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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

jueves, 16 de noviembre de 2017

Terror En La Montaña

Bernard, Bastian y Auguste subían por una cuesta terriblemente inclinada que estaba cubierta de nieve. El viento ululaba en las aristas de la montaña y arrojaba más nieve que iba a posarse sobre rocas y sobre nuestros montañistas. Bernard creyó escuchar algo entreverado entre el aullido del viento, algo como sonidos guturales o gemidos fuertes, por eso se detuvo un momento y miró hacia todos lados.
El blanco de la nieve se confundía con el cielo y solo las rocas que sobresalían eran un punto de referencia. Bernard se preocupó porque pensó que su mente podría estar sufriendo algún daño por el intenso frío; pero observó que sus compañeros también buscaban algo con la mirada.

—¡Les juro que me parece que este viento trae algo más entre sus resoplidos! —gritó Auguste. Hablando normalmente no podrían escucharlo por el viento.
—¡Menos mal que lo comentas, porque a mí también me pareció escuchar algo entreverado entre la ventisca! —dijo entonces Auguste.
—Al parecer todos escuchamos lo mismo. Tal vez sea algún resto de carpa o hasta una prenda que el viento arrebató de algún campamento base y subió hasta por aquí, que se enganchó después en una roca y que ahora ondea furiosamente y hace ese ruido, se me ocurre, aunque ya no lo escucho.

Ninguno volvió a escucharlo y siguieron su ascenso. El viento aumentó y vino con más nieve y más frío. Tuvieron que tomar una decisión. La opción era volver, o subir un poco más hasta una terraza que divisaban desde allí, y esperar a que el tiempo mejorara. Siguieron hasta la terraza. La cuesta se hizo más empinada cerca de la terraza, y solo se podía llegar hasta ella por un lugar muy estrecho. Bajo esa saliente de la montaña la caída era vertical. No era un lugar fácil ni muy grande pero estaba bastante protegido del viento. Cuando la ventisca dejó de golpearlos se sintieron bastante más aliviados. La saliente era más ancha a medida que se alejaba del lugar por donde llegaron a ella. La pared de la saliente estaba cubierta de nieve. Se quitaron las mochilas. Bernard se asomó al precipicio y vio como el viento con nieve parecía querer derribar la montaña. 

—¡Esta tormenta! —les dijo a sus compañeros apuntando hacia abajo—, ¿será tan fuerte como la que desapareció a aquel equipo, el que hablamos hoy?
—¡No lo creo! —le contestó Auguste, gritando sobre el ruido de la ventisca—. El viento está fuerte sí, pero lo que acabó con ellos tuvo que ser algo mayor. Estaban más que bien equipados, era un grupo numeroso, y hasta tenían medicinas avanzadas contra el mal de montaña y la congelación. Medicinas experimentales, supongo! 

Auguste había arrimado la espalda al muro de la montaña cuando decía esto, y antes de terminar de hablar escuchó un ruido apagado detrás de él. Un poco de nieve cayendo al suelo. En esos terrenos eso era algo que no se podía ignorar, por menor que fuera el desprendimiento. Pero no pudo girar porque de pronto unas manos heladas le envolvieron el cuello por detrás. Quiso gritar pero lo estrangulaban muy fuerte, y cuando un rostro renegrido salió de la nieve y le arrancó la oreja de un mordisco, solo lanzó un gemido ahogado. Era, por su aspecto, un muerto, pero había salido de su escondite de nieve para atacarlo.

Bastian se movió para ayudarlo pero otro muerto viviente salió de la nieve y lo apresó, y enseguida se le unió otro, y hubo un tercero. Toda esa pared estaba llena de muertos vivientes. La nieve salía volando hacia adelante y aparecían. Vestían ropas de montañistas, y evidentemente eran el grupo perdido. En un instante Bernard ya no podía hacer nada por sus compañeros. Miró hacia la estrecha salida de la terraza, de allí también habían salido varios reanimados. No tenía escapatoria. Entonces miró el abismo. Morir por una caída era parte de los riesgos que asumía, pero morir devorado por aquellas cosas... No lo dudó ni un instante. Cuando uno de los muertos le lanzaba un manotazo, se dejó caer. Más que caer, voló. Controlando la posición del cuerpo se alejó de la montaña, siempre cayendo, y sintió una libertado increíble. Ahora le parecía que el tiempo pasaba lentamente. Pensó brevemente en las misteriosas desapariciones que ocurrían en aquella montaña, y que estas iban en aumento después de la tragedia de aquel grupo, el que ahora devoraba a sus compañeros allá arriba. Pero esas cosas ya no tenían importancia. Ahora estaba libre de todo. Volaba hacia el valle de allá abajo, y a él llegó con un sonido espantoso. 

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