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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

martes, 24 de octubre de 2017

¡Intrusos!

Estaban por llamar a la enorme puerta de la vivienda, cuando el viejo se volvió hacia el muchacho que caminaba detrás de él, y bajando un párpado con el dedo índice le dijo:

—Mucho ojo, como siempre. Nada de tocar algo, tampoco mires mucho las cosas.
—Sí, tío, como siempre —aceptó el muchacho.

 
El viejo se llamaba Rómulo, y era el tío de Darío, el muchacho, y estaba a cargo de él desde que murieran sus padres por ser el único pariente vivo. Rómulo tenía un oficio poco común, era afinador de pianos. Para sorpresa de Darío durante los primeros días viviendo con el viejo, este tenía bastante trabajo, era en realidad un buen oficio, cobraba bien su servicio, aunque era quisquilloso al máximo. Intentaba enseñarle el oficio a su sobrino, y esto incluía largas horas en el piano y también mucho estudio, además de que le repetía una y otra vez cómo debía comportarse en las casas. Su clientela era rica, o muy acomodada, pero los que más tienen más desconfiados son, y suelen mirar con desconfianza a la gente que le presta un servicio, sobre todo si es en su casa. 

Tocaron a la puerta y enseguida los atendió una señora, un ama de llaves. Los dueños del lugar no estaban pero habían dejado órdenes para que les enseñaran dónde se encontraba el piano. Entraron a una sala ostentosa y grande. La casa era muy antigua, aunque estaba en muy buen estado. Darío iba a mirar en derredor pero se encontró con la mirada seria del viejo. Siguieron a la mujer por una serie de corredores, hasta que fueron a dar en otra sala donde estaba el piano. Rómulo empezó con lo suyo, echando alguna que otra mirada al muchacho. La mujer se mantuvo al lado de ellos por un rato, pero luego entró otra empleada en la sala, esta le dijo algo y entonces se marcharon las dos. El viejo tocaba una tecla y escuchaba con los ojos cerrados; Darío sostenía el estuche donde llevaban las herramientas que utilizaban. El piano apenas si estaba desafinado, por eso el viejo, con los ojos cerrados, muy concentrado, creaba nuevas arrugas en la frente y ladeaba la cabeza en su esfuerzo por escuchar mejor. Finalmente empezaron a hacer algunos ajustes; pero mientras Rómulo le daba a las teclas, de pronto alguien dijo desde otra habitación:

—¿Quién anda ahí, quién es?

La voz parecía la de una mujer muy vieja, sonaba rasposa y casi metálica, y extrañamente potente. 

—¿¡Quién anda ahí!? ¿Acaso no va a responder? —insistió la voz.

Sobrino y tío se miraron con bastante asombro. Había algo muy raro en aquella voz. Reverberaba en la sala con una potencia que no parecía salir de un cuerpo anciano, pero ninguna persona joven podía tener una voz con aquel timbre, porque era muy rasposa, temblorosa, aguda y a la vez con ronca. Y de nuevo volvió a sonar:

—¡Invasores, invasores! ¡Son unos intrusos! ¿¡Qué hacen en mi casa, y con mi piano!? 
—Vamos a explicarle —dijo Rómulo en voz baja.

No le iban a explicar a los gritos. Salieron rumbo al corredor de donde parecían venir los gritos. Se acercaron a una puerta cerrada y allí el viejo dijo:

—Disculpe, señora, soy Rómulo Acuña, un afinador de pianos, y conmigo está mi sobrino y ayudante. Estoy aquí con el permiso de su gente, ellos me contrataron. Lamento haberla molestado, no me avisaron nada. Discúlpeme usted si la alarmé.

No hubo respuesta. Quedaron expectantes un momento. Rómulo se iba a disculpar de nuevo, cuando la ama de llaves apareció por el corredor, y con mucha sorpresa en la cara les preguntó:

—¿Qué hacen aquí? 
—La señora que está ahí se alarmó al escucharnos, y vinimos hasta aquí para explicarle quiénes somos, porque se oía muy preocupada. Tal vez debí llamarla primero a usted, pero la señora estaba alarmada.

La mujer abrió la boca, la cara llena de horror, los ojos casi desorbitados, pero como recordando algo, se compuso y dijo tratando de sonar con aplomo:

—Bien, ¿terminaron su trabajo?
—Todavía no, señora —le respondió el viejo. 
—Bueno, sigan entonces, y no hagan caso si escuchan algo. Traten de apurarse.

Y dicho esto se alejó de nuevo, volteando varias veces hacia aquel corredor hasta que dobló en otro. Los afinadores volvieron a lo suyo. Como ya se conocían bien, se miraron sin hablar y cada uno comprendió lo que pensaba el otro. Aquello era muy raro. A los dos les pareció que la mujer iba a decir que en aquella habitación no había nadie. Y había algo más; la voz tenía que haber sonado en toda la casa, por grande que esta fuera, sin embargo, la ama de llaves parecía no haberla escuchado, aunque no podía estar muy lejos. Muy raro. No solían apurar el trabajo, mas esa vez lo hicieron. Cuando ya se marchaban y tomaban el corredor que iba hacia la sala grande y la salida, la voz aterradora sonó fuerte y vibrante detrás de ellos, como si ahora estuviera en el otro corredor:

—¡Intrusos! ¡Haré que los cuelguen de los pies y los azoten! ¡Vuelvan aquí, volteen!

Ahora sonaba mucho más espeluznante. Reverberaba muy cerca del techo. Por cómo llegaba el sonido, los dos se imaginaron primero que la vieja era extraordinariamente alta, una gigante, y después se la figuraron flotando alto, o caminando cabeza abajo por el techo. Darío casi volteó, pero su tío lo detuvo. Él tenía más voluntad, y presentía que mirar a aquel fantasma o lo que fuera podía hasta ser mortal. Tampoco lo dejó correr. Los dos siguieron, con un andar tieso por el terror que sentían, hasta que al llegar a la sala sintieron que estaban a salvo.  El aire de afuera les pareció puro como nunca. Cuando todavía estaban cerca del lugar, escucharon, aunque débil, el sonido del piano.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Esa era la idea. Gracias por comentar, Esther. Saludos!!

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  2. Supiste hacerlo terrorífico hacia el final, a pesar de que uno rápidamente intuía de que se trataba, llevándonos a imaginar también a esa alma en pena flotando o caminando por el techo a la siga de los "intrusos" invadidos por el terror. Esa casa guarda secretos terribles.

    Saludos salados.

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    1. Hola Julio. Gracias por comentar. En la mayoría de mis cuentos no intento sorprender, solo quiero que se imaginen alguna parte que de un poco de miedo. Incluso en muchos quiero que el lector sepa lo que se viene, para así reforzar alguna "imágen". Saludos!!!

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