¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

martes, 11 de abril de 2017

El Pozo Mágico

Cuando Sandro partió rumbo al bosquecillo sus abuelos le dijeron nuevamente que tuviera cuidado. Llevaba un pico y una pala al hombro e iba sumamente entusiasmado. Ante la nueva advertencia Sandro giró hacia su abuelos y les prometió:

—Voy a tener cuidado y, ya no soy tan niño, abuelos ¡Jaja!
—Bueno, así que ya eres todo un hombrecito —dijo su abuela— , pero hasta los adultos se lastiman a veces. Pregúntale a tu abuelo. 
—Ve y haz lo que tengas que hacer —opinó el abuelo— , que ella se preocupa demasiado. Es una lástima que no pueda ayudarte, pero mis rodillas ya no andan muy bien últimamente. Ve, y vuelve a mediodía. 

Antes de internarse entre los árboles Sandro se despidió con la mano; sus abuelos lo siguieron con la vista y luego fueron rumbo a la casa, que se encontraba a unos cuarenta metros de allí. 
Un aire húmedo, el de la mañana, algo frío aún pero muy agradable se mezclaba con el olor a los eucaliptos. Las hojas de los arbustos estaban llenas de gotitas de rocío y al ser alcanzadas por los rayos del sol brillaban como si fueran de cristal. La luz era claridad y el aire limpieza. Los árboles todavía estaban muy quietos porque aún no llegaba el viento. Trinos de distintos pájaros se entreveraban en la mañana y las aves volaban entre los árboles.  Pronto Sandro llegó al claro que era su destino. 

Aquel claro existía porque ningún árbol podía crecer allí, pues casi todo el suelo de la zona estaba formado una especie de roca de color claro. En medio del lugar se hallaba una leve depresión del terreno y allí solía formarse un charco de agua cuando llovía. Sandro pretendía ahondar la depresión y formar un pozo, una laguna diminuta. Había sacado esa idea de un proyecto que hizo en la escuela, que consistía en crear un pequeño estanque para que los animales y plantas lo usaran con el tiempo. El pozo que pretendía hacer era un proyecto mucho más grande y estaba sumamente entusiasmado. Se iba a quedar en la casa de sus abuelos todas las vacaciones y disponía de dos meses para hacerlo.
  
Levantó el pico y lo dejó caer con fuerza, desprendiendo un pedazo bastante grande de roca blanda. Sonrió ante el resultado y creyó que iba a ser más fácil de lo que se había imaginado. Pero el segundo golpe apenas marcó el suelo, y para quebrar un trozo como el primero tuvo que golpear tres veces más. Resultó ser un trabajo bastante duro mas su voluntad no era poca. Cuando el sol estuvo alto abandonó el trabajo, no sin antes echar una larga mirada sobre su obra.

Quiso volver enseguida del almuerzo pero no lo dejaron, y cuando regresó a su pozo llevaba puesto un sombrero grande de paja que su abuela le dio para que no sintiera el sol de la tarde. Al final del día le dolían las manos y tenía las palmas coloradas. A la mañana siguiente sus manos estaban peor y no pudo continuar, y tuvo que conformarse con recorrer el lugar y soñar con aquel pozo maravilloso. 

Con el paso de los días y las semanas el pozo fue creciendo. Como ese verano apenas llovió el tiempo no interrumpió su trabajo. Cuando las vacaciones llegaron a su fin el pozo era bastante grande y Sandro lo miró con orgullo. Ahora solo tenía que llover. Y las lluvias llegaron. Sandro regresó un fin de semana y quedó de boca abierta. El pozo estaba lleno de agua cristalina y en un extremo había unas plantas acuáticas. “¿Cómo crecieron tan rápido?”, se preguntó. Si bien esperaba que colonizaran su pozo creía que tomaría más tiempo. Cerca de allí, tras el bosquecillo había una laguna natural pequeña. Sandro concluyó que la correntada que se formó con la lluvia había arrastrado a las plantas hasta su pozo. Como fuera era algo de agradecer.  

Volvió al lugar una semana después. Una rana que se encontraba en la orilla saltó al agua y nadó bajo la superficie cristalina. ¡El primer animal que habitaba su pozo! Sandro quedó sumamente contento. 
Cuando estaba lejos de allí, en su casa, pensaba varias veces al día en el pozo y esperaba el fin de semana con ansias.  Como el otoño estuvo muy lluvioso y la casa de sus abuelos quedaba muy lejos estuvo tres semanas sin volver al lugar. Cuando por fin regresó se llevó una grata sorpresa. Había más plantas acuáticas, más ranas, y, ¡oh, maravilla!, varias pececitos!  Aquel pozo ya le parecía mágico, ¡que rápido que la vida crecía en él! Llevó a sus abuelos y les mostró; los ancianos lo felicitaron , después cruzaron una mirada cómplice entre ellos, sonriendo por la alegría de su nieto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?