¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Nadie En Casa

La noche era muy clara y el lugar muy desolado cuando los pies de Bernardo lo llevaron hasta aquel camino. Desde la mañana hasta el ocaso los días se sucedían terriblemente calurosos, por eso él prefería viajar de noche. Era una sombra en los caminos, un motivo para que los perros de las viviendas rurales ladraran largo rato, y en algunos trayectos era una silueta atravesando el campo o trepando alambrados. Cargaba un bolso en la espalda que no se quitaba en los cortos descansos que hacía para que no le pareciera cada vez más pesado. Había avanzado un largo trecho extraviado en sus pensamientos. Volvió a concentrarse en el momento cuando reconoció una parte del camino. La luna iluminaba todo y se podía ver a lo lejos. Había cruzado por campos interminables llenos de soledad, pero ahora más adelante había varias viviendas.


Pensó que los perros podrían ser un problema por allí; mas se fue acercando sin escuchar ningún ladrido ni ver movimiento alguno. Un par de casas una al lado de la otra en un costado del camino, otra casi enfrente, la siguiente como a cien metros, y así iban apareciendo pequeños grupos de viviendas. Al pasar frente a las primeras supo que se hallaban abandonadas. Faltaban las puertas y los vidrios de las ventanas, y los pastos habían crecido desmesuradamente recostados en las paredes. Las siguientes estaban en la misma situación. Calculó que aquello era otro resultado de la crisis económica que a él lo tenía vagando por los caminos, o trabando aquí y allá por míseros sueldos. Lo seguro era que el lugar estaba vacío, mudo y misterioso. Las edificaciones humanas abandonadas en zonas remotas siempre resultan inquietantes. Tanto silencio se siente raro en un lugar así, y hasta el mínimo ruido provoca un sobresalto. El miedo que empezó a sentir Bernardo le sirvió para apurar el paso. 

Cuando cruzaba al lado de una de las últimas construcciones, notó que en un costado crecía bien alto un pequeño maizal. La luz lunar no dejaba ver el verde de las plantas, pero sí mostraba bien que aún tenían maíz. Bernardo se detuvo a observar bien la fachada. Como las otras, sin la puerta ni las ventanas, solo aberturas rectangulares dando a un interior negro. Pero en esta el pasto estaba bastante corto. Creyó que tal vez esa había sido la última en ser abandonada, y que por eso el pequeño maizal aún no competía con las malezas. Las plantas eran altas y llenas de mazorcas. Si él no aprovechaba algunas solo iban a ser alimento de loros y gusanos.  No quiso entrar por el portón, porque supuso que este iba a rechinar largamente y eso sería desagradable. Saltó el alambre que estaba entre la propiedad y el camino y fue hacia el maíz. Recién estiraba la mano para tantear una mazorca cuando detrás de él sonó una voz de pesadilla:

—¿Con permiso de quién entraste aquí? 

Aquellas palabras sonaron sin entrecortarse y eran bastante claras, pero la voz sonaba tan distinta a cualquier voz humana, con un tono y una aspereza tan anormal, que Bernardo ni por un instante la asoció a una persona. Se movió con rapidez, sin voltear y completamente tomado por el terror. Dio unas zancadas y cuando estaba por saltar el alambre, tuvo la impresión de que algo zumbaba hacia él. Notó un golpe en el cuello, y le pareció que el tiempo empezó a pasar muy lentamente. Sintió que salía disparado hacia arriba y que giraba varias veces pero sin su cuerpo. Atisbó fugazmente a una guadaña que pasaba volando, y en una de las vueltas que dio al bajar vio que un espantapájaros horripilante ya avanzaba hacia él. Cuando el espantapájaros lo levantó de los pelos, escuchó que ahora se extendía por todo el caserío abandonado un tropel de carcajadas espeluznantes. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?