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jueves, 27 de noviembre de 2025

El Exorcista

 Leonardo se estremeció en su sillón. ¿Habían golpeado la ventana? Él había movido su asiento hasta enfrentarlo con la chimenea, y con las piernas estiradas hacia el reconfortante calor de las llamas estaba abocado a la lectura de una novela. Tras escuchar el ruido que sonó detrás de él, pues le estaba dando la espalda a la ventana de la sala, apartó la vista del libro y enderezó la cabeza. 

Aunque el ruido lo alarmó, sonrió después al pensar que solo era la tormenta que había azotado alguna rama del jardín contra el vidrio. Fuera se retorcía una tormenta atroz, con cortinas de agua cayendo de lado por el viento que rugía, bufaba o susurraba por todas partes.

Leonardo le había pedido expresamente a Martín, el veterano que desmalezaba el jardín a veces, que cortara las ramas del jazminero que se habían extendido hacia la ventana. Pensando en eso, desatendió el libro nuevamente. “Martín sí lo hizo”, recordó. “Entonces, si no fueron las ramas...”. Cuando pensaba en eso escuchó de nuevo unos golpecitos. 

Se alarmó bastante. Por los intervalos del golpeteó parecía el llamado de una persona, mas el sonido se escuchaba como si golpearan con algo mas duro que la mano, con... las uñas, tal vez. Cuando el sonido volvió a insistir, Leonardo se levantó bruscamente. Golpearon de nuevo. Ya no tuvo dudas, algo quería llamarle la atención. Se volvió lentamente. Casi se le escapó un grito pero pudo ahogarlo a tiempo; reconoció la cara que lo miraba sonriente detrás del vidrio. Era su tío Alberto, el Cura.

—¿Tío, qué hace ahí? —le preguntó, con la voz aflautada por el susto que había pasado.

—¡Golpeé en la puerta pero no atendías! —explicó el viejo, gritando para hacerse oír desde afuera y sobre el estruendo de la tormenta.

—¡Pero que barbaridad! ¡Venga por el frente! —corrió hacia la puerta.

Cuando la terminó de abrir el viejo ya estaba frente a ella. Llevaba puesta una capa impermeable negra por donde resbalaban innumerables hilos de agua, tenía la cabeza descubierta, y al estar empapada resaltaba mas la ya avanzada calvicie que mostraba. En una mano cargaba un bolso negro de cuero. Leonardo lo hizo pasar y lo ayudó a quitarse la capa.

—Pero tío, como se le ocurre salir con esta tormenta. En una noche como esta, un Cura como usted, con su edad, no puede andar paseando por ahí ¿Y si se agarra una pulmonía?

—¡Jajaja! Este tiempo no va a terminar con este viejo, no señor —bromeó Alberto.

Leonardo salió apresuradamente rumbo a la cocina con la capa chorreando por todo el piso. Cuando regresó vio que el viejo ya se había acomodado en el sillón que estaba frente al fuego.

—Tío, ¿quiere cambiarse de ropa o algo? No puede quedarse mojado, no es bueno.

—Estoy bien así. Si tengo alguna salpicadura en la ropa se me seca ahora frente al fuego.

—¿Le sirvo algo caliente, té, café?

—Un café bien cargado, sin azúcar. Gracias.

Apenas volteó para dirigirse hacia la cocina, Leonardo puso cara de extrañado. Le había ofrecido café por costumbre, pero no creía que este aceptara uno: solo lo había visto tomar té y siempre con azúcar. Quedó pensativo después. Volvió a la sala con el café para el viejo y un té para él. Arrimo otro sillón al fuego. El viejo enseguida se llevó la taza a la boca, bebió varios tragos y la apartó con un gesto de satisfacción, aunque inmediatamente tosió.

—Ya se me hacía raro que el café así le sentara bien, tío. No está acostumbrado, ¿por qué lo pidió?

—Pues... —tosió de nuevo—, uno tiene que acostumbrarse a cosas nuevas, y con este tiempo me pareció que me vendría bien un café bien fuerte. Tal vez con otro trago me pase esto.

—Las cosas que se le ocurren. Y dígame, ¿a qué debo el honor de su visita? —comentó un poco en broma Leonardo.

—¿Acaso tu viejo tío tiene que tener una razón específica para visitar a su sobrino preferido? —y volvió a toser.

—¡Jaja! Tómese otro trago, tío. Eso es. Después de todo es un buen bebedor de café. Le pregunté eso porque, usted es Cura ,y bueno, no pasea mucho que se diga, ¿no? ¿Anda en alguna misión para la Iglesia?

—No, solo me estoy tomando un merecido descanso y pensé en visitar a mi sobrino.

—¿Un descanso? Pero si usted solo trabaja los domingos ¡Jajaja!

—No te recordaba tan insolente —dijo el viejo, mirándolo muy serio; Leonardo se había echado hacia atrás al reír, por eso no notó esa mirada.

—Solo era una broma. Usted siempre tuvo buen humor, qué le pasa ahora?

—Nada, disculpa ¡Jeje!. Es por el motivo de mi descanso. Pasé por algo muy malo, donde salí vivo por poco. Por eso necesito un descanso.

—¿Cómo es eso? ¿Por qué cosa pasó? —le preguntó Leonardo, inclinándose hacia adelante en su asiento.

Fuera de la casa la tormenta enloquecía cada vez mas y el viento provocaba mas ruidos, y tironeaba de los árboles como queriendo arrancarlos todos.

—Pues yo... —lo atacó de nuevo la tos—. ¡Caramba! Que no se me calma. Yo realicé un exorcismo. Por suerte al final todo salió bien.

—¿Un exorcismo? ¡Vaya! Y cómo fue eso. —Leonardo bajó las cejas, interesado.

—No puedo contar los detalles, son muy aterradores y no quiero que mi viejo corazón vuelva a sufrir por las imágenes tan perturbadoras que se me presentaron durante el exorcismo.

—¡Vaya, que increíble! Había escuchado que usted los hacía, pero nunca me atreví a preguntarle. Tío, esa tos no puede ser algo bueno. ¿Se siente bien?

El viejo se había arqueado tosiendo, y cuando se enderezó tenía la cara muy pálida.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró el viejo— , pero creo que voy a tener que marcharme. Sabes, te visitaba también por una cosa. ¿Recuerdas aquella cajita de plata que dejé aquí?

—Claro que sí. ¿Se la va a llevar?

—Sí, se la quiero mostrar a un conocido que le gustan esas cosas antiguas.

—Ya se la traigo —afirmó Leonardo, levantándose.

—Sabes que, ponla en este bolso, y ciérralo bien, es por el agua. Es un objeto muy antiguo.

—Claro. Ya vuelvo.

La tormenta disparó varios rayos en ese momento y la casa tembló. Regresó con el bolso mas pesado, y con la capa impermeable en la otra mano. El viejo lo tomó al levantarse, y tosió mas feo todavía al ponerse la capa, por lo que tuvo que decir a media voz:

—Gracias... ya me marcho. Fuiste... fuiste de mucha ayuda y— enderezó hacia la puerta algo encorvado y con paso irregular.

—Siempre es un placer ayudar a mi tío, el Padre. Él siempre me corregía cuando le decía Cura, por eso me di cuenta. Supongo que la precaución del bolso es porque usted no puede tocar el objeto, ¿no es así? —confesó Leonardo al abrirle la puerta.

El viejo se volvió rápidamente al escuchar eso, pero recibió una patada que lo hizo caer afuera. Cuando se levantó tenía la cara irreconocible, y sus ojos destilaban una gran maldad.

—¡Vete de aquí, engendro! —le gritó Leonardo—. ¡Y no creas que vas a poder hacer algo contra mí! ¡Te dí una taza de agua bendita y te la tomaste toda! ¡Ah, y tampoco creas que te llevas lo que viniste a buscar, a no ser que fuera una tostadora vieja! ¡Ahora lárgate de aquí, demonio, y no vuelvas a pisar mas este terreno!

El demonio se agazapó como para atacar, pero en ese momento lo invadió una especie de convulsión, entonces huyó trastabillando hacia la oscuridad. Leonardo cerró la puerta, se persignó y dijo una oración en latín. Su tío el exorcista lo había preparado bien. Él había aceptado todas aquellas enseñanzas pero sin estar muy convencido, mas bien fue para complacer a su tío, que era una excelente persona, y que por su carácter era difícil decirle que no. Ahora sabía que realmente había demonios rondando en la Tierra, y que algunos buscaban la reliquia que él tenía en la casa.

Leonardo había mantenido la calma de una forma que ni él se hubiera creído capaz; pero tras despedir al demonio sintió ganas de sentarse y se llevó las manos a la cara. Había estado al lado de algún tipo de demonio. Respiró hondo y después se le escapó una exhalación algo entrecortada. “Ahora no es momento para ponerse nervioso”, pensó enseguida “Tengo que llamar al tío”.

El viejo se había acostado hacía rato pero aún no podía dormir. Cuando escuchó el teléfono estuvo seguro de que se trataba de algo malo. El teléfono estaba en la sacristía, y esta se encontraba pegada a su cuarto. La habitación se hallaba completamente oscura, aunque algunos relámpagos que se colaban por la ventana mostraban fugazmente una visión distorsionada de las cosas que había en ella . Alberto tanteó la pared buscando el interruptor.

—¿Hola?

—¿Tío Alberto?

—¿Leonardo? ¿Qué pasó, muchacho?

—Sí, soy yo. Tuve una visita indeseable que buscaba la caja que usted me dio. Y seguro ni se imagina a quién se asemejaba. A usted.

El viejo dio un paso hacia atrás al escuchar aquello.

—¿Te refieres a un...?

— Así es. Pero no se preocupe, estoy bien. Me las ingenié no sé cómo en el momento. Si lo pienso ahora... Como le digo, no sé cómo me desenvolví tan bien. Estoy seguro que ese ya no va a molestar mas.

—¡Gracias a Dios! Seguramente el Señor te dio fuerzas. ¿Pero cómo lo hiciste? Bueno, eso ahora no importa y... Sobrino, ¿ese estaba solo?

—Creo que sí. ¿Por qué me lo pregunta, andan de a dos? —Leonardo miró hacia todos lados.

—Me temo que muchas veces, sí. Voy a salir inmediatamente para allá. Ahora escúchame bien. ¿Recuerdas aquellas hojas que te dí, las que tienen oraciones escritas en arameo antiguo?

—Sí, ¿qué hago con ellas?

—Pégalas en las aberturas, en las puertas y en las ventanas, con el lado que tiene la oración hacia el exterior. Esas hojas contienen una energía protectora. ¡Hazlo ya! Voy para ahí.

—Bien.

Leonardo escuchó que cortaron. Al pensar que podría andar otro demonio por allí salió corriendo rumbo a su escritorio. Buscó apresuradamente entre todos los papeles que tenía.

—¿Dónde los puse? Estaba seguro que fue aquí —murmuró mientras apartaba papeles.

Sonrió al hallarlos y enseguida salió disparado hacia la puerta. Allí se dio cuenta que no tenía cómo pegar las hojas. Volvió corriendo al escritorio. Sabía que tenía goma de pegar pero no recordaba dónde. Sacó los cajones para revisar mejor. 

Encontró una cinta adhesiva. “Esto tiene que servir”. La tormenta ahora parecía que quería levantar el techo de la casa, lo que lo hizo mirar hacia arriba. Pensó que no podía dejar que la tormenta lo distrajera. Al atravesar apresuradamente la sala, creyó ver por el rabillo del ojo que alguien cruzó frente a la ventana. Quedó expectante un momento pero no vio mas nada. Decidió poner primero uno en la ventana. Colocó un trozo de cinta en cada esquina y comprobó que la hoja quedó firme. Después corrió las cortinas.

 Siguió con la puerta. En su apuro había aplastado la punta de la cinta en el rollo, y al querer pegar la hoja no la encontraba. Ahora creyó escuchar pasos al lado de la puerta, en un instante donde no había estallado ningún trueno. Ya desesperado, pudo sacar la punta de la cinta aunque casi se quebró una uña. Cuando estuvo listo corrió hacia la cocina. Siguió con las ventanas de los cuartos, y cuando colocó el papel en la última exhaló aliviado.

Si su tío le había dicho que las hojas iban a funcionar, así sería, y no estaba seguro de que otro demonio anduviera por allí, eso lo hizo recuperar la calma. De vuelta en la sala se quedó mirando el sillón donde se sentara aquella cosa. Nunca mas lo iba a usar. Lo apartó hacia un rincón empujándolo con el pie. A la taza la agarró con un pañuelo y la tiró en el tacho de la basura. Le daba asco pensar en la verdadera apariencia de aquella cosa.

Ya comenzaba a creer que su tío había salido a la tormenta para nada, cuando escuchó pasos en el techo. Parecía un animal grande, porque se apoyaba sobre cuatro extremidades. Pero él supo que aquello no era ningún animal; era otro demonio.

 Los pasos siguieron hasta cierto punto del techo y luego se detuvieron. “Va a entrar por la chimenea”, pensó Leonardo, alarmado. Sabía que una persona no podía bajar por allí, pero un demonio, seguramente sí. Lo primero que se le ocurrió fue echar mas leña, mas enseguida se dio cuenta que el fuego debía ser algo benigno para aquel ser. “El agua bendita”. Su tío siempre le llevaba frascos con agua bendita. Hasta esa noche había creído que aquella colección era inútil, y que mas inútil era tener agua bendita en varias partes de la casa; pero ahora corrió en busca de los frascos.

Los pasos en el techo enderezaron rumbo a la chimenea y se detuvieron allí. Leonardo se colocó detrás del sofá, con unos frascos casi rompiéndole los bolsillos y uno en cada mano. Esa estrategia no le gustó, necesitaba también tomar algo contundente. Tomó el atizador. Aguardó inmóvil en su improvisada trinchera. 

Se escucharon pasos alejándose de la chimenea. Sonaban cerca del borde de techo cuando unos rayos ocultaron el ruido con sus cañonazos. ¿Había bajado o seguía en el techo? Cada minuto le parecía larguísimo. Escuchaba mirando hacia arriba, miraba hacia la puerta, hacia la ventana, y no podía descuidar del todo la chimenea.

De pronto se apagó la luz. Ya fuera por la tormenta o porque el demonio desconectara los cables de afuera, sintió que en la oscuridad su situación se complicaba. Tomó el encendedor que tenía sobre la repisa y salió rumbo a su cuarto a buscar una linterna. Se reprochó por no prever eso. Con el atizador bajo el brazo, avanzó espantando sombras y luego buscó en su cuarto.

 Volvió a la sala con su nueva fuente de luz. Los fogonazos de los relámpagos atravesaban las cortinas y por un instante se combinaban con la luz inquieta que arrojaban los leños encendidos de la chimenea. En esos momentos Leonardo veía una versión distinta de su sala, pues los objetos parecían nuevos.

Por mas que escuchó atento ya no pudo distinguir pasos entre todo el rugir de la tormenta. ¿El demonio habría desistido? “Tal vez se fue, porque si no puede entrar por las puertas ni las ventanas... ¡La ventana del baño!” Se había olvidado de poner una papel en la ventana del baño. Salió apresuradamente hacia allí pero se detuvo por el camino, y como lo hizo tan bruscamente resbaló y cayó sentado. Un demonio ya avanzaba por el pasillo. La luz de la linterna solo le sirvió para que viera una imagen espantosa. 

El demonio parecía una persona horriblemente mutilada que ya empezaba a descomponerse. La criatura se agachó un poco y abrió los brazos, amenazante. Leonardo se arrastró por el suelo un tramo hasta que pudo levantarse. El frasco con agua bendita que tenía en la mano había rodado en el corredor después de que se le cayera, pero tenía otros en los bolsillos. Destapó uno y lo agitó hacia adelante, proyectando el líquido.

El efecto que el agua tuvo en el demonio fue similar al que el ácido sulfúrico tendría en un cuerpo humano. Pero a pesar de los surcos y huecos burbujeantes que el agua le ocasionó, el demonio continuó avanzando igual. Leonardo siguió aventándole agua mientras retrocedía. Ya estaba desesperado cuando sonaron unos golpes y unos gritos en la puerta:

—¡Leonardo, abre, soy tu tío!

Leonardo pensó que en cuando intentara abrir la puerta el demonio se le iba a abalanzar. Mas para su suerte, el ser pareció sentir mas el efecto del agua bendita, y retrocedió un par de pasos. Eso le dio la oportunidad de abrir la puerta.

Alberto entró justo cuando explotaron una seguidilla de rayos, y estos hicieron su entrada mas dramática, pues su sombra se agigantó en diferentes partes de la sala, mientras su figura se recortó en una luz blanca. El exorcista avanzó gritando unas oraciones y con un brazo adelantado que mostraba un libro. Sus palabras sonaban entre estruendo y estruendo y parecían tener casi el mismo poder. 

El demonio retrocedió inmediatamente. Se alejó dejando en su camino un líquido nauseabundo que emanaba de las heridas causadas por el poder del agua. El exorcista avanzó, y Leonardo fue tras él. El demonio se retiró por la misma ventana que usara para ingresar a la casa. Enseguida sellaron esa ventana con uno de los papeles. El viejo vino preparado. Sacó unas velas de un bolso y las encendió sobre la repisa de la chimenea.

—Tío, no sabe la alegría que me da verle –le expresó Leonardo.

—Y yo estoy alegre por llegar a tiempo. Nunca me hubiera perdonado si te pasaba algo.

—¡Esos demonios! Por un momento estuve seguro de que sería mi fin. ¿Será que este vuelve? —dudó Leonardo, y giró la cabeza hacia la ventana.

—No volverá, ya estaba muy mal. Te habías encargado muy bien de él.

—Pero si usted no llegaba ahora...

—Pero llegué. No hay que preocuparse por lo que no pasó. Ahora solo resta esperar que pase esta horrible tormenta.

Tío y sobrino quedaron expectantes, con sus sombras meciéndose en las paredes. Poco rato después la tormenta empezó a perder impulso y la calma se fue imponiendo de a poco. Hasta la luz eléctrica volvió cuando la tempestad pasó del todo. A Leonardo lo sorprendió eso, porque creía mas probable que el demonio hubiera arrancado los cables.

Ya comenzaba a amanecer cuando el viejo se levantó de su asiento, y se llevó una mano a la espalda, como si esta le doliera un poco:

—Bueno, sobrino, salimos de esta. Y te aseguro que no vas a tener mas problemas como este. Me voy a llevar la reliquia para que ya no vuelvan a molestarte. Te aseguro que, aunque te preparé, fue solo por precaución, no creía que estarías corriendo algún riesgo por tener eso aquí.

—Lo sé, pero, ¿está seguro que se la quiere llevar? ¿Dónde la va a dejar? Espero que no la guarde usted. Ya está viejo... Yo puedo esconderla en algún lado o algo, y prepararme mas.

—Viejo y todo, ya viste que todavía me desenvuelvo bien, ¿no?

—Claro, me salvó. Lo decía porque no quiero que ande preocupado pensando que van a ir a buscarla.

—Muchacho, mucho mas preocupado estaría si la dejo aquí –le aseguró Alberto, poniéndole una mano en el hombro—. Bien, será mejor que me marche ahora. Pon la reliquia en ese bolso.

—Está bien. Ya vuelvo.

Cuando Leonardo regresó con la maleta, el viejo ya estaba en el patio, contemplando su alrededor. Se tocaba la espalda, medio arqueado hacia adelante.

—¿Está bien, tío? Si quiere déjela aquí por un tiempo. —insistió Leonardo.

—Estoy cansado nada mas. Ya te dije, no estaría tranquilo si la dejo aquí ahora que se que es peligrosa porque la quieren.

—Está bien, aunque si cambia de opinión, no dude en traerla. No soy un exorcista como usted, pero ahora que lo pienso, me desenvolví bastante bien, ¿no? Hasta reconocí a un demonio a pesar de presentarse exactamente como usted.

El viejo tomó el bolso, giró y se alejó unos pasos sin contestarle. Cuando estaba atravesando el portón del terreno se volvió hacia Leonardo:

—Lo reconociste porque solo era un demonio —le dijo—. Si se tratara del mismo Diablo, a ese no lo reconocerías ¡Jajaja! —y se alejó dando grandes pasos.

No muy lejos de allí, en un costado del camino, había un auto volcado ruedas arriba.

lunes, 20 de octubre de 2025

Los Creyentes

 Hola. Este cuento viene bien para este mes de terror. Voy a ver si en Halloween subo algo especial, un video o algo, no lo decidí. Aquí el cuento. Gracias.


 Aquellas personas vinieron a terminar con mi paz. Y esa gente no lo sabía, pero algo muy oscuro estaba por caer sobre su comunidad.

Nunca fui muy creyente y, siendo sincero conmigo mismo, nunca me agradó ningún vecino. Por eso, cuando me enteré de que al lado de mi solitaria casa iba a funcionar un templo ambulante, la noticia me cayó como piedra. Y en ese entonces ni sospechaba lo que iba a ocurrir después: la experiencia más aterradora de mi vida.

Mi casa está muy cerca del límite de la ciudad, pero como el terreno está en medio de una arboleda y cruzando una ruta que en esa parte es muy elevada, se siente como si estuviera mucho más lejos porque desde allí no se ve la urbanización; por esa razón construí en ese lugar. Al lado de mi terreno hay otro muy amplio que estaba vacío, y en él levantaron la carpa que usaban como templo. ¡Justo ahí se tuvieron que instalar! Adiós a la paz que había disfrutado por dos años al no tener vecinos. 

Apenas la carpa estuvo levantada, el “pastor” y su mujer me hicieron una visita. El tipo caminaba adelante, con una biblia entre las manos y paso solemne. Al entrar al terreno, el confiado sujeto lo atravesó contemplando mi jardín, mostrando algo de asombro en la mirada, como maravillado por esa obra de Dios; la mujer iba atrás, moviéndose casi tan solemnemente como el tipo, pero con el mentón contra el pecho, mirando el suelo. Enseguida me pareció que aquello era un papel bien interpretado.

Sin dejarlos hablar mucho les dije que no me interesaba concurrir. Creo que no fui muy brusco al aclararles eso, pero por un instante el pastor me miró desafiante, así como miran los matones. Entonces la mujer se adelantó y lo tomó del brazo, él giró hacia ella, intercambiaron una mirada, y después se volvió apenas hacia mí; cuando ella volvió a tironear de su brazo, él se retiró lentamente y se fueron. Ahí supe que aquel tipo era un fraude, un rufián que hacía aquello solo para sacarle dinero a la gente. Solo era otro busca pleitos y ladronzuelo que encontró una oportunidad de vivir sin trabajar; un estafador. Intuí también que en aquel dúo la cabeza pensante era la mujer. Sin saberlo, esos dos estaban jugando con fuego.

Empezaban sus reuniones, o como les llamen, al atardecer. El rufián que hacía de pastor hablaba por micrófono, con un volumen muy alto, y cantaban, lanzaban aleluyas y agradecían al Señor a los gritos, haciendo sonar panderetas que acompañaban a un órgano; todo eso mientras yo permanecía en la cama sin poder dormir (me acuesto bien temprano porque soy muy madrugador). Y algunos días el pastor organizaba exorcismos. Los primeros me hacían reír, y acostado en mi cama escuchaba cómo el tipo “expulsaba al mal”. Después sus fieles se ponían a cantar como locos. Con el tiempo esos falsos exorcismos me aburrieron porque los que se creían poseídos carecían de una buena imaginación y todos repetían casi lo mismo.

Esas noches pasaron a ser un verdadero fastidio. Como ya he dicho, ese templo era ambulante, y a veces se retiraban hasta por un mes. Pero siempre volvían. En su último regreso, cuando algunos estaban levantando la carpa por la tarde, el tiempo empezó a desmejorar y el cielo se enlutó con enormes nubarrones amenazantes. Los árboles de mi propiedad se agitaban cada tanto, rumoreaban y se detenían de golpe en un silencio algo inquietante, para de pronto volver a sacudirse, temblar y conversar con mil voces susurrantes con el viento que pasaba silbando por la casa. Arriba pasaban y pasaban deformes nubarrones oscuros, mientras unas nubes más claras, delicadas y fugaces, se desvanecían o agrupaban al arremolinarse o estirarse.

Creí que ese mal tiempo, que la amenaza de lluvia iba a mantener a todos los fieles del pastor lejos de allí, pero con todo, empezaron a llegar igual al anochecer. Cuando la noche oscureció completamente el paisaje, empezó a soplar mucho viento, y después de estallar unos rayos que hicieron aparecer todo bajo una luz blanca, se desplomó desde el cielo un aguacero estruendoso. 

Pensé que era mejor así, porque gracias al ruido de la lluvia no iba a escuchar las tonterías de los de la carpa. Apenas cené, me acosté. La tormenta siguió con sus cañonazos y el aguacero por un buen rato. Pero de repente la lluvia se detuvo y paró también el viento. Fue como si la naturaleza hubiera quedado paralizada de un instante a otro. Entonces escuché que en la carpa estaban haciendo un exorcismo:

—¡Demonio, por el poder del Señor, te ordeno que dejes ese cuerpo! —gritó por el micrófono el pastor.

—¡Tú no tienes ningún poder sobre mí! —dijo entonces una voz horrenda.

—¡Engendro del mal, sal del cuerpo de esta muchacha! ¡Te lo ordeno!

—¡Te van a quemar una y otra vez en el infierno! —aseguró la voz horrenda, que en nada se parecía a la de una mujer, ni a la de nadie. Aquello ya me estaba inquietando.

—¡Demonio, yo!... ¿Qué estás haciendo? ¡Oh, Dios mío! —exclamó con la voz quebrada el pastor.

—¡Los gusanos del infierno se van a hacer un festín con ustedes por siempre! —gritó terriblemente la voz aterradora, que ahora sonaba como muchas voces.

Después el griterío fue general. Por la forma en que llegaban los sonidos, me imaginé que todos iban huyendo hacia la salida cuando algo les cortó el paso, y después los gritos se empezaron a dispersar por la carpa en desesperada carrera. Se escucharon gritos de terror, súplicas, y unos sonidos más difíciles de describir, que eran una mezcla de gruñidos reverberantes y cavernosos, con voces graves que decían algo en una lengua que seguramente no era ninguna conocida en la Tierra.

Aquellos ruidos extraños y los gritos se detuvieron súbitamente, todo quedó en silencio. Permanecí en mi cama, respirando apenas por el miedo y con el corazón desbocado sonando fuerte en mi pecho. ¿¡Qué había pasado allí!?

La respuesta era obvia pero no quería pensar en ella. Mi cuarto estaba sumido en una oscuridad absoluta y asfixiante. La tormenta estaba muda, mas se sentía que seguía allí, sobre toda aquella oscuridad y silencio. De pronto, sin que escuchara ni el más mínimo ruido yendo hacia mí, de un momento a otro supe que había algo a mi lado. Entonces sentí un aliento caliente en un costado de mi cara, y a continuación una voz tétrica me susurró al oído: “¿Quieres unirte a mis creyentes?”

No sé cómo no morí de terror en ese momento, o cómo mi cordura no escapó para siempre después de esa noche. Volví a tener consciencia cuando ya era de madrugada. Había salido la luna y por la ventana entraba bastante luz. Al acordarme me enderecé bruscamente y miré en derredor. Un escalofrío me recorrió la espalda, al pensar que me había desmayado cuando aquella cosa estaba allí. Cuando amaneció fui a ver qué había pasado con los de la carpa; esta ya no se encontraba en el terreno, la habían levantado y no había ni rastros de nadie. Y nunca más supe qué sucedió con ellos. Mi vida no volvió a ser la misma, abandoné el lugar y me mudé a la cuidad. Y las noches de tormenta tiemblo al recordar aquella voz, y tiemblo más al recordar mi respuesta.

jueves, 28 de agosto de 2025

Esto Pasó Jugando A Las Escondidas

           Aquí les presento un cuento de terror sobre un juego inocente, que rápidamente se volvió un misterio aterrador.

                                Jugando A Las Escondidas

            Nunca olvidaré esa fiesta, un cumpleaños, por la extraña situación en la que me vi envuelto. 

Tenía unos siete y ocho años, no recuerdo bien, cuando fui a esa fiesta con mis padres. El cumpleañero era una persona mayor, pero como la mayoría de los invitados tenían hijos pequeños, los niños los superábamos en número.

No era en un club, era en una casa, y aunque la sala era bastante grande, tantos niños correteando entre las mesas, haciendo peligrar botellas y vasos, al final fastidió a los mayores.

La dueña de la casa, con un tono y unos ademanes casi payasescos, nos invitó a todos los pequeños a ir a jugar a un patio interior que había en el fondo. Hasta allí llevaron unos bancos, y una mesa con refrescos y comida. Nos expulsaron, pero amablemente.

De a ratos aparecía un mayor a ver si estaba todo bien. A mí me daba lo mismo, mientras hubiera comida y refrescos.

El patio interior era grande, tenía varios árboles, un aljibe o pozo de agua, y sobre todo muchas plantas. La luz exterior era potente, pero por las plantas y árboles, muchas partes permanecían en las sombras. 

No sé a quién se le ocurrió jugar a las escondidas. Hacía rato que ningún mayor nos controlaba, e íbamos a hacer lo que quisiéramos. Un niño empezó a contar mientras se cubría los ojos y estaba vuelto hacia un muro. 

Nos desbandamos como pájaros, y en un momento el diverso grupo fue desapareciendo entre las sombras. 

Busque un lugar contra la casa, donde las sombras de un rosal prometían ser un buen escondite. Pero el lugar ya estaba ocupado. Una niña estaba agachada frente a una ventana muy baja y grande. Me iba a alejar, pero ella me llamó con la mano, y me hizo otra señal para que pasara por debajo del borde de la ventana. 

No entendí por qué quería eso, mas igual lo hice. Avancé agazapado y así llegué a su lado. Ella tenía puesto un vestido con un moño enorme en la espalda, a la altura de la cintura, era bastante más pequeña que yo, y la sombra del rosal no me dejaba ver bien su cara. 

Cuando estaba por preguntarle qué estaba haciendo, se llevó un dedo a los labios ordenándome que hiciera silencio y, a continuación, se fue levantando hasta que pudo espiar hacia adentro de la casa. Por curioso, hice lo mismo.

Las cortinas de la habitación que espiábamos estaban descorridas. Algo de la luz del patio nos dejaba ver una cama grande, una pequeña mesa de luz al lado de esta, y en el otro extremo un enorme ropero.

No entendía qué estábamos espiando. Le iba a susurrar algo a mi compañera, cuando un movimiento en la habitación hizo que me sobresaltara. Alguien muy pequeño iba saliendo de abajo de la cama, aparentemente un niño. Avanzó furtivamente hasta el ropero, abrió una de las puertas y se metió dentro. 

Aquello me resultaba tan raro, sobre todo por cómo se había movido el pequeño. Se había deslizado hasta el ropero. 

Seguía absorto mirando el oscuro ropero, cuando a mi lado gritaron, ¡encontrado! El susto fue tremendo, y también el grito que dejé escapar. Y justo en ese momento iba llegando uno de los mayores, una mujer.

¿Qué están haciendo ahí? —nos preguntó.

—Estamos jugando a las escondidas, y uno se escondió ahí adentro—le respondí.

—Mentira—intervino el que me encontró—todos estamos afuera.

—No soy mentiroso, ella también lo vio—objeté.

Mas, cuando me volví hacia mi reciente compinche para que ella me apoyara, ya no estaba allí. El que me descubrió volvió a decirme mentiroso, porque según él, a mi lado no había nadie. 

En vano busqué a la del vestido con un gran moño en la espalda, ninguna de las presentes vestía así. Y como ya adivinarán, revisaron aquella habitación, y dentro del gran ropero no había nadie. 

Cuento de terror. Jugando a las escondidas.