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domingo, 6 de agosto de 2017

El Viejo Salón De La Escuela

        En esa época no había celulares, en la escuela, en el recreo, todo era correrías y juegos. Los juegos eran modas que variaban durante el año escolar, pero siempre estaban los clásicos, como las canicas o la rayuela. 
Entre los varones se estaba jugando mucho con unas pelotitas de goma que nos cabeceábamos uno a otros sin salir de un rectángulo que dibujábamos en el suelo. Yo tenía una azul que era mi orgullo. En un recreo, uno de mis compañeros la cabeceó tan mal, que la pelotita salió hacia un costado de lo que habíamos delimitado como cancha, rebotó en un corredor, y entró justo por el hueco, por el único hueco que tenían las maderas que tapiaban las ventanas de un viejo salón.
Quedé con la boca abierta, y cuando miré a los otros también estaban así. Ese salón era todo lo que quedaba de la antigua escuela que funcionara allí. Se decía que lo habían dejado en pie para guardar en él las cosas antiguas que aún había del local viejo. En esos años funcionaba una comisión de vecinos que administraban algunas cosas de la escuela, y se decía que planeaban vender esos objetos; pero pasaban los años y todo seguía allí, siempre en las sombras. Las ventanas de ese salón se encontraban tapiadas con madera y lo que había adentro era un misterio para nosotros. 

El rumor de que aquel salón estaba embrujado no sé de dónde salió, pero todos creían que sí lo estaba, porque las maestras alejaban a los que se acercaran mucho. Obviamente, no decían que estaba embrujado, decían que no era seguro arrimarse porque el porche del lugar era muy viejo, pero eso sonaba a mentira. Y mi pelota se había perdido allí adentro. Enseguida imaginé el reproche, y probablemente algún chancletazo de mi madre, porque me la pasaba jugando con esa pelota, e inmediatamente iban a notar que me faltaba. Y lo que me pasara bastante merecido me lo tenía, por ese entonces yo era una máquina de perder y romper cosas. 

Algunos de mis compañeros se rieron después de un momento de asombro, y yo volví a mirarlos, esta vez serio y amenazante. ¡Podía haber rebotado hacia cualquier parte pero justo fue hacia allí! El que la tiró se fue disimuladamente, con las manos en los bolsillos. ¿Y ahora qué hacía?
Miré hacia donde estaban sentadas las maestras, que era del otra lado del patio. Siempre estaban bastante atentas hacia aquella parte, pero ahora ninguna estaba mirando. Era mi oportunidad para hacer algún intento de rescate, pero como iba a hacerlo si estaba todo cerrado o tapiado con maderas. En el mismo instante que pensaba eso, miré hacia el salón y, la puerta estaba entornada, algo abierta.

 Y ahí hice una estupidez. No se puede explicar ni justificar de otro modo, fue una estupidez. ¿Qué iba a hacer? Me preguntaron mis compañeros; voy a sacar la pelota, les contesté con un tono que en ese momento me pareció que sonó a heroico. Eché una última mirada hacia las maestras, y me moví rápido hacia la puerta. Al pasar de un patio iluminado por el sol, a las sombras del lugar, por un instante no vi nada, me asombró la oscuridad del lugar. Recuerdo perfectamente que pensé, ¿por qué no entra más luz por la puerta? Era porque ahora estaba cerrada. Creí, o quise creer, que la había cerrado yo al entrar apurado, aunque no recordaba haberla empujado cuando ya estaba adentro. Por el hueco donde había entrado la pelota se colaba también un rayo de luz delgado, que bajaba iluminando una atmósfera llena de polvo en suspensión, hasta que chocaba con la vieja madera de lo que parecía ser un pupitre. En efecto, cuando mi vista se acostumbró un poco a la oscuridad, vi que el lugar estaba lleno de pupitres antiguos, escritorios, sillas, y unas cosas cuadradas que no distinguí bien qué eran, unas cajas supongo. También había otras cosas difusas, cosas que no eran muebles, bultos informes o partes donde la oscuridad se concentraba más. 

El aliento se me llegaba a cortar al ver esas cosas que no distinguía bien. Después me di cuenta de otra cosa. Las voces y gritos naturales del recreo, parecían venir de un lugar mucho más distante, y no desde los pocos metros que en realidad venían, y en aquella noche artificial llegaban confusos y como entreverados en un único rumor con tono infantil. ¿La pelota? Ni pensé en la pelota en ese momento. El lugar me había impresionado profundamente, y quieto donde me había detenido, me sentía, empequeñecido, temeroso, y, observado. 

Fue entonces cuando una de las cosas que no distinguía bien, tomó forma de una cabeza melenuda, y distinguí a medias unos rasgos, un brillo apagado de ojos y una boca enorme, grotesca. Que horrible, hasta ahora siento un malestar al recordar aquello. Giré hacia la puerta e intenté abrirla desesperadamente pero estaba trancada. Puedo contar esto gracias al director de la escuela, que al verme entrar allí había salido corriendo rumbo al salón. Grité, o chille tendría que decir, como si fuera un loco cuando sentí que dos manos como garras me agarraban de los hombros. En ese mismo momento la puerta se abrió de golpe, el impulso me hizo caer hacia atrás, y el director entró al salón y con él penetró una luz que me resultó enceguecedora. Sentía y veía todo como si pasara en cámara lenta. Por la mirada del director, mirada de espanto, sé que al entrar él vio algo que huía hacia las sombras. Tan horrorizado quedó, que tuve que levantarme solo. Cuando lo peché al salir, reaccionó y cerró la puerta. Las maestras enseguida desparramaron a todos los curiosos que se habían arrimado al escuchar mi grito, y el recreo terminó.

Después de ese terrible día, bueno, todos me preguntaban qué había visto, y fue un tiempo muy desagradable. Pero cuando uno es un niño tiene el poder de superar casi todo. Y pasaron los años y ya no le di importancia, aunque nunca olvidé eso. Cuando ya era mayor, había ido a un cumpleaños en el barrio, y lo abandoné ya bien de madrugada. Había bebido bastante y andaba a pie. Tenía muchas ganas de dormir, y por eso se me ocurrió ir por el camino más recto que pudiera. No vivía en el mismo terreno pero me había mudado cerca porque me gustaba el barrio. Por donde me metí no hay iluminación pública, solo la de las casas, y en la vereda y en los terrenos hay muchos árboles. Por la condición en la que me hallaba y por la falta de luz, me concentraba en ver lo que había adelante de mis pies, y solo levantaba la vista en las esquinas para cruzar la calle. No pasó por mí ni un vehículo y todo estaba silencioso. De repente, reconocí una vereda, porque es la única que está sana. 

Estaba frente al terreno de la escuela, y no en cualquier parte, sino justo al lado de donde el salón abandonado da a la calle. Enseguida sentí como un malestar pero bien profundo, y empecé a escuchar aquel ruido. Venía de adentro del salón. Cuando me di cuenta qué era, se me erizaron todos los pelos. El sonido se amplificaba en el salón y resaltaba en el silencio. Era el sonido de una pelotita de goma rebotando una y otra vez contra algo. ¡Maldito lugar! Y todavía está allí, con su interior siempre oscuro.

4 comentarios:

Raúl dijo...

Muy bueno!!! Saludos desde México!!

Jorge Leal dijo...

Gracias Raúl. Saludos para tu México.

luzraquel sandoval dijo...

Si, me encantan los cuentos de terror, sobre todo esa sensación de suspenso y emoción que uno siente

Jorge Leal dijo...

Gracias, Luz. Si te gustan los cuentos de terror, aquí en el blog tienes cientos de historias. Te espero. Saludos!!

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