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Te Hago Un Cuento Personalizado

¡Hola! Te hago un cuento personalizado, sobre el tema que quieras y el género que gustes, para gente grande o niños. Puede ser un boni...

sábado, 26 de mayo de 2018

El Peón Maligno

¿¡Pero quién diablos era aquel hombre!? Néstor, mi amigo, era un ciclista profesional, y yo salía a trotar todos los días, pero no podíamos seguirle el paso al peón aquel. Los dos salíamos al campo y al monte desde que éramos pre adolescentes, sin embargo íbamos fatigados tratando de alcanzarlo mientras aquel tipo subía las colinas a los saltos, y parecía tener una fuerza extraordinaria. 

Nos hallábamos en un establecimiento rural dedicado al turismo. No éramos unos turistas, estábamos allí para variar un poco, disfrutar de la naturaleza sin pasar trabajo ni estar pendientes de que algún estanciero nos expulsara. Además por aquella zona cruzaba un río muy famoso por su pesca. Nada salió como pensábamos. Ojalá nunca hubiéramos ido a ese lugar.

Después de un almuerzo excelente nos enteramos que éramos los únicos interesados en la pesca. Los otros, que sí eran turistas, solo querían dar paseos a caballo o caminatas por un monte lleno de senderos que para nosotros era como un jardín. Pasamos de esas actividades y reclamamos que en el folleto promocional de la estancia decía que había salidas a pescar todos los días. El encargado nos dijo que por el momento los empleados estaban todos ocupados en las otras actividades, pero que por la tarde un peón nos guiaría hasta el río. Matamos el tiempo aprontando nuestros equipos. Avanzó la tarde, fue decreciendo, y ni noticias teníamos del tipo que nos iba a llevar. Apareció casi al anochecer. 

Era un sujeto alto, flaco, y se llamaba Gabino. Ahí descubrimos que no había caballos para nosotros, que teníamos que ir a pie. Eso nos fastidió mucho. ¡Pagar para pasar el mismo trabajo de siempre! Y caminando de noche, como cuando uno se esconde por no andar con permiso. 

Estábamos ya con ganas de pedir, por lo menos parte de nuestro dinero, pero Gabino dijo que el río no estaba lejos, y que podíamos cortar camino y que pronto llegaríamos. Acamparíamos en la orilla y después podríamos pescar todo el día, y agregó que antes del medio día nos iban a llevar comida, y después algunos refrigerios. Lo seguimos sin estar muy convencidos todavía, cuando ya se había hecho noche. El hombre caminaba a grandes trancos e inclinando el tronco hacia adelante con cada paso. Por un rato lo seguimos bien, pero cuando la noche se hizo clara porque salió la luna nos empezó a sacar ventaja. Entonces susurramos entre nosotros que si el tipo quería hacerse el muy caminante, le íbamos a mostrar que también estábamos en forma. Nos llevó por un terreno que no era bueno, subía y bajaba, loma tras loma, y no había ningún sendero. Nos aventajaba en las subidas. Los dos habíamos visto a atletas de alto rendimiento entrenando subiendo cuestas, y sabíamos que lo que estaba haciendo aquel hombre era algo absurdo. Se detuvo a esperarnos varias veces, meneando la cabeza, pero seguía antes de que lo alcanzáramos.

La última subida era realmente muy empinada, más que colina era un cerro. Y el suelo no ayudaba porque estaba cubierto por un pastizal apretujado y alto. En un momento, mientras resoplábamos subiendo, levanté la mirada y descubrí que habíamos perdido al peón. Mi amigo tampoco había advertido rumbo a dónde había ido. Cuando llegamos a la cima, rezagados, tampoco lo vimos allí. La luna llena, aunque muy pálida, mostraba una gran extensión del paisaje. En el otro extremo de la cima vimos al río allá abajo reflejando luz lunar entre el campo y tramos de monte ribereño. Por lo menos íbamos a llegar a nuestro destino, aunque estaba más lejos de lo que aquel desgraciado había dicho. El descenso fue un descanso para nuestros corazones, pero no para nuestras rodillas. 

Llegamos al fin al valle y enseguida a la orilla del río. Allí mismo había un buen lugar para acampar, limpio como para pescar y con árboles en los costados. No había refrescado mucho pero igual quisimos hacer un fuego. Juntábamos leña cuando Néstor me comentó:

—Ya es raro lo del peón este, ¿no?
—Raro es poco decir —afirmé—. Viste cómo saltaba cuesta arriba el desgraciado, y además de dejarnos mal todavía desaparece, ¡quién sabe con qué intención!
—Eso es lo que me preocupa. Adivina lo que me gustaría haber traído —me propuso mi amigo. 
—Es fácil: tu revólver. También me gustaría haber traído algo, porque las últimas veces que volteó me pareció que la cara se le estaba poniendo rara.
—¿También lo viste? Creí que era impresión mía nomás.

Después de esas especulaciones nos apuramos más al tiempo que echábamos algunas miradas desconfiadas hacia todos lados. Por suerte encontramos un arbusto caído que estaba muy seco. Ya teníamos el fuego encendido cuando escuchamos el aullido. Venía de la cima del cerro por el el cual habíamos descendido. Nos miramos alarmados y después levantamos la vista. Fue una visión aterradora. La luna estaba de fondo, y en la cima se recortaba claramente una forma grande que andaba en cuatro patas. Levantó la cabeza al lanzar otro aullido y después desapareció corriendo. Volvimos a mirarnos, visiblemente asustados los dos. Aquella figura que se había mostrado delante de la luna no era un perro, se parecía más a un jabalí pero de patas largas y gruesas. Era una cosa grotesca y grotesco fue su trote. Lo más aterrador fue que aquella exposición parecía adrede, como si se mostrara allí para asustarnos. ¿Después qué iba a hacer? Y más importante todavía, ¿qué era aquello? Bastantes historias de terror sobre hombres lobo habíamos escuchado, y aunque nos resultaba increíble que ahora fuéramos parte de una, no podía ser otra cosa. Y ese hombre lobo no podría ser otro que Gabino, eso explicaba su increíble resistencia.

Cada uno llevaba un cuchillo que tenía el mango hueco para que se lo pudiera transformar fácilmente en lanza. Como teníamos una forma de pensar muy parecida apenas dijimos unas palabras para coordinar nuestro plan defensivo. Rápidamente buscamos unas ramas derechas en un árbol que estaba cerca. Tomar esa acción resultó atemorizante y emocionante a la vez. Volvimos al fuego y armamos rápido las lanzas. Por el lado del cerro no podría sorprendernos pero sí podría venir por cualquiera de las costas arboladas que teníamos a los lados, pero por suerte entre el fuego y sus sombras había varios metros que podrían darnos tiempo a reaccionar. Cada uno vigilaba hacia un lado sin descuidar la falda del cerro. 

La noche fue pasando lentamente. Iluminábamos los árboles con las linternas y escuchábamos atentamente. Después de no sé cuánto rato vigilando de pie nos sentamos de espalda al fuego. Si quedábamos parados toda la noche nuestra reacción iba a ser más lenta si aquello nos atacaba. ¿Pero realmente nos iba a atacar? Comenzaba a dudar de eso cuando de pronto vi aquella cabeza. 

Estaba seguro de que nada había venido por mi lado porque no había escuchado ni el más mínimo ruido. Supongo que su andar fue muy furtivo y muy lento. Había asomado la cabeza entre unas ramas, a unos metros de nosotros, y me miraba con un brillo siniestro en los ojos. Parecía una mezcla horrorosa de un cerdo y un perro, y a la vez tenía algo humano. Se me erizó la piel cuando vi que el monstruo sonreía, si es que aquello era una sonrisa. No pude gritar ni me levanté; pero vi, por la mirada del monstruo, que Néstor sí se había movido. Mi amigo me había preguntado si escuchaba algo justo cuando vi al monstruo. No lo escuché por el terror que me dominaba. Entonces él giró, vio lo que yo veía y reaccionó. Con la fuerza que le dio el terror mismo, arrojó la lanza y la suerte hizo que el tiro fuera certero. Tal vez la criatura se distrajo un poco asustándome con su mirada y por eso no pudo reaccionar a tiempo. El cuchillo en la punta de la lanza le dio en un costado de la horrible cara y quedó un momento clavado allí. 

Entonces reaccioné, me levanté y di un paso hacia aquello apuntando la lanza. Néstor a su vez había tomado de la fogata un palo que tenía la punta encendida. La criatura sacudió la cabeza, se deshizo de la lanza y escapó ruidosamente alejándose por la sombra de los árboles. 

Fue el peor momento de mi vida. El resto de la noche nos pareció eterno. Cuando por fin comenzó a amanecer sentimos que ya no corríamos peligro. Regresamos a la estancia desandando el recorrido que hicimos de noche. El encargado del lugar nos salió al cruce, sorprendido y a la vez con cara de desconfianza:

—Muchachos, ¿por qué regresaron tan pronto? —nos preguntó, mirándonos con evidente recelo—. Sé que Gabino tuvo que abandonarlos, por la herida que se hizo en la cara, ¡que herida fea!, pero él me aseguró que los dejó en la orilla del río y que estaban bien. ¿Hubo algún problema? Porque, la verdad, la explicación de Gabino no me convenció mucho. Y hace un rato uno de los peones fue a ver cómo estaba, y descubrió que ya no se hallaba aquí y que se había llevado todas sus cosas. ¿Tuvieron acaso algún problema con él, una pelea? 
—Nosotros no —le dije—. Nos venimos porque se veía que no iba a haber pique, y ya queremos regresar a nuestra casa.

No podíamos decir la verdad porque nadie nos creería. Era más fácil pensar que nos habíamos molestado con él y que lo habíamos lastimado.   

10 comentarios:

  1. Buenísimo cuento tocayo,Gabino haciendo de las suyas,me gusta ese personaje siniestro,pense que moriría con el ataque de cuchillo(mi arma favorita jeje) pero creo que sigue para mas cuentos.Me gusta el enfoque bien criollo del hombre lobo( luison o lobison aquí) me gusto..saludos..W

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    1. Gracias willy. Este personaje no es mío, es del maestro de maestros Horacio Quiroga. Aparece en el genial cuento corto "El Lobisón", y yo he hecho algunos cuentos con él como una forma muy personal de homenajear a Quiroga. En la historia del maestro este personaje se convierte en chancho, en cerdo, y puede entenderse, aunque no queda aclarado del todo, que lo matan. Pero como quedan dudas yo lo reviví en mis cuentos ¡Jaja! Y a estos míos los hago bien criollos sí, porque esa es otra cosa que me gusta de esa historia, y es que pasa en Uruguay, más precisamente en Salto, que tiene muchos campos en común con Tacuarembó. Saludos!!

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    2. Si lei ese cuento del maestro Quiroga,es uno de mis favoritos y ahora que decis recuerdo a Gabino,se convirtio en el dia de su boda..saludos

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    3. Exactamente. Yo creo que el chancho que aparece al principio del cuento es Gabino buscando vengarse; porque como dice el personaje que narra lo que pasó en Salto, ese chancho no gritó en ningún momento al pelearse con los perros, y eso sería algo más que raro. Claro que podría ser otro lobisome y no Gabino, o era un raro chancho casero mudo ¡Jaja! Como sea el cuento del maestro es una genialidad. Saludos!!

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  2. excelente muy divertido y atrapanto

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    1. Muchas gracias. Es un cuento de típico terror rural, que tanto me gusta. Saludos!!

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  3. Otra obra de arte. Valio la pena tanta espera. Jorge un saludo desde Isla Mujeres

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    1. Gracias Francisco. Isla Mujeres, interesante nombre, me imagino una isla de amazonas o algo así ¡Jaja! Aquí por el blog no andan muchas, creo, pero sí hay muchos cuentos. Me gusta la imagen de tu perfil, Gokú bebé. Ese es el verdadero salvado del mundo ¡Jaja! Saludos!!

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  4. Me vino a la mente directo Quiroga, te salio excelente! Muy muy bueno señor Jorge!

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    1. Muchas gracias, Armin. El peón es el personaje de Quiroga. También, hace unos años, hice lo que podría ser la continuación de "Las Moscas". En mi historia un tipo hallaba el lugar donde murió el personaje de Quiroga y encontraba sus restos, y al final este no terminaba del todo disuelto en ese paisaje. Pero no recuerdo dónde publiqué ese cuento, de hecho no recuerdo si lo publiqué ¡Jaja! Igual era solo un pequeño homenaje. Saludos!!

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