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sábado, 29 de abril de 2017

La Mente Contra El Terror

Norberto estaba por apretar el gatillo cuando la liebre desapareció. No corrió ni se movió rápido, solo desapareció, y de un instante a otro, donde estaba la liebre ahora solo había unas hojas de helecho enmarañadas. Norberto quedó como congelado, apuntando la escopeta. En ese momento su mundo interior sufrió una sacudida, después su intelecto quiso desconocer lo que estaba pasando; pero un instinto primario pudo más, y sintió como su atención hacia el entorno se expandía tanto que le pareció que el cerebro se le había agrandado mucho más allá de su cabeza. Todo eso le pasó por la mente porque la desaparición de la liebre significaba que lo que había escuchado sobre aquella parte del bosque era cierto, no eran solo cuentos de terror. El lugar estaba embrujado.

Nunca había creído ni siquiera un poco de aquellas historias, aunque sabía que las muertes de las que se hablaba eran reales. Por qué creer en algo sobrenatural, cuando está demostrado que la naturaleza puede matarte de muchas formas. Un simple resbalón y después un golpe en la cabeza al caer, una rama pesada que se desprende desde lo alto de un árbol, perder la pisada en una corriente fuerte, rodar en una zona inclinada y romperse el cuello... Y estaba el peligro de los animales. Él estaba muy consciente de esos peligros, y en todas sus andanzas por campos y bosques nunca había visto nada extraño. Norberto tenía que ver para creer, y ahora lo había visto. 

En el bosque donde se hallaba, en el centro de él había una zona bien delimitada por un sendero arenoso, que tenía vasta reputación de embrujada. Cuando en las vueltas de alguna cacería alguien daba con aquel sendero, enseguida retrocedía sin animarse a cruzarlo. Todos los que lo habían hecho, de una forma u otra habían muerto allí, más exactamente, parecía que algo les había pasado en aquel lugar y después aparecían muertos en el límite de este. Ese día Norberto llegó hasta ese sendero, y se detuvo a observar unas huellas muy curiosas que había en él. Observándolas llegó a una conclusión pero se negó a aceptarlas. Creyó que su mente, influenciada por algunos cuentos que le narraran, estaba identificando mal unas marcas que se veían en el suelo arenoso del sendero, porque le habían contado que de noche por allí rondaban algunos esqueletos. No creía que fuera eso pero eso parecían, huellas de pies huesudos. Norberto negaba con la cabeza, sonriendo, cuando vio que del otro lado del sendero había una liebre enorme, la más grande que había visto en su vida. El animal lo vio también y se alejó por entre unos matorrales. No iba a perder a un animal de ese tamaño por unos cuentos.

Empezó a seguir a la liebre. Cuando la divisaba y levantaba el caño, esta se perdía detrás de alguna maraña y él tenía que avanzar. Cuando finalmente la tuvo a tiro, desapareció, ahora desvaneciéndose como algo irreal. Cuando salió de su momentáneo congelamiento respiró profundamente y meditó un momento lo que debía hacer. Calculó que solo había avanzado menos de cien metros desde el sendero, y sabía que fue en línea recta. Observó cuanto veía desde allí, después giró y observó de nuevo. Lo que había quedado a sus espaldas cuando le apuntó a la liebre falsa, ahora lucía distinto, era un bosque más impenetrable. No dio ni un paso más, se concentró en la respiración y seguidamente analizó aquello. Él, aunque cuando cazaba no lo parecía, era un intelectual, un tipo muy instruido, y le tenía una enorme fe a sus capacidades y a su poder de atención, el cual cultivaba desde hacía muchos años con diferentes ejercicios. Recordó que la liebre no había hecho ni un ruido. Eso le había parecido un poco extraño pero su mente había optado por creer lo que veía, o creía ver. Supuso que si la liebre solo era una especie de espejismo, también lo eran aquellas enramadas y algunos de los árboles que ahora aparecían por donde había caminado. Pero no podía simplemente atravesarlos a la carrera porque sí había obstáculos reales, ¿obstáculos reales?

Al detectar a su posible presa había avanzado con mucho sigilo y procurando no hacer ruido, y se había sentido muy satisfecho con esa acción, porque no había hecho crujir ni una rama bajo sus pies, ni había agitado el follaje al pasar al lado. Forzó su memoria recordando esa parte de la caminata. Su andar se había sentido bastante mullido, como si caminara sobre tierra blanda. Norberto cerró los ojos para sentir mejor la brisa que le acariciaba una mejilla. Sin moverse todavía consultó el reloj. No faltaba mucho para el anochecer. Si no desandaba el camino de forma recta, la noche lo iba a agarrar allí, y no tuvo ninguna duda de que aquel sería su fin, y seguramente sería uno horrible. Sin acercarse observó detenidamente uno de los árboles que le resultaba más improbable que realmente estuviera allí. Parecía tan real. No quedaba otra que comprobarlo. Lo tanteó con el caño de la escopeta. Sólido como cualquier otro. La liebre podría haber sido solo una imagen, algo intangible, pero aquel tronco no lo era. El hombre hizo unos cálculos rápidos: si cada pocos metros se desviaba aunque fuera solo unos grados, pronto perdería el rumbo. Podía intentar compensar la desviación pero podría perder la orientación más rápido incluso. Y no tenía puntos de referencia.

 Deseó tener una brújula y se juró que si salía de eso se compraría una. Las sombras ya eran mayoritarias en aquel lugar pero todavía había claridad. No se veía el sol y los haces de luz que caían desde el dosel del bosque tenían varios ángulos. ¿Pero cómo podía ser eso? ¿Qué clase de fuerza maligna podía crear árboles, desviar la luz y hasta al viento? Porque la brisa le llegaba de un lado y luego de otro. Pensó en todos los que habían muerto por allí en el correr de los años. Podrían no ser intelectuales como él, pero entre ellos tenía que haber gente más baqueana, mucho más hábil que él en el bosque, e igual no habían podido salvarse, ¿por qué él sí lo haría?
Todo le hacía suponer que no se iba a poder escapar del lugar. La liebre se había detenido allí, porque ya era distancia suficiente para que después no pudiera salir. De nada le iba a servir toda su lógica. 

Pero sí podía hacer algo y era decidir cómo sería su fin. Aquel lugar o lo que fuera que hubiera en él no iba a tener el placer de verlo tropezar lleno de terror por todo aquel bosque maldito, para al final terminar con una muerte horrible, no señor. Le cambió el cartucho a la escopeta, le puso uno que tenía una sola munición pero grande. Se puso el caño en la boca, completamente decidido, y empezó a hacer presión en el gatillo. Pero el instinto de conservación hacía que aquella presión fuera mínima, insuficiente incluso para activar de golpe un gatillo sensible; mas en cualquier momento igual se iba a disparar. En ese instante terrible le pareció que el tiempo pasaba lentamente, o tal vez pensaba con mucha rapidez. “¿Cómo puede haber algo tan poderoso que puede cambiar un bosque en un instante? ¿Bosque? Pero si parece que desde el sendero hasta aquí no hay nada, por eso fui tan furtivo. Pero ahora vuelvo a lo mismo, porque ahora sí hay árboles. A no ser que... a no ser que mi caminata siguiendo a la liebre también fuera una ilusión, como un sueño donde todo parece real. ¡Eso es!”, pensó. Pero en ese momento hubo un pequeño ¡clic! Y sus pensamientos se perdieron junto a una tremenda explosión, y cayó muerto en el borde del sendero arenoso lleno de pisadas de esqueletos.   

4 comentarios:

  1. Buen cuento, te hace pensar bastante...

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  2. Gracias. El personaje en vez de pensar tanto mejor hubiera escuchado su instinto ¡Jaja! Saludos!!

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  3. Pense que se salvaba jeje..peeero asi son tus cuentos y eso los hace interesantes y dan ganas de leerlos..saludos tocayo

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