¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 1 de abril de 2017

La Bruja Mala

Alejandro y sus padres fueron a visitar a unos parientes que vivían en una zona rural; cerca de allí vivía una mujer misteriosa que todos temían. Cuando llegaron en su camioneta toda la parentela salió a recibirlos en el patio. Ya dentro de la vivienda los mayores se pusieron a conversar de todo un poco; los niños de la casa y Alejandro salieron al fondo y entablaron una conversación infantil a la sombra de un gran limonero. Entre todos eran siete, y los niños de la casa rodearon al recién llegado, curiosos. Nunca habían conocido a un citadino. 

—¿Hay mucha gente allá en la ciudad? —preguntó un primo de Alejandro mientras se pasaba un dedo por la nariz. 
—Montones de gente —afirmó Alejandro, haciendo un gesto demostrativo con los brazos. 
—¿Y allá hay perros? —le preguntó otro primo, un niño algo despeinado que tenía una tirachinas alrededor del cuello. 
—Sí, hay perros de todo tipo. Yo tengo uno, es un pequinés y se llama “Corbata”. Lo dejamos en casa de los vecinos. 
—¿Pequinés? No conozco esa raza —dijo el más pequeño del grupo. 
—Son chicos, como de este tamaño —y Alejandro les mostró una medida con las manos. 
—¿Y cerdos? —preguntó ingenuamente otro.
—Cerdos no. 
—Quieres ver los nuestros.
—Sí. 

Y todos fueron al corral de los cerdos.  Los porcinos estaban tomando un baño de lodo. Había grandes, medianos y pequeños, todos embarrados hasta el lomo. Los más pequeños corrían alrededor de la madre persiguiéndose unos a otros.  Los niños de la casa habían visto aquello mil veces, pero cuando a Alejandro le causó gracia rieron con él como si también fuera la primera vez que lo veían. Después volvieron a la sombra del limonero.  Allí su primo de la ciudad empezó a hablarles sobre todas las cosas que había donde vivía, despertando la admiración de su audiencia. 

   Sus primos también quisieron impresionarlo, pero ya le habían mostrado los cerdos, las gallinas no eran interesantes y en la ciudad también había perros.  Todos pensaban en lo mismo, y de pronto uno recordó, y de repente dijo:

—Cerca de aquí vive una bruja —y señaló rumbo a un bosque que alcanzaba a verse desde allí. 
—¿Una bruja? —preguntó con cara de desconfiado Alejandro.
—Sí, ¿en la ciudad no hay? 
—Que yo sepa no. Una vez papá me leyó un cuento de brujas, un cuento para niños. 
—Aquí hay y no es un cuento. Dicen que a veces se la ve haciendo hechizos en el bosque. 
—Y que antes comía niños —agregó otro, y los demás asintieron con la cabeza. 
—¿Y ustedes no tienen miedo? —preguntó muy impresionado Alejandro. 
—No —afirmó el más chico, aunque era el que más le temía. 
—¿Quieres ir a ver la casa? —lo invitó el mayor.
—¿De la bruja? No sé. Si todos ustedes van… yo voy. 
—Entonces vamos.

Y sin avisarle a los mayores los siete salieron rumbo al bosque.    Si no fuera porque querían impresionar a Alejandro ninguno se hubiera aventurado rumbo a la casa de la bruja, pero aquella era su gran victoria sobre las cosas interesantes de la ciudad. 
Caminaron un rato por la fronda hasta que hicieron una pausa al ver un muro de la vivienda, desde allí se fueron moviendo de árbol en árbol, ocultándose para que no los vieran; pero aquel grupo de chiquillos no era sigiloso. Haciendo bastante ruido con sus pisadas imprudentes, consiguieron igual arrimarse bastante a la casa, desde allí espiaron. Alejandro estaba emocionado y asustado a la vez. La vivienda tenía una ventana grande y esta se encontraba abierta de par en par. De pronto se asomó una mujer en la ventana y todos gritaron y se echaron a correr.  Alejandro lo hizo sin suerte, porque apenas había huido unos metros cuando se golpeó la frente con una rama baja. Cayó hacia atrás bruscamente e impactó de espaldas contra el suelo. Antes de desmayarse se tanteó la frente y sintió que la punta de uno de sus dedos entraba cómodamente en el ancho de la herida que ahora tenía. Los otros se alejaron a los gritos. 
Cuando Alejandro volvió en si se encontró sobre una cama. Miró hacia un lado, cerca de él había una mujer, era de mediana edad pero no lucía muy vieja, todavía era hermosa y sonreía encantadoramente: 

—Te golpeaste fuerte —le dijo la mujer, tenía la voz más dulce que Alejandro escuchó en su vida. 
—¿Dónde estoy? —preguntó él, algo confundido aún. 
—Estás en mi casa. Andabas en el bosque junto a otros niños. Como estabas herido te traje hasta aquí. 

Entonces Alejandro se dio cuenta: ¡aquella era la bruja! Pero, la mujer parecía ser buena. ¿Sería un truco de la bruja? 

—Me quiero ir —le dijo el niño, temiendo que la bruja se transformara y le dijera con una voz horrible que ahora era su prisionero; pero no ocurrió nada de eso. 
—Está bien, ya te curé la herida. ¿Quieres que te acompañe en el bosque?
—No —fue lo único que se atrevió a decir el niño. 

Al salir de la casa se sintió aliviado. Cuando se iba internando en el bosque volteó y la mujer le levantó la mano y él se despidió de la misma forma.  Tenía una venda en la frente, se la palpó, ya no le dolía. Aunque solo era un niño el asunto quedó claro para él; aquella mujer no era ninguna bruja malvada, solo era una señora solitaria. No había avanzado mucho por el bosque cuando escuchó que lo llamaban a gritos, todos sus parientes lo buscaban.  Su madre estaba en el grupo, y al verlo corrió hacia él:

—¡Alejandro! 
—Estoy bien, mamá. Me corté la frente al golpearme con un árbol pero una señora me curó. 
—¿Te lastimaste? ¡Déjame ver! —y su madre le quitó la venda con cuidado.

En ese momento todos lo rodeaban. Niños y mayores estaban sorprendidos. ¿La bruja lo había ayudado? Porque todos los de allí estaban convencidos de que era una bruja. 

—No tienes nada, ni un corte ni un chichón, solo está un poco colorado —observó su madre.

Él quedó algo sorprendido al escucharla. ¿Cómo que no tenía ninguna herida? Era tan ancha que hasta entraba la punta de su dedo. Se palpó la frente para comprobarlo, era verdad, no tenía ninguna herida.  La mujer sí era una bruja, pero era una bruja buena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?