miércoles, 27 de agosto de 2025

Cuidado Con Estos Campamentos

 ¡Hola! Aquí tienes un cuento de terror sobre un campamento, uno muy particular. 

                                Acampando Entre Sombras

     Desperté de noche, en mi carpa. Me enderecé hasta quedar sentado mientras escuchaba. Aparentemente ya no me encontraba solo. Descorrí el cierre de la entrada y asomé la cabeza para escuchar mejor. Era, pensé, un campamento, a unos doscientos metros de donde me hallaba. 
Fuera el bosque estaba completamente oscuro. El lago que tenía frente a mí estaba invisible en la misma oscuridad. Solo había un pequeño y tembloroso circulo de luz, lo que quedaba de mi fogata. Agregué unas leñas más.

Los ruidos venían del lado derecho de la orilla. Parecía una pequeña fiesta. De día no había visto a nadie en toda la costa del lago, y al caer la noche aparentemente seguía solo. 
Tenían que haber llegado tarde, cuando ya me había acostado.

 Recorrí la orilla con mi imaginación. Conocía de memoria todo el lugar. No era una buena zona para acampar, y, ¿Cómo habían llegado hasta allí?
El camino (el único que llegaba al lago) se terminaba, o empezaba, si se quiere, bastante lejos de aquella orilla. Se podría llegar en moto, pero de noche, y entre tantos árboles, me resultaba difícil de creer.

 Además, no había escuchado ninguna moto ni vehículo alguno. Podrían andar a pie, pero, cruzar el bosque en esas condiciones, un lugar que incluso de día es complicado. Mas allí estaban, aparentemente de gran fiesta. Se filtraban entre los árboles los brillos de una gran fogata. 

Volví a la carpa, pero no la cerré, y quedé escuchando. 
Ahora los sonidos venían más claros. Mis sentidos estaban aguzados. Las voces parecían ser de mujeres, más exactamente, de ancianas, sobre todo por las carcajadas que lanzaban. Eso no tenía sentido.

 ¿Ancianas, que habían llegado hasta el lugar a pie?
De pronto todo quedó en silencio. Agucé más el oído. Capté de nuevo algunos ruidos. Avanzaban lento y cautelosamente hacia mi campamento. Apartaban algunas ramas, se detenían un instante, pero siempre avanzando hacia mí. Algunos ruidos me impresionaron más, porque sonaban entre las ramas altas.

 Eso hizo que me imaginara a unas viejas muy altas y delgadas, abriéndose camino con brazos finos como ramas y manos enormes. Entonces algo, instinto, o alguna ayuda benevolente, me hizo entender que aquello no era algo natural, que no eran personas, no personas normales.

Cuando salgo a acampar siempre llevo una pequeña biblia. Iluminándola con la linterna empecé a rezar. Creo que nunca lo hice con tanta seriedad. Los pasos furtivos se detuvieron. Escuché algunos rezongos, cuchicheos, y algunos gruñidos aterradores. Pero yo seguí, y confié que el rezo me iba a ayudar. 
Entonces sentí que la atmósfera cambió. Ahora afuera solo estaba la noche. 

El amanecer, el más hermoso que he visto, llegó con fuerza. Esperé que el sol subiera más y fui a investigar. Sin dudas, un grupo había estado allí. La fogata todavía humeaba. El piso estaba lleno de huellas, como si hubieran girado en torno a la fogata. Pero no eran huellas humanas, eran huellas de pezuñas, como de cabras, pero más grandes. 
Acampando entre sombras. Cuento de terror.


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