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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

viernes, 17 de noviembre de 2017

Caminata Nocturna

El atardecer nos vio a mi a migo Jacinto y a mí atravesar un pastizal que nos llegaba hasta la cintura. Me preocupaba bastante el lugar por el que caminábamos porque todo indicaba que era una zona de víboras, y yo andaba con un calzado bajo y para nada aprueba de colmillos de reptil.
Íbamos a cazar. Solo mi amigo llevaba un rifle. Nunca fui muy por la cacería, prefiero la pesca; pero a veces lo acompañaba para variar un poco. En la parte más alta de ese terreno se levantaron varias perdices. Casi pisé a una de esas aves, y cuando levantó su sonoro vuelo pasó aleteando cerca de mi cabeza. Me agaché, y esto le hizo mucha gracia a Jacinto, que siempre fue de risa fácil.

—¡Jajaja! La hubieras manoteado al vuelo —me dijo entre risas, después se lamentó—. Ojalá hubiera traído la escopeta también, y ya tendríamos por lo menos un par de perdices en la bolsa, como mínimo.
—No podemos matar todo lo que ande por nuestro camino —comenté—. Y si agarramos un venado, con eso vamos a tener bastante para cargar, ¿no te parece?
—Sí, pero una perdiz tiene su lugar. ¡Ahí voló otra! ¡Una martineta! A ver, fue justo de acá que salió. ¡Ajá! ¡Mira, ocho huevos! Vengan para acá —exclamó Jacinto inclinado sobre el nido.
—Déjalos, pueden tener pichones adentro.
—Si es así, mejor, huevo y carne de perdiz ¡Jajaja! ¿Te doy cuatro? Mejor, todos para mí.

Rellenó con pasto uno de los bolsillos de su bolso y colocó cuidadosamente los huevos allí. Seguimos haciendo nuestro camino por aquel pastizal. En las partes bajas y medio inundadas espantábamos ranas con nuestros pasos y vimos varias culebras desaparecer entre los pastos. Las sombras ya eran larguísimas cuando llegamos a un viejo bosque de eucaliptos que era nuestra meta. No era un bosque natural, mas lo habían plantado allí seguramente hacía más de cien años, deduzco por el tamaño de los árboles. Eran árboles foráneos pero la naturaleza había adoptado el bosque y le había entreverado entre sus sombras arbustos y árboles nativos, lo que lo hacía mucho más tupido. Era la primera vez que iba al lugar; Jacinto lo conocía bien, aunque nunca había andado allí de noche. En esa zona había visto varios venados que buscaban refugio en el lugar, pero en todas las ocasiones ya se habían perdido en la espesura antes de que él levantaba el rifle, o no le daba tiempo para apuntar. Por eso ahora planeaba cazar de noche y a la encandilada. 

Buscamos un lugar en concreto, y cuando lo hallamos nos agazapamos entre unos arbustos. Mi aporte era manejar el reflector que encandilaría a los animales. No era algo muy deportivo ni mucho menos, pero estaba dispuesto a hacerlo porque, además de una pasión, la caza también era para mi amigo una fuente de ingresos, porque solía vender parte de lo que cazaba. Esperamos en silencio. Ya casi era de noche cuando nos habíamos acomodado, así que pronto quedamos en la oscuridad. Una nube de mosquitos fue a hacernos compañía, algo que ya habíamos previsto, por eso nos pusimos guantes y pasamontañas. No era por cierto una espera aburrida, porque estábamos atentos al menor ruido que hubiera por allí, y a un bosque tupido no le faltan ruidos. Y los venados no escaseaban en ese bosque. Los escuchábamos en un lado, en otro, avanzando unos pasos, deteniéndose, reanudando la marcha. Podía imaginarlos olfateando el aire y moviendo las orejas en todas direcciones. Finalmente uno se acercó por el sendero que vigilábamos. Cuando juzgué que era el momento, levanté el reflector por encima de una enramada que me cubría, apunté hacia el ruido y lo encendí. Jacinto se movió rápido, apuntó a su vez y disparó. El venado había quedado quieto, encandilado, y ese fue su fin. No necesitamos seguirlo, cayó allí mismo. 

Le sacamos las vísceras (aunque guardamos algunos órganos) para aligerarlo un poco y nos preparamos para el cansador regreso. Mientras trabajábamos salió la luna y la claridad creció de a poco en el bosque. Todavía estábamos en él cuando vi algo que me sorprendió. Resaltaba entre los árboles una parte de una edificación, una casa. Estaba iluminada pero de una forma extraña, con una luz débil pero que igual la hacía resaltar. “Debe ser por la luz de la luna”, pensé. En la naturaleza soy muy prudente, por eso le llamé la atención a mi amigo sin hablar. Jacinto cargaba el venado en su espalda, miró hacia donde yo señalaba y quedó quieto. Íbamos a seguir cuando vimos que alguien venía por el bosque. Para mi sorpresa, era una mujer. Vestía ropa clara y muy holgada y caminaba como paseando, dando una caminata nocturna.

 Mi amigo se agachó para ocultarse y yo hice lo mismo. Lo ayudé para que el venado bajara hasta el suelo sin hacer ruido. Mi amigo no podría soportar su peso estando en cuclillas, e íbamos a tener que quedar un rato así porque la mujer caminaba lentamente. No me cuestioné la acción de escondernos. De seguir avanzando nos toparíamos con ella y casi seguramente la asustaríamos. Dos tipos grandes que aparecen de pronto entre los árboles, y ella paseando sola a un buen trecho de la casa. Si gritaba, ¿qué hacíamos? ¿quedarnos a dar explicaciones y que nos atraparan como furtivos? Porque pensé que difícilmente podía estar sola. Y si salíamos corriendo, peor si nos atrapaban. Nosotros estábamos en una sombra, y ella atravesaba solo partes iluminadas por la luna, parecía, porque la envolvía la claridad. Iba con la mirada baja, como pensando, o tal vez así lograba sortear todas las ramas caídas y raíces, aunque no la vi levantar los pies ni chocar contra nada. A la distancia me había parecido que era joven, pero cuando pasó frente a nosotros me impresionó mucho lo arrugada que tenía la cara, además tenía unas ojeras enormes. Iba rumbo a la casa, y cuando legó a la altura de esta suspiré aliviado. Podíamos seguir. Ayudé a Jacinto con el venado, y cuando habíamos avanzado algunos pasos le susurré:

—¿Serán los dueños del lugar los de esa casa? Si esa señora nos veía que susto le íbamos a dar, ¿no? 
—Susto es el que tengo yo —me dijo mi amigo con una voz temblorosa y entrecortada—. Donde ahora se veía esa casa solo hay unos viejos cimientos y un par de pilares, y no es una nueva porque anduve aquí hace poco. Y esa mujer era un fantasma.
—No bromees con eso, en serio, no bromees.
—No bromeo. Vayámonos de este bosque cuanto antes. Ya me habían dicho que estaba embrujado pero no lo creí.

Y mi amigo no bromeaba. Me di cuenta más tarde, porque habíamos cruzado por una parte donde también cruzó la mujer, y de ser real, allí las ramas y unas de gato (una planta con espinas terribles) le hubieran desgarrado aquellas prendas.   

2 comentarios:

  1. Adoro los cuentos del monte y cacerias o pesca tambien amigo por eso me gusto mucho este..ya me conoces tocayo..saludos.W💪

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    1. Gracias, Willy. Salidas así de por si ya son una aventura, aunque no tengan fantasmas. Saludos.

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