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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

martes, 24 de abril de 2018

El Cambio

Después de algunas bromas pesadas me había vuelto muy suspicaz, y ahora presentía que mis dos compañeros tramaban algo. Ya hacía un buen tiempo que trabajaba en aquel antiguo cementerio, y las bromas al novato, a mí, habían terminado; mas aquellos dos no desaprovechaban oportunidades para reírse a costa de otros.

Íbamos a hacer unas de las cosas más desagradables de nuestro oficio, sacar restos humanos de los nichos y cambiarlos de lugar a unos cajones pequeños. Eso se hacía a los dos o tres años del entierro. En la mayoría de los nichos solo encontrábamos huesos, en otros había más restos y teníamos que cortarlos. En algunos casos los familiares hacían eso, o le pagaban a alguien, pero mayormente esa era nuestra tarea. 
Julio, Alán y yo fuimos hasta la parte de los nichos. Los dos se quedaron atrás y cuchichearon algo al mirar un papel. Allí estaba la orden que decía qué nichos teníamos que abrir. Algo se traían aquellos. Maldije mil veces mi suerte. ¡Por qué había caído justo allí, y con aquellos imbéciles de humor negro!

-Para, es ese de ahí -dijo Julio-. Dale nomás, ábrelo.
-¿Este? ¿Y qué tiene este de particular?
-¿De particular? Aquí somos más sencillos al hablar. "De particular", ¡Jajaja! -bromeó estúpidamente Julio moviendo hacia todos lados el cigarro que llevaba en la boca.
-No tiene nada. Ábrelo y ya. Yo me encargo del próximo -me dijo Alán.
-Ustedes se ríen acá como si estuviéramos en una plaza -le reproché.
-Estamos en una plaza, mira todos esos cipreses, ¡Jaja! ¡Dale, ábrela! -dijo finalmente Alán con un tono que no me gustó nada.

Me preparé para algo desagradable pero eso no fue suficiente. La entrada del nicho estaba tapada con ladrillos y cemento. Piqué el cemento con un cortafierros y empecé a sacar los ladrillos. Cuando hacíamos eso andábamos con cemento listo y ladrillos. Esperaba ver un feo cadáver decrépito, pero aquello era peor, era un payaso completamente vestido como tal. inexplicablemente para mí, hasta tenía la cara blanca, su nariz roja, y no era un esqueleto. Me fui hacia atrás, espantado, y mis compañeros se echaron a reír. 

-Ahora se pasaron, con esta se pasaron -les dije enojado-. Hacerme abrir un nicho antes de tiempo solo para asustarme...
-¡Ahhjaja! Que gracioso fue verte la cara, pero no, no te hicimos abrir este por broma, está aquí en el papel, mira -me aclaró Alán-. Sabíamos que te iba a asustar porque lo abrimos el año pasado y estaba entero. Le dije al director que ahora todavía debe estar muy entero, pero no, el señor cree que sabe más que nosotros y... ¡A la m...! Está igual, no cambió nada. Mira Julio, ni se ha desinflado este.

Ahora los espantados eran ellos. Evidentemente esperaban que estuviera bastante entero, por eso querían que yo lo viera primero, pero no esperaban que no hubiera cambiado nada. Ya pasada la primer impresión me acerqué a mirar mejor.

-¿Cómo puede tener todavía hasta la puntura en la cara? ¿Y por qué lo habrán enterrado así -pregunté.
-Yo pienso que es una máscara. Que lo enterraran así dicen que fue su última voluntad -me contestó Julio, ahora bien serio-. Pero miren la parte de ahí del cuello, este tiene toda la carne, y miren, hasta se le nota un tatuaje ahí. Miren las manos, los guantes están bien rellenos. He visto gente embalsamada que dura mucho, pero así no.
-¿Y qué hacemos? -pregunté entonces.
-Tapar esto de nuevo. No podemos trozarlo así, estando tan entero, no entra en la caja. Además, ¡no pienso tocar esto! Tápala, pero no completamente.
-¿Qué?
-Sí, ya lo hable con el director. Aunque largue un poco de olor, por lo menos así va a tener que pudrirse este desgraciado. 

Aquel horrendo payaso parecía que en cualquier momento podría estirar un brazo hacia nosotros. Me apuré para dejarlo de nuevo en la oscuridad, pero dejando una abertura como me ordenaron. Una fea situación en un oficio ya de por si feo.
Durante la otra jornada, estaba podando unos cipreses cuando vi venir a Julio meneando la cabeza y me dijo.

-Lindo trabajo hiciste, muy lindo.
-¿De qué estás hablando?
-Del nicho del payaso. Se cayeron todos los ladrillos hacia afuera. 

Por un instante sentí ganas de tirarle lo que tuviera en la mano, que en ese momento era una tijera de podar. ¡Seguir bromeando con lo del payaso! Todo tiene su límite, y mi paciencia también. Mi compañero parece que adivinó la ira en mi mirada, porque retrocedió un poco y me dijo serio:

-Es verdad, no te estoy jodiendo. Habrá quedado mal por no tapar completamente aquello. También es mi culpa. Vamos y te ayudo.

Me calmé un poco y fuimos. Al acercarnos empecé a respirar fuerte. Temía que el nicho estuviera vacío. Pero allí estaba el payaso, o eso creí en un primer momento. No quería mirarlo pero fue inevitable. Cuando terminábamos de tapar aquello me di cuenta de algo. Sentí frío, todo mi alrededor empezó a dar vueltas y por poco no me desmayé. Aunque no quería, recordé la imagen del payaso muerto que acababa de dejar de nuevo en la oscuridad, y me di cuenta de que ahora no tenía ni un tatuaje. Me sentí tan mal que no pude decir nada en aquel momento, y después comprendí que no me iban a creer. Como sospechaba, después escuché que la noche anterior desapareció un hombre.   

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