque yo nunca canté muy bien, que pregunta.
—Abuelo, cuéntanos algo, un cuento —le pidió Romina.
—Yo no me sé cuentos, los míos son historias, cosas que me pasaron. Pero bueno, puedo contarles algo. ¿Sabían que una vez fui cocinero en el ejército durante la guerra?
—No —respondieron los dos, y preguntaron a la vez—. ¿Eras buen cocinero?
—Bueno... supongo que de primera no. Una vez apareció un coronel en la cocina y me dijo que se estaba perdiendo a muchos hombres. Y bueno, así es la guerra, es cruel, reflexioné. Y él va y me dice: Sí, la guerra es cruel, pero estos hombres todavía no fueron a ninguna batalla, fue por su comida. Trate de mejorar su receta, sino nos vamos a quedar sin soldados.

“Y yo para cumplir esa orden me empeñe en mejorar, y fui mejorando. Los soldados me felicitaban después, y hasta los coroneles y almirantes empezaron a comer lo que yo hacía. Pero fui víctima de mi éxito, porque cada vez tenía mas trabajo. Y me la pasaba picando esto y aquello, y revolviendo ollas enormes. Y los soldados cada vez pedían más a medida que avanzaba la guerra.

“Eso me extrañó un poco, parecía que cada vez había más soldados, cuando por lógica tendrían que haber menos, pues era la guerra, y no estaban llegando tropas nuevas. Después descubrí qué estaba pasando. Mi comida era tan buena que esa noticia llegó al otro bando, y los muy golosos empezaron a cambiarse para el nuestro. Y cuando del otro lado ya no hubo más nadie, la guerra terminó.

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