miércoles, 4 de febrero de 2026

La Peste

 Oscuridad sobre oscuridad era aquella noche, cielo nublado y silencio aplastante. En aquella zona despoblada la oscuridad persiguió largamente a una camioneta que la desafiaba con sus luces. Era un vehículo policial y en él viajaban los oficiales Hernán y Óscar. Recorrían un camino rural que no era más que una huella entre dos alambrados e iban callados porque el silencio  de la noche era contagioso. De pronto las luces del la camioneta alcanzaron a un hombre que caminaba por el costado del camino en el mismo sentido que iban ellos.

"La Peste" cuento de terror. 


—¿Y este quién diablos será? —preguntó Óscar.

—Vamos a ver. Volteó hacia nosotros. No dejó de mirarnos enseguida, así que no debe ser un delincuente. Igual ahora va a aprender a tenerle miedo a la policía —dijo Hernán y frenó el vehículo al lado del tipo. 

Bajaron pero no lo encararon juntos, Óscar fue por atrás para ubicarse en un lado donde el sujeto no pudiera verlos a los dos. Las luces del vehículo iluminaban aquella escena y los tres tenían unas sombras larguísimas que se perdían en el campo que se hallaba más allá del alambrado. El tipo, que parecía ser joven y tenía un aspecto que no resaltaba en nada, los miró con cierta sonrisa y saludó:

—Buenas noches, oficiales.

—¿Usted qué anda haciendo aquí? —le preguntó Hernán con tono prepotente y sin saludar.

—Nada, solo camino hacia allá —respondió el tipo con una voz tranquila.

—¿Dónde es hacia allá? Rumbo a ahí no hay nada.

—Hay una ruta.

—Pero está muy lejos de acá —intervino Óscar.

—Si está tan lejos pueden llevarme entonces —comentó entonces el sujeto. Las sombras de los policías se movieron inquietas.

—Así que te crees muy gracioso —lo sentenció Hernán, y avanzó un paso con el cuerpo medio echado para atrás y las manos en el cinturón, la derecha cerca del revólver. 

—No, solo dije que podían llevarme si quieren.

—A la comisaría te vamos a llevar, por chistoso. A ver, ¿qué llevas en ese bolso? Dámelo.

El tipo lo llevaba colgado en el hombro. Era un bolso hecho a mano con tela de jean. Cuando el oficial lo tomó lo hizo por la parte de abajo y lo volteó tirando todo lo que había en él.

—¡Uh! Se cayeron las cosas ¡Jajaja! —se burló Hernán—. ¿Cómo te llamas? Nombre y apellido. 

—Andronikos Patsatzoglou.

—¿Qué, nos estás tomando el pelo?

—No, ese es mi nombre —afirmó el tipo con un tono firme pero sereno mientras juntaba sus cosas y las ponía en el bolso.

—¿Y de dónde diablos eres?

—Nací en la antigua Grecia.

—Ah, un griego, sí, sé que por ahí tienen esos nombres raros. Mira, los productores de por estas zonas no quieren a vagabundos rondando cerca de sus animales.

—¿Por qué? Un hombre a pie no puede robar una vaca? —preguntó Andronikos tras levantar el último objeto.

—¿Por qué? ¿Escuchaste eso, Óscar? El señor acá quiere saber por qué. Te lo voy a responder. ¡Porque quieren y pueden! Nosotros nunca vimos a un cuatrero, pero hemos ahuyentado de los campos a cantidad de gente. ¿Por qué? Porque los productores nos pagan para eso, y nuestros jefes lo saben. ¿No te gusta eso? ¡Jódete! Así es la vida. Y aunque nunca hayas lastimado una vaca en tu vida igual te vamos a correr de aquí. 

—Pero en mi caso no soy inocente. Me alimento de vacas aunque sin matarlas, solo las desangro un poco, después se apestan y mueren en grandes cantidades —les confesó Andronikos sonriendo ampliamente—. Además a lo largo de mi existencia he matado a miles de personas. Y oficiales, créanme que en todo este tiempo he aprendido mucho de la anatomía humana, y por molestarme ustedes van a sufrir como pocas personas han sufrido en la historia de la humanidad ¡Jajaja! 

Los oficiales se miraron y después intentaron sacar sus armas, pero el vampiro era tan rápido que en un instante los dos quedaron boquiabiertos y mirando sus manos vacías. Y apenas intentaron huir hacia el vehículo les dio un golpe que los noqueó. Despertaron atados a un poste de alambrado y allí comenzó su martirio. Como no volvieron a la comisaría otros policías salieron a buscarlos y hallaron el vehículo cuando ya había amanecido. 

El primer oficial que vio sus restos era un joven y se desmayó casi en el acto. Los más acostumbrados a ver cosas horribles desviaron sus miradas y después se pusieron a vomitar. También los forenses que examinaron los restos se horrorizaron porque comprendieron lo mucho que habían sufrido aquellos dos. Y un tiempo después una plaga mortal azoló toda aquella región liquidando a casi todo el ganado, además desaparecieron muchas personas. 

lunes, 26 de enero de 2026

Terror exterior

 El día de los muchachos avanzaba como cualquier otro, aunque una suerte terrible los acechaba.  

Los hermanos Alejandro y Marcelo, acostados sobre el pasto, observaban las curiosas formas de las nubes que se iban amontonando en el cielo. Marcelo creyó ver algo en una nube particularmente oscura. Cuando abrió la boca para decir algo, la forma ya se había diluido en la cambiante nube. Ambos notaron que se estaba formando una tormenta, pero no se preocuparon porque su casa no estaba muy lejos, y no parecía que fuera a llover inmediatamente.

 A unos metros de ellos corría un arroyo, ahora oscurecido por la sombra del monte de la otra ribera. Los muchachos habían nadado en él, y ahora, tendidos sobre el pasto, disfrutaban de la brisa perfumada por el monte que pasaba por momentos sobre ellos. Pero contrastando con la calma de esa ribera, arriba las nubes pasaban acarreando sombras que se iban acumulando en el monte cercano. Y el campo, por momentos estaba inmóvil, para de pronto sacudirse con mil rumores. 

De repente los hermanos se levantaron a medias, quedando apoyados en sus codos, y recorrieron los alrededores con la mirada. Ahora habían sentido muy fuerte la sensación de ser observados. Entonces estalló algo como un relámpago, y de un momento al otro, la pradera, el arroyo y el monte, eran todo lo que había allí.

Marcelo despertó en una oscuridad horrible. Sentía que tenía los ojos abiertos pero no veía absolutamente nada. Intentó gritar pero no pudo. Recordaba todo hasta el momento donde presintieron que los observaban, pero no sabía qué pasó después, y por qué se encontraba ahora en esa oscuridad. Empezó a usar sus otros sentidos. Estaba acostado sobre algo frío y liso. No podía mover los pies ni las manos. El aire era raro, le recordó enseguida al olor a desinfectantes que hay en los hospitales. Pero era diferente, eran olores nuevos, y eso le causó una inquietud mayor. No se encontraba en un hospital.

 Escuchó con atención, entonces empezó a crecer el terror. Eran sonidos sutiles que lo rodeaban ¿Pero qué eran esos sonidos?

Primero imaginó que eran dispositivos dejando escapar o liberando algo de aire. Después se le erizó la piel al pensar que eran respiraciones, y se horrorizó más al concluir que no eran humanas. Parecían salir de fosas nasales muy grandes. En ese momento imaginó a seres con dos enormes orificios goteantes en la cara, y otra versión con una especie de trompa fofa y temblorosa. Esto lo asustó tanto que se estremeció, y eso desató una serie de sonidos horribles y repugnantes, que claramente eran carcajadas. Obviamente lo estaban observando. No veía por algo que tenía en los ojos, no porque estuviera oscuro.

Sintió entonces un nuevo nivel de terror, uno que nunca había experimentado. Los seres que lo retenían allí se fueron alejando, todavía entre algunas carcajadas horribles, hasta que todos desaparecieron. En esa situación de máximo terror, cada segundo le parecía una eternidad. 

Volvieron los sonidos. Una de las respiraciones horribles, un muy leve chirrido, como de ruedas, y enseguida notó otra respiración, y esta parecía humana. El ser que Marcelo no quería imaginar, pero inevitablemente lo hacía, se alejó hasta que no se lo escuchó más. Los segundos seguían interminables por causa del miedo. Cualquier ruido lo hubiera hecho estremecerse, y este nuevo lo hizo, aunque era una voz familiar.

-¿Quién está ahí? -preguntó la voz de Alejandro, su hermano. Marcelo creyó que no podría responder, mas ahora sí pudo hablar.

-Soy yo, Marcelo.

-Marcelo, hermanito. Ojalá no te hayan hecho lo mismo que a mí. 

-¿Qué...qué te hicieron?-preguntó Marcelo lagrimeando.

-No sé bien, pero me siento muy liviano, muy liviano, como vacío. 

Al escuchar eso, Marcelo experimentó unas nauseas terribles, y aunque era un sentimiento confuso, agradeció no poder ver. Pero en ese momento una criatura, un extraterrestre que estaba viendo todo, sonrió horriblemente, tocó algo en una extraña consola, Y Marcelo recuperó la vista. volteó hacia su hermano y empezó a gritar enloquecido de terror. La nave extraterrestre donde estaban cautivos se movió entre las nubes, se elevó y enseguida se perdió en el cielo. 

Terror Exterior. cuento de terror de extraterrestres.


domingo, 25 de enero de 2026

Nubes raras en el cielo.

 Hola. ¿Crees en OVNIS? Sin entrar en debates sobre si existen o no, sin dudas son un tema excelente para la ficción. Cuentos, novelas, películas, series... El tema extraterrestre da para mucho. Al terror le viene como añillo al dedo. Por lo tato no pueden faltar en este humilde blog, y es un tema que también voy a usar en Youtube, donde voy a subir algunos shorts y videos sobre esto. Tal vez también en alguna otra plataforma, o solo en otra plataforma, no lo decidí todavía. 

Como sea, aquí va un pequeño short, que es la presentación, el inicio de una historia más larga que subiré en algún lado próximamente, en estos días. Gracias por pasar por aquí. Saludos.



sábado, 24 de enero de 2026

En el matadero 2

 No pensaba liquidarlos esa noche, pero tuve que adelantar mis planes.  Por el momento los tres, Sergio, Silvia y Rosa, estaban aterrados, pero seguramente después vendrían las preguntas. La advertencia del fantasma primero les parecería sin sentido, después se darían cuenta, ¿Qué sabían de mí?, nada. Pero por supuesto, no podrían culparme de nada, mas cabos sueltos son cabos sueltos. 

Salimos del matadero en el vehículo y me detuve en el patio. Ellos insistieron en que siguiera, pero los convencí que no era seguro continuar con aquel clima, y que el fantasma no podría salir del matadero. 

Siempre fui un admirador del buen acero, y soy algo obsesivo al afilar, pero lo justifica lo mucho que facilita las tareas. 

Desde el asiento de atrás, Sergio y Silvia, si es que vieron el movimiento, habrán creído que le sequé una lágrima a Rosa (estaba llorando de miedo). Cuando se tomó el cuello y parecía ahogada preguntaron qué pasaba, y Silvia se asomó detrás de mí. Otro corte rápido y limpio. Esta vez Sergio se dio cuenta de lo que pasaba. Silvia cayó sobre él y empezó a teñirlo de rojo.  Sergio pudo atacarme por detrás, pero prefirió salir del auto y correr hacia la tormenta. Aquello iba a ser aburrido. 

Corrió unos metros y resbaló en el lodo, intentó levantarse y cayó de nuevo, mala suerte. Cuando volvió a pararse ya me encontraba encima de él. Mi navaja volvió a hacer estragos.  Aproveché la lluvia para que la hoja quedara limpia, y la vi brillar tras un relámpago. 

Lo arrastré hasta el auto y lo metí adentro. Cuando subí el piso estaba pegajoso. Rosa Y Silvia ya no se movían. Antes de marcharme miré hacia el matadero; el fantasma estaba en el umbral, mirándome. 

Esa noche confirmé mis sospechas sobre los fantasmas, cosa que no me gustó nada. Ya había tenido experiencias, pero creí que eran cosas de mi mente, tal vez de un rastro de consciencia que intentaba atormentarme. Mas ahora los otros también lo habían visto, y el fantasma hasta había hablado, toda una novedad para mí. Intuí que aquel ente sacaba energía de la tormenta.  

Desanduve el camino unos kilómetros, luego doblé hacia la derecha. La tormenta no aflojaba ni un poco. No demoré en toparme con otro puente sobrepasado por el agua. Nuevamente doblé hacia la derecha en otro camino. Si seguía así no iba a llegar a ninguna parte, todavía seguía en la zona. 

Mi disgusto fue grande cuando vi que ese camino también doblaba a la derecha. 

Me detuve un momento a pensar. La situación se iba complicando. Me arrepentí de haber parado al lado del matadero. Golpeé el volante con las dos manos, ya furioso, y cerré los ojos unos segundos. Los abrí en el momento del estallido de un rayo, y Rosa, que estaba a mi lado, sonreía con malicia mientras me miraba. Por el retrovisor vi que Silvia y Sergio También me miraban sonriendo.   No voy a mentir, se me erizaron los pelos de terror. Pero tras un instante volvieron a estar muertos. 

Continué con la esperanza de encontrar un camino que me sacara de la zona.  No mucho después las luces del auto enfocaron una construcción, y unos relámpagos aclararon qué era: de nuevo estaba frente al matadero. Era la parte trasera del edificio, y también tenía un portón enorme que estaba abierto, y allí estaba el fantasma. Su silueta blancuzca parecía temblar y hamacarse con rapidez.   

En ese momento sentí un escalofrío espantoso.  Tenía que irme de allí, tomar lo que pudiera de mis pasajeros y enfrentar la tormenta a pie, ya no podía seguir en aquel auto.  Pensaba en eso cuando sentí algo muy particular. ¿Aquello sería el filo de mi navaja, en mi cuello?  La sostenía la mano de Silvia, su fantasma.  Salí del auto agarrándome el cuello y caminé bajo la tormenta. Recuerdo rodear el edificio, salir al patio donde estacionara primero el auto, y que al llegar al camino me encandiló una luz, después fue todo una confusión de recuerdos a media entre sombras y cosas desdibujadas.   Desperté horas más tarde en un hospital. Irónicamente, la herida que casi me mató desvió la investigación, y pasé a ser otra víctima de un asesino que le describí vagamente a la policía, y se creyeron mi cuento. 

Esa noche fue tan particular que sentí la necesidad de contarla, y la narré en esta pequeña crónica. 

Una de las enfermeras que me atendía me sonríe mucho, y siempre me habla hasta que la llaman. Creo que voy a invitarla a un viaje, eso si sobrevivo al hospital, pues ahora que no estoy medicado he percibido que aquí está lleno de fantasmas. 

Ya casi es de noche, y el hospital empieza a quedar silencioso…