Oscuridad sobre oscuridad era aquella noche, cielo nublado y silencio aplastante. En aquella zona despoblada la oscuridad persiguió largamente a una camioneta que la desafiaba con sus luces. Era un vehículo policial y en él viajaban los oficiales Hernán y Óscar. Recorrían un camino rural que no era más que una huella entre dos alambrados e iban callados porque el silencio de la noche era contagioso. De pronto las luces del la camioneta alcanzaron a un hombre que caminaba por el costado del camino en el mismo sentido que iban ellos.
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| "La Peste" cuento de terror. |
—¿Y este quién diablos será? —preguntó Óscar.
—Vamos a ver. Volteó hacia nosotros. No dejó de mirarnos enseguida, así que no debe ser un delincuente. Igual ahora va a aprender a tenerle miedo a la policía —dijo Hernán y frenó el vehículo al lado del tipo.
Bajaron pero no lo encararon juntos, Óscar fue por atrás para ubicarse en un lado donde el sujeto no pudiera verlos a los dos. Las luces del vehículo iluminaban aquella escena y los tres tenían unas sombras larguísimas que se perdían en el campo que se hallaba más allá del alambrado. El tipo, que parecía ser joven y tenía un aspecto que no resaltaba en nada, los miró con cierta sonrisa y saludó:
—Buenas noches, oficiales.
—¿Usted qué anda haciendo aquí? —le preguntó Hernán con tono prepotente y sin saludar.
—Nada, solo camino hacia allá —respondió el tipo con una voz tranquila.
—¿Dónde es hacia allá? Rumbo a ahí no hay nada.
—Hay una ruta.
—Pero está muy lejos de acá —intervino Óscar.
—Si está tan lejos pueden llevarme entonces —comentó entonces el sujeto. Las sombras de los policías se movieron inquietas.
—Así que te crees muy gracioso —lo sentenció Hernán, y avanzó un paso con el cuerpo medio echado para atrás y las manos en el cinturón, la derecha cerca del revólver.
—No, solo dije que podían llevarme si quieren.
—A la comisaría te vamos a llevar, por chistoso. A ver, ¿qué llevas en ese bolso? Dámelo.
El tipo lo llevaba colgado en el hombro. Era un bolso hecho a mano con tela de jean. Cuando el oficial lo tomó lo hizo por la parte de abajo y lo volteó tirando todo lo que había en él.
—¡Uh! Se cayeron las cosas ¡Jajaja! —se burló Hernán—. ¿Cómo te llamas? Nombre y apellido.
—Andronikos Patsatzoglou.
—¿Qué, nos estás tomando el pelo?
—No, ese es mi nombre —afirmó el tipo con un tono firme pero sereno mientras juntaba sus cosas y las ponía en el bolso.
—¿Y de dónde diablos eres?
—Nací en la antigua Grecia.
—Ah, un griego, sí, sé que por ahí tienen esos nombres raros. Mira, los productores de por estas zonas no quieren a vagabundos rondando cerca de sus animales.
—¿Por qué? Un hombre a pie no puede robar una vaca? —preguntó Andronikos tras levantar el último objeto.
—¿Por qué? ¿Escuchaste eso, Óscar? El señor acá quiere saber por qué. Te lo voy a responder. ¡Porque quieren y pueden! Nosotros nunca vimos a un cuatrero, pero hemos ahuyentado de los campos a cantidad de gente. ¿Por qué? Porque los productores nos pagan para eso, y nuestros jefes lo saben. ¿No te gusta eso? ¡Jódete! Así es la vida. Y aunque nunca hayas lastimado una vaca en tu vida igual te vamos a correr de aquí.
—Pero en mi caso no soy inocente. Me alimento de vacas aunque sin matarlas, solo las desangro un poco, después se apestan y mueren en grandes cantidades —les confesó Andronikos sonriendo ampliamente—. Además a lo largo de mi existencia he matado a miles de personas. Y oficiales, créanme que en todo este tiempo he aprendido mucho de la anatomía humana, y por molestarme ustedes van a sufrir como pocas personas han sufrido en la historia de la humanidad ¡Jajaja!
Los oficiales se miraron y después intentaron sacar sus armas, pero el vampiro era tan rápido que en un instante los dos quedaron boquiabiertos y mirando sus manos vacías. Y apenas intentaron huir hacia el vehículo les dio un golpe que los noqueó. Despertaron atados a un poste de alambrado y allí comenzó su martirio. Como no volvieron a la comisaría otros policías salieron a buscarlos y hallaron el vehículo cuando ya había amanecido.
El primer oficial que vio sus restos era un joven y se desmayó casi en el acto. Los más acostumbrados a ver cosas horribles desviaron sus miradas y después se pusieron a vomitar. También los forenses que examinaron los restos se horrorizaron porque comprendieron lo mucho que habían sufrido aquellos dos. Y un tiempo después una plaga mortal azoló toda aquella región liquidando a casi todo el ganado, además desaparecieron muchas personas.
