domingo, 25 de enero de 2026

Nubes raras en el cielo.

 Hola. ¿Crees en OVNIS? Sin entrar en debates sobre si existen o no, sin dudas son un tema excelente para la ficción. Cuentos, novelas, películas, series... El tema extraterrestre da para mucho. Al terror le viene como añillo al dedo. Por lo tato no pueden faltar en este humilde blog, y es un tema que también voy a usar en Youtube, donde voy a subir algunos shorts y videos sobre esto. Tal vez también en alguna otra plataforma, o solo en otra plataforma, no lo decidí todavía. 

Como sea, aquí va un pequeño short, que es la presentación, el inicio de una historia más larga que subiré en algún lado próximamente, en estos días. Gracias por pasar por aquí. Saludos.



sábado, 24 de enero de 2026

En el matadero 2

 No pensaba liquidarlos esa noche, pero tuve que adelantar mis planes.  Por el momento los tres, Sergio, Silvia y Rosa, estaban aterrados, pero seguramente después vendrían las preguntas. La advertencia del fantasma primero les parecería sin sentido, después se darían cuenta, ¿Qué sabían de mí?, nada. Pero por supuesto, no podrían culparme de nada, mas cabos sueltos son cabos sueltos. 

Salimos del matadero en el vehículo y me detuve en el patio. Ellos insistieron en que siguiera, pero los convencí que no era seguro continuar con aquel clima, y que el fantasma no podría salir del matadero. 

Siempre fui un admirador del buen acero, y soy algo obsesivo al afilar, pero lo justifica lo mucho que facilita las tareas. 

Desde el asiento de atrás, Sergio y Silvia, si es que vieron el movimiento, habrán creído que le sequé una lágrima a Rosa (estaba llorando de miedo). Cuando se tomó el cuello y parecía ahogada preguntaron qué pasaba, y Silvia se asomó detrás de mí. Otro corte rápido y limpio. Esta vez Sergio se dio cuenta de lo que pasaba. Silvia cayó sobre él y empezó a teñirlo de rojo.  Sergio pudo atacarme por detrás, pero prefirió salir del auto y correr hacia la tormenta. Aquello iba a ser aburrido. 

Corrió unos metros y resbaló en el lodo, intentó levantarse y cayó de nuevo, mala suerte. Cuando volvió a pararse ya me encontraba encima de él. Mi navaja volvió a hacer estragos.  Aproveché la lluvia para que la hoja quedara limpia, y la vi brillar tras un relámpago. 

Lo arrastré hasta el auto y lo metí adentro. Cuando subí el piso estaba pegajoso. Rosa Y Silvia ya no se movían. Antes de marcharme miré hacia el matadero; el fantasma estaba en el umbral, mirándome. 

Esa noche confirmé mis sospechas sobre los fantasmas, cosa que no me gustó nada. Ya había tenido experiencias, pero creí que eran cosas de mi mente, tal vez de un rastro de consciencia que intentaba atormentarme. Mas ahora los otros también lo habían visto, y el fantasma hasta había hablado, toda una novedad para mí. Intuí que aquel ente sacaba energía de la tormenta.  

Desanduve el camino unos kilómetros, luego doblé hacia la derecha. La tormenta no aflojaba ni un poco. No demoré en toparme con otro puente sobrepasado por el agua. Nuevamente doblé hacia la derecha en otro camino. Si seguía así no iba a llegar a ninguna parte, todavía seguía en la zona. 

Mi disgusto fue grande cuando vi que ese camino también doblaba a la derecha. 

Me detuve un momento a pensar. La situación se iba complicando. Me arrepentí de haber parado al lado del matadero. Golpeé el volante con las dos manos, ya furioso, y cerré los ojos unos segundos. Los abrí en el momento del estallido de un rayo, y Rosa, que estaba a mi lado, sonreía con malicia mientras me miraba. Por el retrovisor vi que Silvia y Sergio También me miraban sonriendo.   No voy a mentir, se me erizaron los pelos de terror. Pero tras un instante volvieron a estar muertos. 

Continué con la esperanza de encontrar un camino que me sacara de la zona.  No mucho después las luces del auto enfocaron una construcción, y unos relámpagos aclararon qué era: de nuevo estaba frente al matadero. Era la parte trasera del edificio, y también tenía un portón enorme que estaba abierto, y allí estaba el fantasma. Su silueta blancuzca parecía temblar y hamacarse con rapidez.   

En ese momento sentí un escalofrío espantoso.  Tenía que irme de allí, tomar lo que pudiera de mis pasajeros y enfrentar la tormenta a pie, ya no podía seguir en aquel auto.  Pensaba en eso cuando sentí algo muy particular. ¿Aquello sería el filo de mi navaja, en mi cuello?  La sostenía la mano de Silvia, su fantasma.  Salí del auto agarrándome el cuello y caminé bajo la tormenta. Recuerdo rodear el edificio, salir al patio donde estacionara primero el auto, y que al llegar al camino me encandiló una luz, después fue todo una confusión de recuerdos a media entre sombras y cosas desdibujadas.   Desperté horas más tarde en un hospital. Irónicamente, la herida que casi me mató desvió la investigación, y pasé a ser otra víctima de un asesino que le describí vagamente a la policía, y se creyeron mi cuento. 

Esa noche fue tan particular que sentí la necesidad de contarla, y la narré en esta pequeña crónica. 

Una de las enfermeras que me atendía me sonríe mucho, y siempre me habla hasta que la llaman. Creo que voy a invitarla a un viaje, eso si sobrevivo al hospital, pues ahora que no estoy medicado he percibido que aquí está lleno de fantasmas. 

Ya casi es de noche, y el hospital empieza a quedar silencioso…


jueves, 22 de enero de 2026

En el matadero 1

 Un rayo convirtió la noche en día al darle a un árbol, y gran parte del árbol estalló. Vimos aquello desde el auto, y el estremecimiento y el susto fueron grandes.  El vehículo era viejo y el piso no estaba bien aislado; si caía un rayo sobre nosotros sería nuestro fin. 

Éramos cuatro los que viajábamos: Sergio, Silvia, Rosa y yo. La tormenta era infernal, y la actividad eléctrica ensordecedora, pues caían rayos aquí y allá.   Yo iba condiciendo. Resbalaba tanta agua por el parabrisas que a duras penas veía el camino.  Las luces de la tormenta anunciaban los estallidos de los rayos, pero igual uno se estremecía. 

Al llegar a un tramo que reconocí a pesar de la confusión que provocaba la tormenta, apareció de pronto en un costado del camino una fachada enorme llena de ojos cuadrados y con una enorme boca: era el viejo matadero, un frigorífico abandonado. 

Yo luchaba por ver qué había adelante. Me pareció distinguir una correntada y frené de golpe, y todos se fueron hacia adelante bruscamente, y enseguida Rosa me reprochó: 

-¿Qué fue eso? Casi me doy de cara contra el tablero. 

-Disculpa, pero tuve que frenar. Mira lo que hay ahí.

Donde debía estar un puente solo había una correntada turbulenta, y no se veían ni las barandas. El arroyo había desbordado. 

-¿Y ahora qué hacemos? -me preguntó Sergio. 

-Lo primero es salir de aquí, porque dentro de un rato el agua va a llegar a donde estamos. 

-¿Será? -dudó Silvia -que ahora miraba la correntada casi asomándose por sobre mi hombro. 

-Sí, he visto muchas crecientes -le contesté-, y con todo lo que está lloviendo ahora… 

Retrocedí unos metros y doblé. El camino era muy angosto, y no quería parar allí. El lugar más próximo que había era el patio del matadero. Al detenerme en el patio Rosa preguntó: 

-¿Vamos a quedarnos aquí hasta cuando? 

-Supongo que toda la noche. Volver a la ciudad con este tiempo es muy peligroso, y quién sabe si no se cortó otro tramo más adelante. Lo que queda es tratar de dormir. ¿A alguien se le ocurre algo mejor? 

- ¿Y si metemos el vehículo ahí? Eso está abandonado, ¿no? -propuso Silvia. 

En ese momento pensé que hubiera sido mejor que no me lo preguntaran. No quería entrar al matadero, pero la tormenta eléctrica era muy intensa, y en aquel vehículo…

Hice un semicírculo en el patio y entramos por la enorme boca del matadero, un portón que ahora permanecía siempre abierto.   El edificio estaba completamente desmantelado, y ya no había ventanas ni puertas, solo huecos cuadrados.  Las luces del vehículo descubrieron un lugar muy amplio, vacío, sucio.  En la vastedad del lugar había unas columnas que se elevaban hasta unas vigas que atravesaban el ancho del lugar, eso mostraron los relámpagos que entraban por las altas aberturas, y mi mente me hacía ver cómo fue el lugar en el pasado, porque lo conocía.  

-Este lugar da miedo -comentó Silvia-. ¿Y si lo recorremos? Puede ser emocionante.  

-Mejor nos quedamos dentro del auto. Seguro que hay cosas donde tropezar, debe estar goteando, el techo debe estar todo mal… No hay que salir -opiné, y esperé que fueran sensatos. 

- Vamos, puede ser divertido -dijo Sergio. 

- Voy también -se unió Rosa. Ahora yo tenía que acompañarlos. 

Tenía dos linternas en la guantera, salimos del vehículo y le di una a Sergio, y empezamos a avanzar. Los relámpagos seguían mostrando fugaces imágenes del lugar. 

-Es todo muy precario -les dije-. Quién sabe cuándo se va a venir algo abajo. Mejor volvamos. 

-¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? -me preguntó Sergio, y alcancé a escuchar que Silvia ahogaba una risa. A Rosa la delató un relámpago, también le parecía gracioso. 

-Sergio, te lo voy a contestar otro día -le dije. 

-Amigo, no era para que te enojaras. 

-¿Enojarme? ¡Jajaja! No, para nada, no me conocen enojado. 

Creo que Rosa quiso cortar el asunto allí, y salió comentando una historia que conocía del lugar: 

-Dicen que aquí acabaron a un tipo, y que hicieron con él lo mismo que con las vacas.

-Habladurías -le dije-. Cuentos de terror que surgen de quién sabe que qué mentiroso. 

-No, esto pasó, porque mi madre lo escuchó en la radio. Raúl, Tú tienes bastante edad, ¿No recuerdas nada del asunto? -me interrogó Rosa. 

-Como que me estás llamando de viejo. Eso que dice tuyo, ¿eh? Porque sales conmigo ¡Jaja! No, no recuerdo nada. 

Por suerte dejó de preguntar y seguimos. Pasamos frente a una de las viejas cámaras. Sergio la iluminó y vimos que estaba vacía, pero cuando desvió el haz de luz hacia otro lado, de la oscuridad de la cámara surgió una especie de ronquido, una respiración de fuelle, y reconocí el sonido que emite un degollado, y una silueta blancuzca avanzó hacia nosotros extendiendo un brazo hacia adelante.  Y aquella respiración se convirtió en una voz, y dijo entre ronquidos: 

-¡Aléjense de él, no confíen en él! ¡Aaagggh! 

Apenas la voz calló las mujeres gritaron, creo que Sergio también. Después corrieron despavoridos hacia el vehículo, y yo iba atrás de ellos, maldiciendo en silencio al fantasma delator que casi arruinó mis planes. 

Continúa.   


miércoles, 21 de enero de 2026

Vamos al circo

 Estábamos festejando no sé qué, era confuso. Me encontraba sentado frente a uno de los extremos de una mesa grande. La mesa estaba rodeada de parientes, amigos y unos conocidos. Todos comían, bromeaban y reían. Era una situación agradable hasta que alguien puso la mano sobre mi hombro, y cuando lo miré, era un amigo que murió hace años.  Aquella presencia me sorprendió enormemente, y todos se echaron a reír al tiempo que me miraban. 

¿¡Qué estaba pasando!? ¿Cómo podía ser aquello…? Entonces repentinamente me di cuenta que soñaba: era una pesadilla. Después el muerto se alejó hacia una puerta, y al irse la dejó abierta, y por ella entraron unos payasos grotescamente deformados. Cada uno de los payasos monstruosos me miró con una sonrisa retorcida y malévola. El maquillaje blanco que tenían en la cara resaltaba unas arrugas profundas como tajos, y por pelucas tenían lo que parecían ser cabelleras ajenas. 

¡Que situación tan aterradora! Incluso ahora, al evocar el terror que sentí esa vez me siento muy mal.  De un momento a otro todos eran payasos monstruosos. Intenté levantarme pero no pude, la mesa me aprisionaba. Cuando todos empezaron a acercarse, supuse que la pesadilla estaba por terminar, porque no podían hacerme nada. Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir estaba en mi cama.  Entonces suspiré hondo, pero el alivio no duró mucho, pues vi algo por el rabillo del ojo, y cuando miré hacia la ventana, ésta se encontraba llena de payasos que me miraban desde afuera, y súbitamente las cabezas de otros salieron de abajo de la cama lanzando carcajadas cavernosas. Después de ese último susto me desperté en la realidad: la pesadilla había terminado.  

Llegó la mañana y seguía pensando en la pesadilla. ¿Por qué había soñado con payasos si no les tengo miedo? Especulaba sobre mi pesadilla cuando Roxana llegó de hacer las compras. Me mostró dos papeles que tenía en la mano y me dijo: 

-A que no adivinas qué son.

-No tengo ni la menor idea -le dije.

-Entradas para el circo. Llegaron ayer. ¡Que emoción, hace años que no voy a uno?

-Entradas para un circo… que sorpresa. Un circo… donde siempre hay payasos…

-¿Les tienes miedo? ¡Jaja!

-¿Miedo yo? 

-Lo dije en broma. Las entradas son para la función de la noche.

En ese momento sentí mucha curiosidad. ¿Sería una coincidencia absurda? Presentía que no lo era, pero de todas formas fuimos al circo. 

Ya dentro de la carpa, Roxana me sonreía y se pegaba a mí, pues yo no le soltaba la mano; no quería perderla entre el público: algo me decía que el lugar era peligroso.  

No demoré en ver el primer payaso.  Caminaba entre la pista y las gradas. No era tan grotesco como los de la pesadilla pero parecía ser alguien muy viejo. Tenía puesto los clásicos zapatos de payaso, un calzado extremadamente largo. Lo observé con tanta atención que noté que en la punta del zapato, que estaba algo rota, sobresalía una uña puntiaguda y negra. Ningún humano podría tener el pie tan largo. 

En ese mismo instante el payaso se volvió hacia mí y me miró fijo, como si se hubiera dado cuenta de que lo descubrí. Levantó el labio superior como si estuviera gruñendo y se fue caminando rápido. 

Después de eso no quería quedarme ni un minuto más allí. Le dije a Roxana que me sentía mal y nos fuimos. ¡Que situación! 

Esa noche no dormí, me mantuve vigilante, armado. Varias veces creí escuchar que rondaban la casa, pero no conseguir ver nada. Por suerte trabajo en mi casa y pudo dormir de día, aunque tuve que inventar excusas tontas. El circo se marchó a los cinco días. En ese tiempo desaparecieron de la ciudad tres personas; nunca se supo qué fue de ellas, aunque yo creo saberlo…