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jueves, 7 de septiembre de 2017

La Tienda Del Terror

Romina, que era la encargada de la tienda, me siguió con la mirada sin disimularlo mientras yo recorría el lugar. Mis visitas a la tienda eran bastante salteadas en el tiempo, por cuestiones económicas, pero Romina me trataba como un cliente asiduo. Yo suponía que ella tenía más años de los que aparentaba pero se mantenía muy bien, en excelente estado diría, oh sí. Pero al verla tan amable con otra gente también, me frenaba la duda de que fuera solo eso, una muy buena vendedora. Pero a esas dudas se oponían otras: ¿Por qué ella siempre se apresuraba en atenderme, si ese no era su trabajo principal? Y si era solo por atender bien a un cliente, ¿por qué ese trato conmigo que apenas compraba un pantalón vaquero, algún calzado deportivo allá cada tanto? 

Mientras buscaba el calzado deportivo más barato pensé en eso, y por esa razón no noté la tormenta que estaba por caer sobre la ciudad. Lo primero que vi, de reojo, fue una rama bastante grande que pasó arrastrándose y volando por la calle. Romina y cuatro empleados más, tres mujeres y un tipo, miraban hacia la vidriera que daba a la calle emitiendo algunas exclamaciones. “¿En qué momento apareció ese viento?”, pensé. 

—Que ventarrón que se vino —le dije a Romina—. Me llevo aquellos de allá.
—Horrible el viento, y no sé si estaba anunciado —me dijo ella con cara de preocupada—. ¿Cuales quieres, estos? Son sencillos pero de buena calidad. ¡Ah! Ahora empezó la lluvia, y con más viento.

Se precipitó sobre la calle un diluvio con una intensidad que no he vuelto a ver hasta ahora. Y pasaban volando más ramas, bolsas, y un paraguas que se había escapado de la mano de alguien. Era invierno y anochecía temprano, aunque todavía no era hora, pero la tormenta había oscurecido tanto el ambiente que las luces de la calle se encendieron. El toldo del comercio de enfrente voló, desapareció como arrancado por un gigante invisible, y todos los de la tienda gritaron, incluido el tipo (que era de maneras delicadas). Pensé que era peligroso irme en ese momento, pero me iba a quedar solo si me invitaban. Estaba bastante seguro de que era el único cliente que estaba en el momento. Pagué y me despedí.

—No, espera, no puedes salir con este tiempo —me dijo enseguida Romina—. Quédate todo lo que sea necesario, mientras estemos aquí, después tenemos que cerrar...
—Gracias. El viento fuerte nunca dura mucho —afirmé. 

Las vendedoras y el tipo se arrimaron y me resultó obvio que querían hablar solo con Romina. Fui hacia la vidriera, como queriendo mirar más de cerca la violencia de la tormenta. El lugar tenía buena acústica, y aunque el ruido de afuera era fuerte pude escuchar algunas frases aisladas que dijeron en voz alta, que despertaron mi curiosidad. Una dijo que cuando fueran la seis se iba con tormenta y todo si era necesario, que ni loca se iba a quedar allí de noche; otra la apoyó, y el tipo dijo que se calmaran, porque aunque ya estuviera oscuro todavía era de día, que la noche misma llegaba cerca de las siete. Eso era algo curioso, ¿por qué no querían quedarse allí de noche, qué pasaba? Pronto lo iba a averiguar. La tempestad no se calmó, empeoró. Las vidrieras se empañaron, corría un río por la calle, y de pronto las luces se apagaron. Dentro de la tienda quedó muy oscuro por un momento, pero enseguida se encendieron unas luces automáticas amarillentas. Una de las mujeres se puso una mano en el pecho y suspiró:

—Menos mal que instalaron esas luces con baterías. 
—Sí, menos mal, ¿pero cuánto duran? —preguntó otra.

Parece que el tipo le iba a responder, pero en ese momento se escuchó un chirrido. Todos voltearon hacia el ruido. Me pareció que debía ser que habían arrastrado uno de los percheros, ¿pero quién? Los vendedores salieron como catapultados hacia la puerta, aparentemente dispuestos a enfrentar a la tormenta pero no a la causa del ruido. Yo no quería irme en aquellas condiciones, y el asunto era muy intrigante, aunque podía ser bien simple, que hubiera alguien más en la tienda.

—¿Había otro comprador además de mí? —le pregunté a Romina, que ya tenía una mano en el picaporte.
—No, eras el único —me contestó mirándome con unos ojos enormes, asustados. 
—Pero alguien hizo eso, ¿no van a fijarse? Si quieren yo voy. Capaz que es algo que se cayó nomás. ¿Puedo?
—¡Ay! A mí me da cosa, la piel se me pone así —dijo el vendedor.

Todos ellos estaban a punto de largarse. Dejar la seguridad de aquel lugar para salir a arriesgarse con el viento, me parecía una insensatez. Si pensaban dejar el comercio así, sin apagar los interruptores ni nada (la corriente podía volver en cualquier momento), era porque tenían mucho miedo, y las cosas sobrenaturales son las que causan más miedo, y muchas de esas cosas aparecen de noche. Era fácil deducir, ante aquel comportamiento, que creían que el lugar estaba embrujado. Como nunca había sentido nada raro allí, además que nunca fui muy inclinado a creer en esos asuntos, quise investigar para por lo menos poder retenerlos un rato más, y que con suerte la tempestad amainara. Romina, que seguía aferrada al picaporte, asintió con la cabeza, le entregué lo que había comprado, para lo sostuviera mientras yo echaba un vistazo. Fui a investigar. 

Empecé a mirar entre toda aquella ropa colgada, el ruido había venido de esa zona. La luz de las lámparas de emergencia no era mucha, además creaban sombras por todos lados. Cuando empezaba a creer que no iba a encontrar nada, vi algo negro todo revuelto en el suelo. Fue una impresión tremenda, quedé con la vista clavada en aquello sin distinguir bien qué era. Fue un instante fuerte, de terror; pero después de un momento pensé, respiré aliviado y creí que estaba viendo alguna especie de abrigo grande o algo de cuero lustroso que se había caído al suelo. Mas de nuevo sentí terror, porque aquello se movió, se arrastró un poco, se levantó una parte, y bajo eso asomó una cabeza de proporciones humanas completamente negra y lustrosa como el resto, solo sus ojos tenían una parte blanca. Ahora sentí el terror como un choque eléctrico. Entonces retrocedí lentamente pero con pasos largos. ¡que lento pasó el tiempo mientras aquello me miraba! La cabeza negra hacía unos movimientos lentos hacia los lados, como una víbora. Cuando un montón de ropa me ocultó de su vista, salí corriendo y resbalando rumbo a la puerta. Grande fue mi sorpresa y desilusión cuando vi que todas las mujeres se habían marchado, y solo el tipo esperaba aunque del otro lado de la puerta. 

Me dijo que no le dijera lo que había visto, que ya estaba muy asustado. Cerró con llave y salió corriendo de forma graciosa.  Casi le grité para preguntarle por mi compra, pero vi la bolsa tirada en la vereda. El viento había amainado bastante, pero la lluvia me repiqueteó por todo el cuerpo hasta que llegué a mi hogar. Hasta ahora no sé qué fue más desagradable, si el terror que sentó o la desilusión. 

2 comentarios:

  1. Ni las gracias recibio el amigo jeje pero aunque sea fue valiente o aparentar para mostrarse a Romina..saludos tocayo..Willy

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    1. Willy, se había filtrado este comentario y no lo vi hasta hoy. Pues sí, ni un descuento le dieron ¡Jaja! Saludos!!

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