¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

lunes, 17 de abril de 2017

El Manantial

El manantial, que era sumamente cristalino, formaba una hermosa piscina natural que estaba rodeada de sauces.  Cardúmenes de pececitos nadaban de un lado para el otro bajo la superficie clara del agua, y el sol llenaba de reflejos al manantial mientras los sauces se agitaban mansamente produciendo un rumor agradable. El manantial se adelgazaba en un extremo y desde ahí el agua iba descendiendo entre rocas para luego ensancharse al alcanzar un valle lleno de flores. 
Un grupo de cinco niños corría hacia aquel lugar idílico; competían entre ellos para ver quién llegaba primero.
Al alcanzar la piscina la contemplaron mientras recuperaban el aliento. Observando el lugar advirtieron la presencia de don González; un señor que vivía en la zona y al cual todos conocían muy bien. El anciano estaba sentado sobre el tronco de un sauce caído. Lo saludaron como corresponde, y mientras se descalzaban, uno de los niños le preguntó al viejo: 

—¿Usted también se va a meter al agua, don?
—No chiquillo, sólo busco el fresco de estas sombras —explicó el viejo—, además, demasiado respeto le tengo a este lugar como para meter mi arrugado cuerpo en él. Este manantial es especial, aunque está bien que ustedes se bañen en él, porque traen alegría al lugar y seguramente los seres que moran aquí disfrutan de sus risas.  
—¿Los seres que moran aquí? —preguntó otro de los niños, echando una mirada en derredor. 
—Eso mismo. Puede que ahora no las vean, o que nunca las vean, pero aquí habitan ninfas del bosque. Son seres alegres que parecen muchachas, pero en realidad son guardianas místicas de éste manantial.
—¿Usted las ha visto?  —se atrevió a preguntar otro niño.
—Las vi solamente una vez, cuando era joven —los niños, intrigados, se sentaron sobre el pasto para escuchar el cuento del viejo, que continuó diciendo: 
—Ese año una sequía terrible resecaba toda la zona. Los campos estaban amarillos, los pozos de agua, secos, y la mayoría de las siembras estaban por sucumbir ante el sol, que quemaba sin piedad durante todo el día. La seca siguió hasta que este manantial fue lo único con agua en muchos kilómetros a la redonda. La gente llegaba hasta aquí en mulas a llenar cuanto recipiente tuvieran, y aunque el desfile de gente que venía por agua se repetía día tras día, el manantial no daba señas de mermar su caudal ni el agua perdía su calidad. Yo también venía con las mulas de mi familia. Una tarde llegué tan rezagado por el calor que me eché a tomar una siesta en la sombra. El día terminó sin que me diera cuenta y cuando desperté ya estaba de noche. Había salido la luna llena, el manantial la reflejaba y estaba lleno de brillos, como si estuviera emanando claridad junto con el agua.  

Observando el manantial vi, con no poca sorpresa, a una ninfa, hermosa como una princesa soñada, que se balanceaba en la rama de un sauce, y me di cuenta de que otras correteaban por aquí con increíble agilidad y gracia, casi como si no pisaran el suelo. Supe que no estaba en peligro porque las mulas pastaban mansamente, y como ustedes saben los animales presienten las cosas malas. Hubiera pasado horas observando a aquellos seres pero desaparecieron de pronto al darse cuenta que las veía —terminó su relato el viejo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?