Aquí les presento un cuento de terror sobre un juego inocente, que rápidamente se volvió un misterio aterrador.
Jugando A Las Escondidas
Nunca olvidaré esa fiesta, un cumpleaños, por la extraña situación en la que me vi envuelto.
Tenía unos siete y ocho años, no recuerdo bien, cuando fui a esa fiesta con mis padres. El cumpleañero era una persona mayor, pero como la mayoría de los invitados tenían hijos pequeños, los niños los superábamos en número.
No era en un club, era en una casa, y aunque la sala era bastante grande, tantos niños correteando entre las mesas, haciendo peligrar botellas y vasos, al final fastidió a los mayores.
La dueña de la casa, con un tono y unos ademanes casi payasescos, nos invitó a todos los pequeños a ir a jugar a un patio interior que había en el fondo. Hasta allí llevaron unos bancos, y una mesa con refrescos y comida. Nos expulsaron, pero amablemente.
De a ratos aparecía un mayor a ver si estaba todo bien. A mí me daba lo mismo, mientras hubiera comida y refrescos.
El patio interior era grande, tenía varios árboles, un aljibe o pozo de agua, y sobre todo muchas plantas. La luz exterior era potente, pero por las plantas y árboles, muchas partes permanecían en las sombras.
No sé a quién se le ocurrió jugar a las escondidas. Hacía rato que ningún mayor nos controlaba, e íbamos a hacer lo que quisiéramos. Un niño empezó a contar mientras se cubría los ojos y estaba vuelto hacia un muro.
Nos desbandamos como pájaros, y en un momento el diverso grupo fue desapareciendo entre las sombras.
Busque un lugar contra la casa, donde las sombras de un rosal prometían ser un buen escondite. Pero el lugar ya estaba ocupado. Una niña estaba agachada frente a una ventana muy baja y grande. Me iba a alejar, pero ella me llamó con la mano, y me hizo otra señal para que pasara por debajo del borde de la ventana.
No entendí por qué quería eso, mas igual lo hice. Avancé agazapado y así llegué a su lado. Ella tenía puesto un vestido con un moño enorme en la espalda, a la altura de la cintura, era bastante más pequeña que yo, y la sombra del rosal no me dejaba ver bien su cara.
Cuando estaba por preguntarle qué estaba haciendo, se llevó un dedo a los labios ordenándome que hiciera silencio y, a continuación, se fue levantando hasta que pudo espiar hacia adentro de la casa. Por curioso, hice lo mismo.
Las cortinas de la habitación que espiábamos estaban descorridas. Algo de la luz del patio nos dejaba ver una cama grande, una pequeña mesa de luz al lado de esta, y en el otro extremo un enorme ropero.
No entendía qué estábamos espiando. Le iba a susurrar algo a mi compañera, cuando un movimiento en la habitación hizo que me sobresaltara. Alguien muy pequeño iba saliendo de abajo de la cama, aparentemente un niño. Avanzó furtivamente hasta el ropero, abrió una de las puertas y se metió dentro.
Aquello me resultaba tan raro, sobre todo por cómo se había movido el pequeño. Se había deslizado hasta el ropero.
Seguía absorto mirando el oscuro ropero, cuando a mi lado gritaron, ¡encontrado! El susto fue tremendo, y también el grito que dejé escapar. Y justo en ese momento iba llegando uno de los mayores, una mujer.
—¿Qué están haciendo ahí? —nos preguntó.
—Estamos jugando a las escondidas, y uno se escondió ahí adentro—le respondí.
—Mentira—intervino el que me encontró—todos estamos afuera.
—No soy mentiroso, ella también lo vio—objeté.
Mas, cuando me volví hacia mi reciente compinche para que ella me apoyara, ya no estaba allí. El que me descubrió volvió a decirme mentiroso, porque según él, a mi lado no había nadie.
En vano busqué a la del vestido con un gran moño en la espalda, ninguna de las presentes vestía así. Y como ya adivinarán, revisaron aquella habitación, y dentro del gran ropero no había nadie.
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Cuento de terror. Jugando a las escondidas. |
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