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sábado, 15 de abril de 2017

Un Cuento Para Dormir

Franco despertó al sentir que tiraban de la sábana que lo cubría. Era Amanda, su hija, estaba al lado de la cama y se restregaba un ojo con una de sus manitos.  Franco encendió la veladora y le preguntó:

—¿Qué pasó, Amanda?
—No puedo dormir. Quiero que me cuenten un cuento. 
En ese momento despertó la esposa de Franco, medio se incorporó y dijo:
—Amanda, ¿qué haces aquí mi niña? 
—No tengo sueño. Quiero que me cuenten un cuento, así me duermo. 
—Está bien —dijo Franco—. Ve para tu cuarto que voy a buscar un libro. 

Fue a la biblioteca y agarró el libro que estaba más cerca. Cuando entró al cuarto de Amanda ella ya estaba acostada y lista para escuchar. Entre bostezos Franco arrimó una silla, se sentó y abrió el libro, después la miró y le dijo:

—Te voy a leer una historia corta nada más porque ya es muy tarde y mañana papi tiene que trabajar.
—Bueno —aceptó la niña, y subió la frazada hasta el mentón. 
El padre buscó en el libro un momento y después comenzó su relato: 
—Se abrieron las pesadas puertas de la enorme muralla y, Artemio, montado en su rápido caballo, partió raudamente hacia su destino. La elegante figura del corcel y su jinete se alejaron de los oscuros muros del castillo.  Atravesó al galope unas plantaciones de variados tonos de verde, cruzó por el sendero que partía un trigal amarillo en dos, y siempre galopando alcanzó el camino que se alejaba de las tierras de su rey. Iba apurado porque el rey le había entregado un documento importante que debía llevar a otro reino lo antes posible.
  
“Ya en el camino frenó un poco a su caballo y siguió su marcha; aún le quedaba mucho camino por andar.  A medida que avanzaba cruzaron por él otros jinetes, un par de carretas y un caballero que llevaba puesta una reluciente armadura. A paso lento ahora siguieron atravesando variados paisajes agrestes entreverados con pequeños pueblos y plantaciones. Cuando el día empezó a llegar a su fin Artemio buscó un lugar donde acampar. Ya hacía muchos kilómetros que había dejado atrás al último grupo de casas. Encontró un buen lugar bajo un gran árbol. Ató las riendas del caballo en una rama y se puso a buscar leña mientras el animal pastaba mansamente. Cuando la noche apagó totalmente la claridad que había quedado en el horizonte donde se ocultara el sol, Artemio, sentado frente al fuego que había encendido, comía un trozo de queso y una hogaza de pan.  Después de comer cambió al caballo de lugar para que este siguiera pastando.

“La noche era agradable. Cantaban algunos grillos y un sapo les contestaba desde la orilla de un charco. Algunas luciérnagas volaban entre unos árboles como jugando entre ellas, y cantaban dulcemente las aguas de un arroyuelo que cruzaba cerca de allí. Y la noche apacible le provocó mucho sueño a Artemio, y se durmió…”
Franco terminó de narrar en ese momento porque Amanda también acababa de dormirse.

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