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jueves, 27 de abril de 2017

El Ciruelo (para niños)


Camilo llegó corriendo de la escuela. Entró a su casa como un viento por lo rápido que iba y fue hasta la cocina donde su madre se encontraba preparando el almuerzo:

—¡Mamá, quiero plantar un árbol! —le dijo Camilo emocionado.
—Calma, Camilo, que estas agitado —le dijo su madre mientras revolvía algo que hervía en una olla—. ¿Viniste corriendo? Espero que no hayas cruzado la calle así y sin mirar.
—¿No me escuchaste? Quiero plantar un árbol.
—Te escuché sí. ¿De dónde sacas esa idea?
—De la escuela. Hoy era el día del planeta y estuvimos leyendo cosas sobre cómo cuidar a nuestro planeta, y una forma es plantando árboles. ¡Ma, tiene que ser hoy! ¡Por favor, por favor...!
—Está bien, pero tienes que pedirle a tu padre. Ahora ve a darte un baño que la comida no demora.
—¡Bien! —exclamó Camilo levantando los brazos.

Él era un niño con mucha energía y cuando se le ocurría algo lo quería con muchas ganas. Ahora tenía un proyecto y desbordaba de energía por hacerlo. Durante el almuerzo se lo rogó a su padre y este aceptó comprarle un árbol ese mismo día. Cuando terminaron de comer fueron hasta el fondo del terreno para elegir un lugar. Su madre tenía unas cuantas plantas allí y había un par de naranjos. Cuando encontraron una parte adecuada donde podía crecer sin estorbar a los naranjos ni ocupar el espacio de las plantas de su madre, el padre del niño hizo un pozo con una pala y después salieron a comprar la planta. Si dependiera de las ganas de Camilo él elegiría un roble o alguna otra especie que pudiera crecer mucho, pero le dijeron que debía ser una mas pequeña. Apenas entraron al comercio donde vendían las plantas Camilo puso su mano en el mentón, indeciso. ¿Cuál elegir?

Se decidió por una que diera fruta y al final eligió un ciruelo. Después lo plantaron con mucho cuidado. Su orgulloso dueño lo regó abundantemente. Esa noche soñó con su árbol. De pronto este ya estaba inmenso. Era un día radiante, de mucho sol, algunas mariposas revoloteaban en torno a las ciruelas maduras que brillaban entre las hojas verdes como si fueran de cristal. Llenó una cesta de mimbre con ciruelas y se las llevó a sus padres. “Vean lo que dio mi ciruelo”, les dijo en el sueño. Además de cuidar a un ser vivo que creaba oxígeno, algo bueno para la Tierra, le brindaba a su familia una excelente fruta, y algún día seguramente sus propios hijos podrían disfrutarlas. Durmió muy feliz. Por la mañana lo primero que hizo fue ir a verlo. Restregándose los ojos observó que su preciado aporte al planeta tenía muy buen aspecto. Con el paso de los días empezaron a salirle nuevas hojas y algunas ramas se fueron estirando. Un par de meses después ya había duplicado su tamaño; fue justo a tiempo porque se le acercaba una dura prueba.

El día amaneció nublado y a medida que avanzaba el cielo se volvía más amenazante. Al atardecer el suelo ya temblaba con los truenos; iba a ser una tormenta muy intensa. Preocupado, el niño le preguntó a su padre si podrían proteger de alguna forma a su ciruelo. El padre lo pensó seriamente. Se le ocurrieron algunas ideas pero solo servirían contra la lluvia intensa, no contra el viento, y estaban anunciando mucho viento. No podían hacer nada, solo esperar que la tormenta no lo arrancara o quebrara. Camilo se fue a acostar muy afligido. Y la tormenta golpeó con toda su intensidad. Afuera había mucho ruido y los relámpagos entraban por la ventana para iluminar casi todo el cuarto, y la casa entera temblaba con cada trueno o estruendo de rayo. Como le advirtieron que durante la tormenta no se acercara a la ventana porque podía ser peligroso, solo podía imaginarse lo que estaba soportando su adorado ciruelo. 

Se lo imaginaba casi aplastado contra el suelo por el viento y bajo un chaparrón también aplastante. Se le inundaron los ojos de lágrimas al pensar que tal vez ya se había quebrado y ahora estaba volando sobre los techos de los vecinos. La tormenta se debilitó recién al amanecer. Camilo tenía muy pocas esperanzas de encontrar su planta sana, pero para su sorpresa y alegría, ¡estaba intacta! Su tallo delgado y flexible la había ayudado a soportar el viento. Unos años después un montón de ciruelas brillaban entre sus numerosas ramas.  

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