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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

domingo, 12 de noviembre de 2017

El Heredero

Carlos sintió mucha pena por aquella viejita que lo miró con miedo y abriendo apenas la puerta. Era su abuela pero obviamente no lo reconocía. 

—¡Hola abuela, soy yo, Carlos —la saludó él. 
—¿Carlos? Mmm... ¿Cómo sé que eres tú y no uno de esos monstruos? —le preguntó ella, desconfiada y asustada a la vez.

—Abue, no digas esas cosas, sino algunos de los tíos va a hacer que te lleven y... Abue, soy yo. ¿Puedo pasar?

La señora no se encontraba bien de la cabeza desde hacía mucho tiempo, pero quería vivir sola en su casa; sus hijos esperaban que se deteriorara más para sacarla por la fuerza, por el bien de ella, decían. Carlos la cuidaba todo lo que podía. La había visto cada vez más nerviosa y asustadiza, aunque ella se negaba a decir por qué. De a poco le fue confesando cosas hasta que finalmente llegó a contarle todo lo que veía, o creía ver. Eran ciertamente cosas aterradoras: personas pequeñas que trepaban las paredes como arañas, veía a una mujer calva y toda arrugada que a veces asomaba la cabeza por el inodoro, y otra muy grande y gorda, con una boca enorme, que siempre vestida de camisón, que aparecía inclinada sobre ella y riendo con mucha malicia como si acabara de hacerle algo terrible. 

Carlos insistía para que fuera a vivir con él pero ella no aceptaba. Él vivía en un apartamento pequeño, pero era mejor que permanecer en aquella vivienda donde veía todas esas cosas espantosas. Su nieto confiaba que al cambiar de ambiente, por lo menos parte de los “monstruos” desaparecerían, porque la casa era muy vieja y muy espaciosa, era el escenario ideal para esas visiones aterradoras. Y no entendía cómo ella podía seguir viviendo allí, con tanto terror, no se imaginaba qué podía detenerla allí. Varias veces pensó hacer lo que los hijos de ella pretendían, aunque en el caso de él realmente era para ayudarla. No lo hizo porque ella no quería ni hablar del asunto. Ahora Carlos había tenido que viajar durante unas semanas, y al volver la encontraba así, desconfiando hasta de su nieto favorito.

Finalmente lo dejó entrar, aunque no sin antes hacerle varias preguntas para saber si en verdad era él. Eso le dio mucha pena a Carlos, y cuando la vio caminar apenas hacia el sofá se extremeció al notarla tan flaca y disminuida. Resultó que estaba tan mal como se veía. Falleció unos días después. Ella sabía que estaba cerca de su fin, y había tenido la claridad suficiente como para hacer un testamento donde le dejaba todo lo que tenía a su nieto. Como no les iba a tocar nada y no estaban contentos con eso, apenas terminó el entierro la familia desapareció. Ya era noche cuando Carlos volvió a la vieja casona, que ahora era suya. Tenía que arreglar algunas cosas, porque todavía no pensaba mudarse. Limpió la heladera, tiró algunas cosas que ya estaban viejas, limpió un poco, sacó la basura y otras tareas que hizo con lentitud y desgano. Después de un día tan feo casi no le quedaban energías, sentía como si tuviera un peso sobre los hombros. ¡Sí sentía un peso! ¡Algo pequeño como un niño estaba subido sobre sus hombros! Mas ni bien terminó de pensar eso ya no lo sintió. De todas formas corrió hasta un espejo, no tenía nada. Suspiró y se frotó el cuello y la espalda alta. “Debió ser algún tipo de contractura muscular”, pensó. Se iba a marchar, pero estaba tan cansado que solo se dejó caer en un sofá. Le atribuía aquello al estrés de la jornada. Sentado allí recordó algunas de las cosas horribles que le contó su abuela. Miró todo lo que había en la sala. Pensó que tenía que olvidar eso, todo aquello solo existía en la cabeza de su pobre abuela. Cerró los ojos y se durmió enseguida. Al rato, unas criaturas pequeñas como bebés pero repugnantes, empezaron a gatear por las paredes y el techo, en el baño empezó a sonar un chapoteo que era de la cabeza aterradora moviéndose en el inodoro, y a su lado apareció la mujer gorda y enorme, se inclinó hacia él y empezó a murmurarle cosas con su enorme boca de sapo.

Carlos despertó allí cuando ya había amanecido. La casona le desagradaba mucho pero igual se mudó a ella, no entendía bien por qué pero sabía que tenía que hacerlo. Gracias a su juventud los entes podrían alimentarse de su energía por largo tiempo.    

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