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lunes, 10 de abril de 2017

La Huerta De Los Abuelos

                                        
Los hermanos Marcela y Agustín adoraban los fines de semana que pasaban en la casa de sus abuelos. Estaba en un terreno muy grande y tenía una huerta y un montón de árboles frutales. En su hogar las frutas no les gustaban mucho, pero en la huerta de sus abuelos era otra cosa. Allí las arrancaban ellos mismos, elegían las que querían y era más divertido comerlas bajo las sombras del parral en verano, o en el patio soleado en invierno. Y entre aquellos árboles tenían un lugar de juego ideal, y corrían en círculos esquivando ramas y riendo al perseguirse entre ellos. Para el almuerzo su abuela usaba verduras frescas de la huerta y a ellos les encantaba cosecharlas.
Había que ver el verdor de aquellas acelgas, de las espinacas, el perejil. Sostenidos por algunos palos había hileras de plantas de tomate, pimientos, ají dulce... había de todo un poco. A los niños les parecía un lugar casi mágico. Los canteros siempre estaban bien prolijos, sin pastos ni hierbas malas, y ninguna legumbre ni verdura se agotaba porque siempre había plantas nuevas. Ellos sabían que el lugar se mantenía así gracias al trabajo de sus abuelos, pero como no lo veían, en sus mentes infantiles en parte les parecía que la huerta era así porque si, que aquel era su estado natural.

Después del almuerzo, según el clima, toda la familia iba a conversar bajo el parral o en unos bancos que había en el patio. En esos momentos los niños disfrutaban aquellas saludables frutas como postre. Dependiendo de la época, comían naranjas, manzanas, duraznos, ciruelas, peras o uvas. Cada fin de semana allí parecía radiante, lleno de luz y colorido. Tardes de charla, correrían por el huerto, juegos, sombras perfumadas de frescura y flores, felicidad. Así pasaron muchos años. Pero como todo lo bueno suele tener un fin, cuando los dos ya eran casi mayores se quedaron sin su amada huerta. Sus abuelos, ya llenos de achaques, no pudieron mantener la huerta y cuando las deudas se acumularon tuvieron que vender todo el terreno incluyendo la casa y se fueron a vivir a la ciudad. Marcela y Agustín lamentaron mucho aquello pero en ese momento no podían hacer nada. Pero juraron entre ellos que algún día iban a recuperar la propiedad.

Crecieron, al terminar sus estudios empezaron a trabajar, y aquellos momentos de suprema felicidad empezaron a quedar cada vez más atrás. En las reuniones familiares o en algunas conversaciones, cada vez que hablaban del lugar suspiraban recordando todos los momentos maravillosos que pasaron allí, y seguían con la idea de recuperarlo para la familia. Con el tiempo cada uno formó su propio hogar y tuvieron hijos, aunque siempre se mantuvieron en contacto y se visitaban seguido. Cada vez que se veían recordaban la meta común que tenían. Y finalmente lo consiguieron, pudieron comprar el viejo terreno entre los dos. Cuando ya era de ellos lo visitaron primero solos. Ni Agustín pudo evitar echarse a llorar como un niño al ver que casi no había cambiado. Resultó que la gente que lo había comprado sabía cuidar la huerta tan bien como sus abuelos. Recorrieron aquellas sombras tan familiares con los ojos inundados de recuerdos. Lo habían conseguido. Ahora sus hijos iban a poder disfrutar del lugar así como ellos lo habían hecho. Y también se alegraron por otra cosa; sus abuelos todavía vivían, estaban muy viejos y caminaban lento pero estaban fuertes para su edad. Toda la familia, ahora más grande, se reunió nuevamente bajo el parral y en los bancos del patio. 
                                                   

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