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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

domingo, 19 de noviembre de 2017

Palomas Vengadoras

Agustín entró a toda prisa a su casa. Venía del fondo, donde tenían un palomar. Ingresó a la cocina, donde su madre lagrimeaba porque picaba cebollas, y le dijo apresuradamente:

—¡Mamá, falta una paloma, es “Manchita”!
—En cualquier momento vuelve, ya lo sabes —le dijo su madre mientras se pasaba la mano por la mejilla. Enseguida recordó que eso no era bueno cuando picaba cebollas, y empezó a lavarse las manos.

Agustín, que tenía doce años, entonces fue en busca de su padre, que se encontraba en la sala mirando fútbol.

—¡Papá, papá, “Manchita” no está.
—¡Pero cómo no vas a cobrar esa falta! ¡Pero que juez más... —exclamó su padre, que seguía con la mente en el partido, pero después volteó hacia el niño—. ¿Qué pasó?
—Que “Manchita” no está, y todas ya volvieron.
—Puede que vuelva en cualquier momento, pero vamos a ver.

Su padre le había enseñado a criar palomas, y aquella bandada era tanto de él como de Agustín. Todas menos una habían vuelto de su vuelo matinal, y picoteaban rápidamente su alimento emitiendo suaves sonidos de satisfacción. Padre e hijo levantaron la vista y miraron en derredor. Así esperaron un buen rato. Las palomas eran libres de volar a donde quisieran, pero normalmente lo hacían todas juntas, y siempre regresaban. Pasó el mediodía, avanzó la tarde, y la paloma no volvía. Por la noche el padre empezó a explicarle que a veces podía pasarles algo, que hasta el momento habían tenido suerte, que él había perdido algunas, y otras cosas más que de nada servían para consolarlo.

Al otro día, otra desaparición. Entonces padre e hijo revisaron el palomar. Lo cerraban por la noche pero algún depredador podía habérselas ingeniado para atacar a las aves. Vivían cerca del campo y a veces recibían visitas de comadrejas. Pero después de una minuciosa inspección no encontraron debilidades. De todas formas, por la noche Agustín fue hasta el palomar, linterna en mano, y después revisó los alrededores. Tenían un muro alto alrededor de la propiedad. Agustín presintió algo, que lo observaban, y cuando apuntó hacia una parte del muro, la cabeza de una anciana particularmente horrible se asomaba en él. Enseguida la cabeza se escondió, y Agustín corrió con todas sus fuerzas hacia la casa. Sus padres miraban tele en la sala.

—¡Mamá, papá! La vieja de al lado es la que se está comiendo a las palomas. Estaba asomada en el muro mirando hacia acá.

Sus padres quedaron como asombrados mientras se imaginaban a la anciana asomando sobre el muro, pero después se rieron, y el padre le dijo:

—Pero Agustín, como va a estar asomándose allá arriba esa anciana si no es más alta que vos, es muy gorda, y además apenas camina. No me la imagino subiendo a una escalera.
—Pero papi, era ella, la iluminé bien. Me dio tremendo susto esa vieja fea... come palomas, mis palomas.
—No, no puede ser. No podría por lo físico. ¿Y viste los muebles que bajaron cuando se mudó? Son viejos pero de los muy caros, todos de madera fina. La casa está sí, viejita, y con ese techo de paja... Pero hay gente que le gusta ese tipo de techos, son frescos en verano y abrigan bien en invierno. Lo que te quiero decir es que, aunque se mudara ahí, debe tener suficiente plata como para no tener que andar robando palomas para comer, ¿no lo crees? Seguro que lo que viste fue a un bicho caminando por el filo del muro, un gato o una comadreja.
—¿Y si es una bruja? Porque parece una bruja.
—Tienes razón, puede ser eso —le dijo entonces el padre tomándose la barbilla como si reflexionara profundamente—. Puede ser eso sí, excepto por una cosa, ¡que las brujas no existen! ¡Jajaja! ¡Agustín, ven, no te lo tomes a mal, solo bromeaba! ¡Agustín!

Pero el niño ya no lo escuchó, se fue a su cuarto. Le resultó obvio que sus padres no le iban a creer, pero él sabía lo que había visto. Se puso a pensar en la anciana. No sabían nada de ella, no compraba en los comercios de la zona, se la veía muy poco, y su gordura era rara. Usaba siempre vestidos, o más exactamente, unas túnicas negras que le tapaban hasta los pies, y su andar era por demás raro. El niño se durmió pensando en su vecina. De madrugada se despertó y se le ocurrió mirar por la ventana, desde allí veía el fondo. Antes de correr un poco la persiana dudó un momento porque le dio miedo. Cuando espió hacia afuera se estremeció de terror. La noche era clara, y vio perfectamente a la vieja, que ahora era horriblemente flaca y medía más de dos metros de altura, atravesando el fondo con unas zancadas rápidas y muy elásticas. Tenía puesto su túnica negra pero le quedaba muy corta. Cuando tenía que mostrarse a la gente, escondía aquella altura y flacura anormal plegando su cuerpo y haciendo que todo quedara dentro de aquellas túnicas, por eso su aparente gordura era rara. La bruja iba hacia el palomar. Al pensar en sus palomas el niño pudo gritar, y la bruja se volvió bruscamente hacia él, lo señaló con un dedo huesudo y largo, y después lo puso delante de su horripilante boca indicándole que hiciera silencio. Pero el niño siguió gritando, entonces la bruja le hizo un gesto amenazante, sonrió con malicia, dio unas zancadas hacia el muro y lo cruzó de un salto. Cuando los padres de Agustín irrumpieron en el cuarto, el niño seguía como petrificado delante de la ventana. Cuando él les contó, esta vez dijeron que estaba soñando, que había sido una pesadilla. 

—¿¡Cómo va a ser una pesadilla si estoy levantado!? —protestó el niño.
—Porque soñaste y después te levantaste —le explicó su madre.
—¡Pero ma, no soy un bebé! ¡La vieja pasó ahí, y es una bruja! Ustedes no me creen nada.

Volvió a acostarse muy enojado. Ya no sentía miedo, sino rabia. Esa noche no desapareció ninguna de sus palomas, pero a la siguiente, a pesar de que Agustín vigiló hacia afuera varias veces, desaparecieron todas, y en el palomar había mucha sangre y plumas. Sus padres quedaron por demás sorprendidos; él solo quedó serio, y miró con odio hacia el techo de la vivienda que estaba del otro lado. ¿Pero qué podía hacer él contra una bruja? Pensó mucho en el asunto. Seguramente la bruja era mucho más vieja de lo que aparentaba, y se la veía muy vieja, por eso bien podía tener cientos de años. En tanto tiempo seguramente se había topado con enemigos; pero ella seguía viva. Agustín miraba distraídamente lo que había en su cuarto mientras pensaba. ¡Pero él tenía algo que otros enemigos de la bruja no tuvieron! Mucha información y la posibilidad de comunicase fácilmente con otra gente. Se sentó frente a su computadora y empezó a teclear. Así no solo consiguió información, sino que también se contactó con gente que había tenido experiencias con brujas. Pero esa gente todavía no se encontraba fuera de internet, no habían encontrado una excusa, una pantalla, ni una forma realmente privada de comunicarse, además de un simple código que iban inventando. Entonces Agustín hizo un gran aporte.

Una noche, mientras transcurría un partido de fútbol muy importante y la gente salía a tirar fuegos artificiales, la casa de la bruja ardió en llamas con ella adentro. Un fuego artificial lanzado por algún imprudente, concluyeron los bomberos. Los padres de Agustín después le contaron sobre el terrible incendio, porque creían que en ese momento él estaba en una reunión de los criadores de palomas locales, un grupo al que se había unido hacía poco. Él por supuesto volvió a criar palomas, y enviaba y recibía muchos mensajes, y seguido iba a alguna reunión.   

4 comentarios:

  1. Grande maestro! me alegro que ante cualquier adversidad siga con lo que nos gusta: escribir vos y que te leamos tus seguidores..buenisimo el cuento se prepara un futuro cazador de brujas.Saludos. W💪

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    1. Gracias Willy. A este cuento y a otros borradores ya los tengo hechos. Pero sí, hoy escribí algo. A cada rato olvido que mi perro ya no está. Pero bueno, así es la vida. Saludos!!

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  2. Que buen cuento! Imaginación de las buenas. Felicidades

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    1. Muchas gracias, Armin. Te mando un saludo!!

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