lunes, 16 de febrero de 2026

El sirviente

 - … Que no los asustan ni un poco los cuentos de terror -les dije a mis dos invitados. Estábamos en la sala de mi casa. 

- A mí no. Yo la paso mirando películas de terror, por eso los cuentos no me producen nada -dijo uno de ellos. 

- Y a mí menos. Daniel, tal vez si fuéramos niños… Pero no me entiendas mal, la historia era buena y narras bien, con pausas y todo -aclaró el otro.

- Está bien… que no se asustan, bien, vamos a ver. Esto que les voy a contar ahora es real, es algo que me pasó, y son los primeros en escucharlo -y busqué la hoja donde lo tenía escrito. 

“El cura de la iglesia fue a mi casa a pedirme un favor, cosa que me sorprendió.  Sin salir de mi sorpresa pero disimulándola muy bien, enseguida acepté. Me dejó con unos datos y una dirección escrita en un papel, y en otro, en un papel que parecía cartón, algo escrito en latín.   El favor consistía en que fuera a reparar el vidrio roto de una ventana. De quién era la casa no me dijo, solo que era de una familia que por el momento no podía pagarle a alguien. 

Aquello me pareció extraño, sobre todo porque hacía muchos años que no iba a la iglesia. Supuse que no debía tener a nadie más con mis conocimientos. 

Un par de horas después fui a la vivienda mencionada. El cura me había pedido que fuera al otro día por la mañana o temprano de la tarde, pero consideré mejor repararla antes de la noche, aunque ya no me quedaba mucho tiempo. Tenía las medidas del vidrio, y un pedido bastante raro en el papel donde también estaba la dirección.

La casa se hallaba bastante apartada de la calle, y solo pude ver una parte de ella asomando tras un tupido jardín descuidado. Según el cura allí no había nadie, solo debía empujar el portón y pasar. Por las dudas igual golpee las manos. Nadie respondió. 

“El jardín estaba ensombrecido. En sus buenos tiempos tal vez aquel jardín fue hermoso, pero en ese atardecer lucía como un bosque embrujado, y al atravesarlo me pareció que oscurecía más rápido allí.

Llevaba envuelto cuidadosamente en diarios el vidrio que debía poner en la ventana, y siguiendo las instrucciones del cura le había pegado el papel acartonado. 

Inevitablemente pensé que debía tratarse de gente muy religiosa, y también muy supersticiosa. Sin dudas lo escrito en el cartón era una especie de protección. Tal vez si viviera en un lugar con un jardín así yo también haría lo mismo.   Además de lo rápido que oscurecía allí, el sendero que atravesaba el jardín era mucho más largo de lo que supuse.  

Todavía faltaba para llegar a la casa cuando se me escapó el vidrio de las manos, lo dejé caer, un susto repentino me petrificó. Entre la maraña oscurecida de las plantas apareció una cara blanca, casi sin rasgos, y me miraba sonriente, pero aquello era una sonrisa terrible. No sé cuánto rato demoré en darme cuenta que veía a una estatua de yeso. Suspiré hondo y sentí mi corazón golpeando fuerte contra mi pecho.  

El vidrio no resistió la caída, se hizo pedazos. ¿Qué hacer entonces? Creí que por lo menos debía ver la ventana, al otro día traería un nuevo vidrio.  Aquel favor ya me estaba saliendo caro. 

La ventana era baja y daba a la calle. Era de suponer que fue rota de una pedrada. Solo algunos vidrios puntiagudos sobresalían del marco. Lo que había adentro era un misterio, porque estaba todo oscuro. Cuando giré para irme, me llamaron por mi nombre desde adentro. No creo que sean muchos los humanos que han escuchado una voz así, tan terrorífica, tratar de describirla sería inútil, pero diré que era susurrante, llena de malicia, y sentí que sonaba tanto en la casa como en mi cabeza: 

- ¡Daniel… Daniel! 

- ¿Quién es? -pregunté, volteando con rapidez. 

- Soy el que te vio arrojar a tu amigo por una barranca. Sonreíste al verlo todo torcido allá abajo. ¿Recuerdas lo que sentiste en el hombro? Fue mi mano. 

“Y en ese momento recordé, o me hizo ver, a mi amigo muerto en el fondo de una barranca, y cuando sentí un peso en el hombro, era una mano renegrida y enorme con garras la que se posaba en él. 

Pero todavía no terminaba el terror. Por la ventana asomó un ser pesadillesco, algo como un jabalí deforme y sin pelos, y el grito que emitió fue espantoso. Luego se retrajo hacia la oscuridad. Entonces huí con todas mis fuerzas.  Al desandar el sendero la estatua apareció detrás de mí y me persiguió largo trecho mientras arañaba el aire con manotazos. En ese momento enloquecí, y ahora soy un sirviente del Diablo.  

"En la casa habían realizado un exorcismo, y se hallaba desabitada y a cargo de la iglesia porque el mal no se había retirado de ella. Los que conocían la historia no se atrevían a ir, por eso el cura me lo pidió a mí”. 

- ¿Y, qué les pareció? -les pregunté.

- Este sí me asustó -reconoció uno de mis invitados.

- A mí también. Pero, Daniel, un amigo tuyo murió en una barranca, ¿no?

- Así es. Les dije que realmente me pasó. Ahora soy un sirviente del Diablo. 

Y tras decir eso me levanté, cerré la puerta con llave, la guardé en mi bolsillo y voltee muy serio hacia ellos.  Me miraron con los ojos muy grandes, y los vi palidecer. 

Después de unos segundos empecé a reírme, y ellos parecieron librarse de un gran peso, y rieron también. 

- Nos convenciste por un rato ¡Jaja! 

- Buena esa, pusiste una mirada fatal, ¡pufff…! Que susto. 

- Vieron como si se puede asustar con cuentos. 

Me despedí de ellos y los dejé ir. La voz me dijo que aún no les llegaba la hora. 

Video-cuentos

 Hola. Aquí dejo dos cuentos, uno sobre un misterio tecnológico, un cuento de ciencia ficción, y uno de terror. Gracias. Saludos. 





miércoles, 4 de febrero de 2026

La Peste

 Oscuridad sobre oscuridad era aquella noche, cielo nublado y silencio aplastante. En aquella zona despoblada la oscuridad persiguió largamente a una camioneta que la desafiaba con sus luces. Era un vehículo policial y en él viajaban los oficiales Hernán y Óscar. Recorrían un camino rural que no era más que una huella entre dos alambrados e iban callados porque el silencio  de la noche era contagioso. De pronto las luces del la camioneta alcanzaron a un hombre que caminaba por el costado del camino en el mismo sentido que iban ellos.

"La Peste" cuento de terror. 


—¿Y este quién diablos será? —preguntó Óscar.

—Vamos a ver. Volteó hacia nosotros. No dejó de mirarnos enseguida, así que no debe ser un delincuente. Igual ahora va a aprender a tenerle miedo a la policía —dijo Hernán y frenó el vehículo al lado del tipo. 

Bajaron pero no lo encararon juntos, Óscar fue por atrás para ubicarse en un lado donde el sujeto no pudiera verlos a los dos. Las luces del vehículo iluminaban aquella escena y los tres tenían unas sombras larguísimas que se perdían en el campo que se hallaba más allá del alambrado. El tipo, que parecía ser joven y tenía un aspecto que no resaltaba en nada, los miró con cierta sonrisa y saludó:

—Buenas noches, oficiales.

—¿Usted qué anda haciendo aquí? —le preguntó Hernán con tono prepotente y sin saludar.

—Nada, solo camino hacia allá —respondió el tipo con una voz tranquila.

—¿Dónde es hacia allá? Rumbo a ahí no hay nada.

—Hay una ruta.

—Pero está muy lejos de acá —intervino Óscar.

—Si está tan lejos pueden llevarme entonces —comentó entonces el sujeto. Las sombras de los policías se movieron inquietas.

—Así que te crees muy gracioso —lo sentenció Hernán, y avanzó un paso con el cuerpo medio echado para atrás y las manos en el cinturón, la derecha cerca del revólver. 

—No, solo dije que podían llevarme si quieren.

—A la comisaría te vamos a llevar, por chistoso. A ver, ¿qué llevas en ese bolso? Dámelo.

El tipo lo llevaba colgado en el hombro. Era un bolso hecho a mano con tela de jean. Cuando el oficial lo tomó lo hizo por la parte de abajo y lo volteó tirando todo lo que había en él.

—¡Uh! Se cayeron las cosas ¡Jajaja! —se burló Hernán—. ¿Cómo te llamas? Nombre y apellido. 

—Andronikos Patsatzoglou.

—¿Qué, nos estás tomando el pelo?

—No, ese es mi nombre —afirmó el tipo con un tono firme pero sereno mientras juntaba sus cosas y las ponía en el bolso.

—¿Y de dónde diablos eres?

—Nací en la antigua Grecia.

—Ah, un griego, sí, sé que por ahí tienen esos nombres raros. Mira, los productores de por estas zonas no quieren a vagabundos rondando cerca de sus animales.

—¿Por qué? Un hombre a pie no puede robar una vaca? —preguntó Andronikos tras levantar el último objeto.

—¿Por qué? ¿Escuchaste eso, Óscar? El señor acá quiere saber por qué. Te lo voy a responder. ¡Porque quieren y pueden! Nosotros nunca vimos a un cuatrero, pero hemos ahuyentado de los campos a cantidad de gente. ¿Por qué? Porque los productores nos pagan para eso, y nuestros jefes lo saben. ¿No te gusta eso? ¡Jódete! Así es la vida. Y aunque nunca hayas lastimado una vaca en tu vida igual te vamos a correr de aquí. 

—Pero en mi caso no soy inocente. Me alimento de vacas aunque sin matarlas, solo las desangro un poco, después se apestan y mueren en grandes cantidades —les confesó Andronikos sonriendo ampliamente—. Además a lo largo de mi existencia he matado a miles de personas. Y oficiales, créanme que en todo este tiempo he aprendido mucho de la anatomía humana, y por molestarme ustedes van a sufrir como pocas personas han sufrido en la historia de la humanidad ¡Jajaja! 

Los oficiales se miraron y después intentaron sacar sus armas, pero el vampiro era tan rápido que en un instante los dos quedaron boquiabiertos y mirando sus manos vacías. Y apenas intentaron huir hacia el vehículo les dio un golpe que los noqueó. Despertaron atados a un poste de alambrado y allí comenzó su martirio. Como no volvieron a la comisaría otros policías salieron a buscarlos y hallaron el vehículo cuando ya había amanecido. 

El primer oficial que vio sus restos era un joven y se desmayó casi en el acto. Los más acostumbrados a ver cosas horribles desviaron sus miradas y después se pusieron a vomitar. También los forenses que examinaron los restos se horrorizaron porque comprendieron lo mucho que habían sufrido aquellos dos. Y un tiempo después una plaga mortal azoló toda aquella región liquidando a casi todo el ganado, además desaparecieron muchas personas. 

lunes, 26 de enero de 2026

Terror exterior

 El día de los muchachos avanzaba como cualquier otro, aunque una suerte terrible los acechaba.  

Los hermanos Alejandro y Marcelo, acostados sobre el pasto, observaban las curiosas formas de las nubes que se iban amontonando en el cielo. Marcelo creyó ver algo en una nube particularmente oscura. Cuando abrió la boca para decir algo, la forma ya se había diluido en la cambiante nube. Ambos notaron que se estaba formando una tormenta, pero no se preocuparon porque su casa no estaba muy lejos, y no parecía que fuera a llover inmediatamente.

 A unos metros de ellos corría un arroyo, ahora oscurecido por la sombra del monte de la otra ribera. Los muchachos habían nadado en él, y ahora, tendidos sobre el pasto, disfrutaban de la brisa perfumada por el monte que pasaba por momentos sobre ellos. Pero contrastando con la calma de esa ribera, arriba las nubes pasaban acarreando sombras que se iban acumulando en el monte cercano. Y el campo, por momentos estaba inmóvil, para de pronto sacudirse con mil rumores. 

De repente los hermanos se levantaron a medias, quedando apoyados en sus codos, y recorrieron los alrededores con la mirada. Ahora habían sentido muy fuerte la sensación de ser observados. Entonces estalló algo como un relámpago, y de un momento al otro, la pradera, el arroyo y el monte, eran todo lo que había allí.

Marcelo despertó en una oscuridad horrible. Sentía que tenía los ojos abiertos pero no veía absolutamente nada. Intentó gritar pero no pudo. Recordaba todo hasta el momento donde presintieron que los observaban, pero no sabía qué pasó después, y por qué se encontraba ahora en esa oscuridad. Empezó a usar sus otros sentidos. Estaba acostado sobre algo frío y liso. No podía mover los pies ni las manos. El aire era raro, le recordó enseguida al olor a desinfectantes que hay en los hospitales. Pero era diferente, eran olores nuevos, y eso le causó una inquietud mayor. No se encontraba en un hospital.

 Escuchó con atención, entonces empezó a crecer el terror. Eran sonidos sutiles que lo rodeaban ¿Pero qué eran esos sonidos?

Primero imaginó que eran dispositivos dejando escapar o liberando algo de aire. Después se le erizó la piel al pensar que eran respiraciones, y se horrorizó más al concluir que no eran humanas. Parecían salir de fosas nasales muy grandes. En ese momento imaginó a seres con dos enormes orificios goteantes en la cara, y otra versión con una especie de trompa fofa y temblorosa. Esto lo asustó tanto que se estremeció, y eso desató una serie de sonidos horribles y repugnantes, que claramente eran carcajadas. Obviamente lo estaban observando. No veía por algo que tenía en los ojos, no porque estuviera oscuro.

Sintió entonces un nuevo nivel de terror, uno que nunca había experimentado. Los seres que lo retenían allí se fueron alejando, todavía entre algunas carcajadas horribles, hasta que todos desaparecieron. En esa situación de máximo terror, cada segundo le parecía una eternidad. 

Volvieron los sonidos. Una de las respiraciones horribles, un muy leve chirrido, como de ruedas, y enseguida notó otra respiración, y esta parecía humana. El ser que Marcelo no quería imaginar, pero inevitablemente lo hacía, se alejó hasta que no se lo escuchó más. Los segundos seguían interminables por causa del miedo. Cualquier ruido lo hubiera hecho estremecerse, y este nuevo lo hizo, aunque era una voz familiar.

-¿Quién está ahí? -preguntó la voz de Alejandro, su hermano. Marcelo creyó que no podría responder, mas ahora sí pudo hablar.

-Soy yo, Marcelo.

-Marcelo, hermanito. Ojalá no te hayan hecho lo mismo que a mí. 

-¿Qué...qué te hicieron?-preguntó Marcelo lagrimeando.

-No sé bien, pero me siento muy liviano, muy liviano, como vacío. 

Al escuchar eso, Marcelo experimentó unas nauseas terribles, y aunque era un sentimiento confuso, agradeció no poder ver. Pero en ese momento una criatura, un extraterrestre que estaba viendo todo, sonrió horriblemente, tocó algo en una extraña consola, Y Marcelo recuperó la vista. volteó hacia su hermano y empezó a gritar enloquecido de terror. La nave extraterrestre donde estaban cautivos se movió entre las nubes, se elevó y enseguida se perdió en el cielo. 

Terror Exterior. cuento de terror de extraterrestres.