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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Miedo Oculto

El viejo Víctor tenía un miedo oculto, y ahora ese terror, bajo la forma de varias siluetas, avanzaba por la noche rumbo a su vivienda.
La noche estaba tranquila, que era lo regular en la soledad donde vivía el viejo. Víctor cabeceaba, medio dormido, mientras escuchaba viejos tangos en una radio también vieja y enorme. El sonido era malo, ronco, con interferencias, pero Víctor era muy tacaño, y mientras aquella radio durara solo con algunos arreglos ocasionales la iba a conservar. En todo caso, cuando ya no funcionara más, la iba a guardar en el atiborrado galpón donde metía todo lo que ya no usaba, porque no tiraba nada.

Una mosca empezó a volar cerca de su cara y a posar en ella. Adormilado, se golpeó una mejilla cuando el insecto lo molestó, maldijo, y después se enderezó en el asiento bostezando largamente. Ya era hora de dormir. Terminó de un trago lo último que le quedaba en un vaso, y cuando había acercado su mano nudosa a la perilla de la radio, escuchó unas carcajadas que lo sobresaltaron y lo hicieron maldecir de nuevo. No tenía vecinos cercanos, vivía en el campo, y el camino estaba lejos de allí. Estaban invadiendo su terreno, algo que detestaba, y lo habían asustado con aquel arranque de risotadas locas. Se levantó furioso y descorriendo la cortina miró por la ventana. Los invasores, que eran cuatro, pasaban por una parte alta del terreno y sus siluetas se recortaban en el cielo estrellado. Tenían cabelleras estrafalarias, alargadas hacia los costados y hacia arriba, vestían ropas muy holgadas, y caminaban levantando unos calzados exageradamente largos que se curvaban en la punta. ¡Eran payasos! Con oscuridad y todo las siluetas no dejaban dudas.

Desde niño le había tenido terror a los payasos, no sabía bien por qué, y eso lo avergonzaba. Ese miedo no cuadraba con su carácter y actitud cotidiana, porque era un tipo malhumorado e irreverente, violento, y durante toda su vida nadie lo había amedrentado. Pero con los payasos era otra cosa, y los había evitado a toda costa por años; nada de circos, ferias, y se había marchado prematuramente de varios cumpleaños. Ahora, que hacía años que se había retirado a aquella vivienda rural, ya prácticamente no se acordaba de ese miedo; mas al ver a las siluetas, este volvió y con tanta fuerza como si de nuevo fuera un niño. Cerró la cortina. Pensó que no podía ser, ¡payasos allí, en el campo! Miró de nuevo. Las siluetas iban atravesando la parte iluminada del patio. Sin dudas eran cuatro payasos, unos particularmente horribles, unos monstruos con maquillaje de payaso y sus ropas. Lo saludaron con la mano y apuraron el paso. Víctor retrocedió, horrorizado, dominado por el terror. Aún entre tanto terror, su manera violenta le recordó una cosa, ¡la escopeta!

Se apuró lo más que sus piernas viejas y agarrotadas se lo permitieron. Descolgó la escopeta. Abrió el cajón donde guardaba los cartuchos, ¡no estaban! Cómo podían no estar si siempre los dejaba allí. Miró en derredor. ¿Acaso alguien se había metido en su casa cuando había ido al pueblo el día anterior? Pero no faltaba más nada. Afuera ahora había silencio pero sin dudas seguían allí. “El revólver”, pensó. Fue hasta su cuarto, jadeando. Allí lo encontró, ¡mas no tenía balas! Giró buscando una explicación, y al quedar frente a la ventana vio que un payaso particularmente monstruoso lo espiaba desde una parte que la cortina se había descorrido. Cuando abandonó el cuarto, estalló una carcajada, y como respondiendo a esta, brotaron otras que estaban alrededor de la casa. Lo habían rodeado. Una silueta ancha había pegado las manos al vidrio de la ventana de la cocina, y se movía hacia los lados como intentando ver hacia adentro. El terror de Víctor llegó a su máxima expresión. El corazón no le aguantó, y cayó tomándose el pecho con las dos manos. 

Un rato después, la puerta del frente se abrió y uno de los payasos se asomó, después entró lentamente y agazapado. Al encontrar al viejo suspiró, y con algo de trabajo se sacó la máscara.

—¡El viejo ya está muerto, vengan! —gritó.
—¡Por fin! —exclamó otro de los disfrazados al entrar—. Este viejo amarrete no se moría nunca. Ahora a vender esto cuanto antes, y después a disfrutarlo.
—¡Sí! —exclamaron los otros.

Eran cuatro sobrinos del viejo. Como Víctor no tenía hijos y le desagradaba más la idea de dejar su dinero al banco o al estado, nombró, aunque no de buena gana, a los hijos de su hermana como herederos. Sabían del miedo del viejo porque su madre inocentemente se los había contado, y cuando se aburrieron de esperar su muerte planearon aquello.  

3 comentarios:

  1. Casi muero cuando ví la palabra payasos! 😱 Saludos

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    1. Justo ayer mandé para un concurso de cuentos uno donde aparece, aunque poco, un payaso. Y tengo uno casi terminado, que puede que lo publique hoy o mañana. El blog está lleno de payasos, empezando por el autor ¡Jaja! Saludos!!

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