¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 8 de abril de 2017

El Abuelo Juan Y La Tecnología

 Era navidad, y cuando sus padres se lo permitieron Gabriel y Romina salieron corriendo a abrir sus regalos. Después de desenvolver los paquetes fueron a mostrarle a su abuelo Juan.

—¡Mira lo que nos regalaron, abuelo! —Dijeron los dos.
—A ver. ¿Qué son esas cosas cuadradas? —preguntó Juan, inclinándose hacia adelante en su sofá. 
—Son celulares —le contestó Romina.
—Ah. Yo con esas cosas de la tecnología no me llevo. Saben, cuando yo tenía la edad de ustedes, una vez vino un tío mío que estaba viviendo en la ciudad, y fui a pasar unos días con él. Apenas llegamos a la ciudad vi aquellas casas altísimas que iban hasta allá arriba, los tales edificios. Yo le pregunté a mi tío por qué hacían tan altas las casas, y él me dijo que era para aprovechar más el espacio, y ya se puso a decir que eran grandes obras de ingeniería y no sé cuantas cosas más. Cuando íbamos bien cerca de uno de esos edificios vi que allá arriba había hombres subidos en unas tablas que colgaban de cuerdas. Estaban limpiando las ventanas, pero yo no sabía, nunca había visto algo así. Entonces señalé rumbo a los tipos y le dije a mi tío: Mucha ingeniería y todo eso pero no se les ocurrió hacer algo para subir por adentro.

Los niños explotaron en carcajadas, y después se sentaron a los pies de su abuelo, atentos a una nueva narración.

— Otro día —siguió Juan— fuimos al tal cine. Nunca en mi vida había visto algo parecido, porque en casa no había tele. Y nos sentamos en la primer fila, con aquella pantalla grandota bien cerca. Al rato de empezar la película el tío me preguntó si me gustaba y yo le dije que sí. Mi cara no debía demostrarlo, porque él me preguntó lo mismo varias veces durante la película. Cuando terminó y salimos le dije que no me había gustado. ¿Por qué no me dijiste antes? Me preguntó él, y yo le contesté: No quise decirlo antes porque estábamos muy cerca de los actores y nos podían escuchar.

Nuevamente los niños se echaron a reír. El viejo estaba inspirado ese día, y continuó:

—Y la primera vez que vi un auto... Yo ni sabía que existían cosas así. Esa vez iba a caballo por el campo junto a un amigo, y al llegar a un camino cruzó por nosotros uno de esos autos. Era uno de esos antiguos, lógicamente, que no tenían techo. Mi amigo ya sabía lo que era, por eso no se asombró, pero yo lancé un grito y dije:
—¡Ya le gusta la velocidad a ese tipo! ¡Que locura! ¡Ajaja!
—¿De que velocidad hablas? —me preguntó mi amigo—, si apenas debe ir a cuarenta kilómetros por hora, si es que llega a eso.
—Sí —le contesté—, pero tenía que ir muy rápido, porque quién sabe cuánto hace que perdió los caballos y todavía sigue andando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?