lunes, 16 de febrero de 2026

El sirviente

 - … Que no los asustan ni un poco los cuentos de terror -les dije a mis dos invitados. Estábamos en la sala de mi casa. 

- A mí no. Yo la paso mirando películas de terror, por eso los cuentos no me producen nada -dijo uno de ellos. 

- Y a mí menos. Daniel, tal vez si fuéramos niños… Pero no me entiendas mal, la historia era buena y narras bien, con pausas y todo -aclaró el otro.

- Está bien… que no se asustan, bien, vamos a ver. Esto que les voy a contar ahora es real, es algo que me pasó, y son los primeros en escucharlo -y busqué la hoja donde lo tenía escrito. 

“El cura de la iglesia fue a mi casa a pedirme un favor, cosa que me sorprendió.  Sin salir de mi sorpresa pero disimulándola muy bien, enseguida acepté. Me dejó con unos datos y una dirección escrita en un papel, y en otro, en un papel que parecía cartón, algo escrito en latín.   El favor consistía en que fuera a reparar el vidrio roto de una ventana. De quién era la casa no me dijo, solo que era de una familia que por el momento no podía pagarle a alguien. 

Aquello me pareció extraño, sobre todo porque hacía muchos años que no iba a la iglesia. Supuse que no debía tener a nadie más con mis conocimientos. 

Un par de horas después fui a la vivienda mencionada. El cura me había pedido que fuera al otro día por la mañana o temprano de la tarde, pero consideré mejor repararla antes de la noche, aunque ya no me quedaba mucho tiempo. Tenía las medidas del vidrio, y un pedido bastante raro en el papel donde también estaba la dirección.

La casa se hallaba bastante apartada de la calle, y solo pude ver una parte de ella asomando tras un tupido jardín descuidado. Según el cura allí no había nadie, solo debía empujar el portón y pasar. Por las dudas igual golpee las manos. Nadie respondió. 

“El jardín estaba ensombrecido. En sus buenos tiempos tal vez aquel jardín fue hermoso, pero en ese atardecer lucía como un bosque embrujado, y al atravesarlo me pareció que oscurecía más rápido allí.

Llevaba envuelto cuidadosamente en diarios el vidrio que debía poner en la ventana, y siguiendo las instrucciones del cura le había pegado el papel acartonado. 

Inevitablemente pensé que debía tratarse de gente muy religiosa, y también muy supersticiosa. Sin dudas lo escrito en el cartón era una especie de protección. Tal vez si viviera en un lugar con un jardín así yo también haría lo mismo.   Además de lo rápido que oscurecía allí, el sendero que atravesaba el jardín era mucho más largo de lo que supuse.  

Todavía faltaba para llegar a la casa cuando se me escapó el vidrio de las manos, lo dejé caer, un susto repentino me petrificó. Entre la maraña oscurecida de las plantas apareció una cara blanca, casi sin rasgos, y me miraba sonriente, pero aquello era una sonrisa terrible. No sé cuánto rato demoré en darme cuenta que veía a una estatua de yeso. Suspiré hondo y sentí mi corazón golpeando fuerte contra mi pecho.  

El vidrio no resistió la caída, se hizo pedazos. ¿Qué hacer entonces? Creí que por lo menos debía ver la ventana, al otro día traería un nuevo vidrio.  Aquel favor ya me estaba saliendo caro. 

La ventana era baja y daba a la calle. Era de suponer que fue rota de una pedrada. Solo algunos vidrios puntiagudos sobresalían del marco. Lo que había adentro era un misterio, porque estaba todo oscuro. Cuando giré para irme, me llamaron por mi nombre desde adentro. No creo que sean muchos los humanos que han escuchado una voz así, tan terrorífica, tratar de describirla sería inútil, pero diré que era susurrante, llena de malicia, y sentí que sonaba tanto en la casa como en mi cabeza: 

- ¡Daniel… Daniel! 

- ¿Quién es? -pregunté, volteando con rapidez. 

- Soy el que te vio arrojar a tu amigo por una barranca. Sonreíste al verlo todo torcido allá abajo. ¿Recuerdas lo que sentiste en el hombro? Fue mi mano. 

“Y en ese momento recordé, o me hizo ver, a mi amigo muerto en el fondo de una barranca, y cuando sentí un peso en el hombro, era una mano renegrida y enorme con garras la que se posaba en él. 

Pero todavía no terminaba el terror. Por la ventana asomó un ser pesadillesco, algo como un jabalí deforme y sin pelos, y el grito que emitió fue espantoso. Luego se retrajo hacia la oscuridad. Entonces huí con todas mis fuerzas.  Al desandar el sendero la estatua apareció detrás de mí y me persiguió largo trecho mientras arañaba el aire con manotazos. En ese momento enloquecí, y ahora soy un sirviente del Diablo.  

"En la casa habían realizado un exorcismo, y se hallaba desabitada y a cargo de la iglesia porque el mal no se había retirado de ella. Los que conocían la historia no se atrevían a ir, por eso el cura me lo pidió a mí”. 

- ¿Y, qué les pareció? -les pregunté.

- Este sí me asustó -reconoció uno de mis invitados.

- A mí también. Pero, Daniel, un amigo tuyo murió en una barranca, ¿no?

- Así es. Les dije que realmente me pasó. Ahora soy un sirviente del Diablo. 

Y tras decir eso me levanté, cerré la puerta con llave, la guardé en mi bolsillo y voltee muy serio hacia ellos.  Me miraron con los ojos muy grandes, y los vi palidecer. 

Después de unos segundos empecé a reírme, y ellos parecieron librarse de un gran peso, y rieron también. 

- Nos convenciste por un rato ¡Jaja! 

- Buena esa, pusiste una mirada fatal, ¡pufff…! Que susto. 

- Vieron como si se puede asustar con cuentos. 

Me despedí de ellos y los dejé ir. La voz me dijo que aún no les llegaba la hora. 

Video-cuentos

 Hola. Aquí dejo dos cuentos, uno sobre un misterio tecnológico, un cuento de ciencia ficción, y uno de terror. Gracias. Saludos. 





miércoles, 4 de febrero de 2026

La Peste

 Oscuridad sobre oscuridad era aquella noche, cielo nublado y silencio aplastante. En aquella zona despoblada la oscuridad persiguió largamente a una camioneta que la desafiaba con sus luces. Era un vehículo policial y en él viajaban los oficiales Hernán y Óscar. Recorrían un camino rural que no era más que una huella entre dos alambrados e iban callados porque el silencio  de la noche era contagioso. De pronto las luces del la camioneta alcanzaron a un hombre que caminaba por el costado del camino en el mismo sentido que iban ellos.

"La Peste" cuento de terror. 


—¿Y este quién diablos será? —preguntó Óscar.

—Vamos a ver. Volteó hacia nosotros. No dejó de mirarnos enseguida, así que no debe ser un delincuente. Igual ahora va a aprender a tenerle miedo a la policía —dijo Hernán y frenó el vehículo al lado del tipo. 

Bajaron pero no lo encararon juntos, Óscar fue por atrás para ubicarse en un lado donde el sujeto no pudiera verlos a los dos. Las luces del vehículo iluminaban aquella escena y los tres tenían unas sombras larguísimas que se perdían en el campo que se hallaba más allá del alambrado. El tipo, que parecía ser joven y tenía un aspecto que no resaltaba en nada, los miró con cierta sonrisa y saludó:

—Buenas noches, oficiales.

—¿Usted qué anda haciendo aquí? —le preguntó Hernán con tono prepotente y sin saludar.

—Nada, solo camino hacia allá —respondió el tipo con una voz tranquila.

—¿Dónde es hacia allá? Rumbo a ahí no hay nada.

—Hay una ruta.

—Pero está muy lejos de acá —intervino Óscar.

—Si está tan lejos pueden llevarme entonces —comentó entonces el sujeto. Las sombras de los policías se movieron inquietas.

—Así que te crees muy gracioso —lo sentenció Hernán, y avanzó un paso con el cuerpo medio echado para atrás y las manos en el cinturón, la derecha cerca del revólver. 

—No, solo dije que podían llevarme si quieren.

—A la comisaría te vamos a llevar, por chistoso. A ver, ¿qué llevas en ese bolso? Dámelo.

El tipo lo llevaba colgado en el hombro. Era un bolso hecho a mano con tela de jean. Cuando el oficial lo tomó lo hizo por la parte de abajo y lo volteó tirando todo lo que había en él.

—¡Uh! Se cayeron las cosas ¡Jajaja! —se burló Hernán—. ¿Cómo te llamas? Nombre y apellido. 

—Andronikos Patsatzoglou.

—¿Qué, nos estás tomando el pelo?

—No, ese es mi nombre —afirmó el tipo con un tono firme pero sereno mientras juntaba sus cosas y las ponía en el bolso.

—¿Y de dónde diablos eres?

—Nací en la antigua Grecia.

—Ah, un griego, sí, sé que por ahí tienen esos nombres raros. Mira, los productores de por estas zonas no quieren a vagabundos rondando cerca de sus animales.

—¿Por qué? Un hombre a pie no puede robar una vaca? —preguntó Andronikos tras levantar el último objeto.

—¿Por qué? ¿Escuchaste eso, Óscar? El señor acá quiere saber por qué. Te lo voy a responder. ¡Porque quieren y pueden! Nosotros nunca vimos a un cuatrero, pero hemos ahuyentado de los campos a cantidad de gente. ¿Por qué? Porque los productores nos pagan para eso, y nuestros jefes lo saben. ¿No te gusta eso? ¡Jódete! Así es la vida. Y aunque nunca hayas lastimado una vaca en tu vida igual te vamos a correr de aquí. 

—Pero en mi caso no soy inocente. Me alimento de vacas aunque sin matarlas, solo las desangro un poco, después se apestan y mueren en grandes cantidades —les confesó Andronikos sonriendo ampliamente—. Además a lo largo de mi existencia he matado a miles de personas. Y oficiales, créanme que en todo este tiempo he aprendido mucho de la anatomía humana, y por molestarme ustedes van a sufrir como pocas personas han sufrido en la historia de la humanidad ¡Jajaja! 

Los oficiales se miraron y después intentaron sacar sus armas, pero el vampiro era tan rápido que en un instante los dos quedaron boquiabiertos y mirando sus manos vacías. Y apenas intentaron huir hacia el vehículo les dio un golpe que los noqueó. Despertaron atados a un poste de alambrado y allí comenzó su martirio. Como no volvieron a la comisaría otros policías salieron a buscarlos y hallaron el vehículo cuando ya había amanecido. 

El primer oficial que vio sus restos era un joven y se desmayó casi en el acto. Los más acostumbrados a ver cosas horribles desviaron sus miradas y después se pusieron a vomitar. También los forenses que examinaron los restos se horrorizaron porque comprendieron lo mucho que habían sufrido aquellos dos. Y un tiempo después una plaga mortal azoló toda aquella región liquidando a casi todo el ganado, además desaparecieron muchas personas. 

lunes, 26 de enero de 2026

Terror exterior

 El día de los muchachos avanzaba como cualquier otro, aunque una suerte terrible los acechaba.  

Los hermanos Alejandro y Marcelo, acostados sobre el pasto, observaban las curiosas formas de las nubes que se iban amontonando en el cielo. Marcelo creyó ver algo en una nube particularmente oscura. Cuando abrió la boca para decir algo, la forma ya se había diluido en la cambiante nube. Ambos notaron que se estaba formando una tormenta, pero no se preocuparon porque su casa no estaba muy lejos, y no parecía que fuera a llover inmediatamente.

 A unos metros de ellos corría un arroyo, ahora oscurecido por la sombra del monte de la otra ribera. Los muchachos habían nadado en él, y ahora, tendidos sobre el pasto, disfrutaban de la brisa perfumada por el monte que pasaba por momentos sobre ellos. Pero contrastando con la calma de esa ribera, arriba las nubes pasaban acarreando sombras que se iban acumulando en el monte cercano. Y el campo, por momentos estaba inmóvil, para de pronto sacudirse con mil rumores. 

De repente los hermanos se levantaron a medias, quedando apoyados en sus codos, y recorrieron los alrededores con la mirada. Ahora habían sentido muy fuerte la sensación de ser observados. Entonces estalló algo como un relámpago, y de un momento al otro, la pradera, el arroyo y el monte, eran todo lo que había allí.

Marcelo despertó en una oscuridad horrible. Sentía que tenía los ojos abiertos pero no veía absolutamente nada. Intentó gritar pero no pudo. Recordaba todo hasta el momento donde presintieron que los observaban, pero no sabía qué pasó después, y por qué se encontraba ahora en esa oscuridad. Empezó a usar sus otros sentidos. Estaba acostado sobre algo frío y liso. No podía mover los pies ni las manos. El aire era raro, le recordó enseguida al olor a desinfectantes que hay en los hospitales. Pero era diferente, eran olores nuevos, y eso le causó una inquietud mayor. No se encontraba en un hospital.

 Escuchó con atención, entonces empezó a crecer el terror. Eran sonidos sutiles que lo rodeaban ¿Pero qué eran esos sonidos?

Primero imaginó que eran dispositivos dejando escapar o liberando algo de aire. Después se le erizó la piel al pensar que eran respiraciones, y se horrorizó más al concluir que no eran humanas. Parecían salir de fosas nasales muy grandes. En ese momento imaginó a seres con dos enormes orificios goteantes en la cara, y otra versión con una especie de trompa fofa y temblorosa. Esto lo asustó tanto que se estremeció, y eso desató una serie de sonidos horribles y repugnantes, que claramente eran carcajadas. Obviamente lo estaban observando. No veía por algo que tenía en los ojos, no porque estuviera oscuro.

Sintió entonces un nuevo nivel de terror, uno que nunca había experimentado. Los seres que lo retenían allí se fueron alejando, todavía entre algunas carcajadas horribles, hasta que todos desaparecieron. En esa situación de máximo terror, cada segundo le parecía una eternidad. 

Volvieron los sonidos. Una de las respiraciones horribles, un muy leve chirrido, como de ruedas, y enseguida notó otra respiración, y esta parecía humana. El ser que Marcelo no quería imaginar, pero inevitablemente lo hacía, se alejó hasta que no se lo escuchó más. Los segundos seguían interminables por causa del miedo. Cualquier ruido lo hubiera hecho estremecerse, y este nuevo lo hizo, aunque era una voz familiar.

-¿Quién está ahí? -preguntó la voz de Alejandro, su hermano. Marcelo creyó que no podría responder, mas ahora sí pudo hablar.

-Soy yo, Marcelo.

-Marcelo, hermanito. Ojalá no te hayan hecho lo mismo que a mí. 

-¿Qué...qué te hicieron?-preguntó Marcelo lagrimeando.

-No sé bien, pero me siento muy liviano, muy liviano, como vacío. 

Al escuchar eso, Marcelo experimentó unas nauseas terribles, y aunque era un sentimiento confuso, agradeció no poder ver. Pero en ese momento una criatura, un extraterrestre que estaba viendo todo, sonrió horriblemente, tocó algo en una extraña consola, Y Marcelo recuperó la vista. volteó hacia su hermano y empezó a gritar enloquecido de terror. La nave extraterrestre donde estaban cautivos se movió entre las nubes, se elevó y enseguida se perdió en el cielo. 

Terror Exterior. cuento de terror de extraterrestres.


domingo, 25 de enero de 2026

Nubes raras en el cielo.

 Hola. ¿Crees en OVNIS? Sin entrar en debates sobre si existen o no, sin dudas son un tema excelente para la ficción. Cuentos, novelas, películas, series... El tema extraterrestre da para mucho. Al terror le viene como añillo al dedo. Por lo tato no pueden faltar en este humilde blog, y es un tema que también voy a usar en Youtube, donde voy a subir algunos shorts y videos sobre esto. Tal vez también en alguna otra plataforma, o solo en otra plataforma, no lo decidí todavía. 

Como sea, aquí va un pequeño short, que es la presentación, el inicio de una historia más larga que subiré en algún lado próximamente, en estos días. Gracias por pasar por aquí. Saludos.



sábado, 24 de enero de 2026

En el matadero 2

 No pensaba liquidarlos esa noche, pero tuve que adelantar mis planes.  Por el momento los tres, Sergio, Silvia y Rosa, estaban aterrados, pero seguramente después vendrían las preguntas. La advertencia del fantasma primero les parecería sin sentido, después se darían cuenta, ¿Qué sabían de mí?, nada. Pero por supuesto, no podrían culparme de nada, mas cabos sueltos son cabos sueltos. 

Salimos del matadero en el vehículo y me detuve en el patio. Ellos insistieron en que siguiera, pero los convencí que no era seguro continuar con aquel clima, y que el fantasma no podría salir del matadero. 

Siempre fui un admirador del buen acero, y soy algo obsesivo al afilar, pero lo justifica lo mucho que facilita las tareas. 

Desde el asiento de atrás, Sergio y Silvia, si es que vieron el movimiento, habrán creído que le sequé una lágrima a Rosa (estaba llorando de miedo). Cuando se tomó el cuello y parecía ahogada preguntaron qué pasaba, y Silvia se asomó detrás de mí. Otro corte rápido y limpio. Esta vez Sergio se dio cuenta de lo que pasaba. Silvia cayó sobre él y empezó a teñirlo de rojo.  Sergio pudo atacarme por detrás, pero prefirió salir del auto y correr hacia la tormenta. Aquello iba a ser aburrido. 

Corrió unos metros y resbaló en el lodo, intentó levantarse y cayó de nuevo, mala suerte. Cuando volvió a pararse ya me encontraba encima de él. Mi navaja volvió a hacer estragos.  Aproveché la lluvia para que la hoja quedara limpia, y la vi brillar tras un relámpago. 

Lo arrastré hasta el auto y lo metí adentro. Cuando subí el piso estaba pegajoso. Rosa Y Silvia ya no se movían. Antes de marcharme miré hacia el matadero; el fantasma estaba en el umbral, mirándome. 

Esa noche confirmé mis sospechas sobre los fantasmas, cosa que no me gustó nada. Ya había tenido experiencias, pero creí que eran cosas de mi mente, tal vez de un rastro de consciencia que intentaba atormentarme. Mas ahora los otros también lo habían visto, y el fantasma hasta había hablado, toda una novedad para mí. Intuí que aquel ente sacaba energía de la tormenta.  

Desanduve el camino unos kilómetros, luego doblé hacia la derecha. La tormenta no aflojaba ni un poco. No demoré en toparme con otro puente sobrepasado por el agua. Nuevamente doblé hacia la derecha en otro camino. Si seguía así no iba a llegar a ninguna parte, todavía seguía en la zona. 

Mi disgusto fue grande cuando vi que ese camino también doblaba a la derecha. 

Me detuve un momento a pensar. La situación se iba complicando. Me arrepentí de haber parado al lado del matadero. Golpeé el volante con las dos manos, ya furioso, y cerré los ojos unos segundos. Los abrí en el momento del estallido de un rayo, y Rosa, que estaba a mi lado, sonreía con malicia mientras me miraba. Por el retrovisor vi que Silvia y Sergio También me miraban sonriendo.   No voy a mentir, se me erizaron los pelos de terror. Pero tras un instante volvieron a estar muertos. 

Continué con la esperanza de encontrar un camino que me sacara de la zona.  No mucho después las luces del auto enfocaron una construcción, y unos relámpagos aclararon qué era: de nuevo estaba frente al matadero. Era la parte trasera del edificio, y también tenía un portón enorme que estaba abierto, y allí estaba el fantasma. Su silueta blancuzca parecía temblar y hamacarse con rapidez.   

En ese momento sentí un escalofrío espantoso.  Tenía que irme de allí, tomar lo que pudiera de mis pasajeros y enfrentar la tormenta a pie, ya no podía seguir en aquel auto.  Pensaba en eso cuando sentí algo muy particular. ¿Aquello sería el filo de mi navaja, en mi cuello?  La sostenía la mano de Silvia, su fantasma.  Salí del auto agarrándome el cuello y caminé bajo la tormenta. Recuerdo rodear el edificio, salir al patio donde estacionara primero el auto, y que al llegar al camino me encandiló una luz, después fue todo una confusión de recuerdos a media entre sombras y cosas desdibujadas.   Desperté horas más tarde en un hospital. Irónicamente, la herida que casi me mató desvió la investigación, y pasé a ser otra víctima de un asesino que le describí vagamente a la policía, y se creyeron mi cuento. 

Esa noche fue tan particular que sentí la necesidad de contarla, y la narré en esta pequeña crónica. 

Una de las enfermeras que me atendía me sonríe mucho, y siempre me habla hasta que la llaman. Creo que voy a invitarla a un viaje, eso si sobrevivo al hospital, pues ahora que no estoy medicado he percibido que aquí está lleno de fantasmas. 

Ya casi es de noche, y el hospital empieza a quedar silencioso…


jueves, 22 de enero de 2026

En el matadero 1

 Un rayo convirtió la noche en día al darle a un árbol, y gran parte del árbol estalló. Vimos aquello desde el auto, y el estremecimiento y el susto fueron grandes.  El vehículo era viejo y el piso no estaba bien aislado; si caía un rayo sobre nosotros sería nuestro fin. 

Éramos cuatro los que viajábamos: Sergio, Silvia, Rosa y yo. La tormenta era infernal, y la actividad eléctrica ensordecedora, pues caían rayos aquí y allá.   Yo iba condiciendo. Resbalaba tanta agua por el parabrisas que a duras penas veía el camino.  Las luces de la tormenta anunciaban los estallidos de los rayos, pero igual uno se estremecía. 

Al llegar a un tramo que reconocí a pesar de la confusión que provocaba la tormenta, apareció de pronto en un costado del camino una fachada enorme llena de ojos cuadrados y con una enorme boca: era el viejo matadero, un frigorífico abandonado. 

Yo luchaba por ver qué había adelante. Me pareció distinguir una correntada y frené de golpe, y todos se fueron hacia adelante bruscamente, y enseguida Rosa me reprochó: 

-¿Qué fue eso? Casi me doy de cara contra el tablero. 

-Disculpa, pero tuve que frenar. Mira lo que hay ahí.

Donde debía estar un puente solo había una correntada turbulenta, y no se veían ni las barandas. El arroyo había desbordado. 

-¿Y ahora qué hacemos? -me preguntó Sergio. 

-Lo primero es salir de aquí, porque dentro de un rato el agua va a llegar a donde estamos. 

-¿Será? -dudó Silvia -que ahora miraba la correntada casi asomándose por sobre mi hombro. 

-Sí, he visto muchas crecientes -le contesté-, y con todo lo que está lloviendo ahora… 

Retrocedí unos metros y doblé. El camino era muy angosto, y no quería parar allí. El lugar más próximo que había era el patio del matadero. Al detenerme en el patio Rosa preguntó: 

-¿Vamos a quedarnos aquí hasta cuando? 

-Supongo que toda la noche. Volver a la ciudad con este tiempo es muy peligroso, y quién sabe si no se cortó otro tramo más adelante. Lo que queda es tratar de dormir. ¿A alguien se le ocurre algo mejor? 

- ¿Y si metemos el vehículo ahí? Eso está abandonado, ¿no? -propuso Silvia. 

En ese momento pensé que hubiera sido mejor que no me lo preguntaran. No quería entrar al matadero, pero la tormenta eléctrica era muy intensa, y en aquel vehículo…

Hice un semicírculo en el patio y entramos por la enorme boca del matadero, un portón que ahora permanecía siempre abierto.   El edificio estaba completamente desmantelado, y ya no había ventanas ni puertas, solo huecos cuadrados.  Las luces del vehículo descubrieron un lugar muy amplio, vacío, sucio.  En la vastedad del lugar había unas columnas que se elevaban hasta unas vigas que atravesaban el ancho del lugar, eso mostraron los relámpagos que entraban por las altas aberturas, y mi mente me hacía ver cómo fue el lugar en el pasado, porque lo conocía.  

-Este lugar da miedo -comentó Silvia-. ¿Y si lo recorremos? Puede ser emocionante.  

-Mejor nos quedamos dentro del auto. Seguro que hay cosas donde tropezar, debe estar goteando, el techo debe estar todo mal… No hay que salir -opiné, y esperé que fueran sensatos. 

- Vamos, puede ser divertido -dijo Sergio. 

- Voy también -se unió Rosa. Ahora yo tenía que acompañarlos. 

Tenía dos linternas en la guantera, salimos del vehículo y le di una a Sergio, y empezamos a avanzar. Los relámpagos seguían mostrando fugaces imágenes del lugar. 

-Es todo muy precario -les dije-. Quién sabe cuándo se va a venir algo abajo. Mejor volvamos. 

-¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? -me preguntó Sergio, y alcancé a escuchar que Silvia ahogaba una risa. A Rosa la delató un relámpago, también le parecía gracioso. 

-Sergio, te lo voy a contestar otro día -le dije. 

-Amigo, no era para que te enojaras. 

-¿Enojarme? ¡Jajaja! No, para nada, no me conocen enojado. 

Creo que Rosa quiso cortar el asunto allí, y salió comentando una historia que conocía del lugar: 

-Dicen que aquí acabaron a un tipo, y que hicieron con él lo mismo que con las vacas.

-Habladurías -le dije-. Cuentos de terror que surgen de quién sabe que qué mentiroso. 

-No, esto pasó, porque mi madre lo escuchó en la radio. Raúl, Tú tienes bastante edad, ¿No recuerdas nada del asunto? -me interrogó Rosa. 

-Como que me estás llamando de viejo. Eso que dice tuyo, ¿eh? Porque sales conmigo ¡Jaja! No, no recuerdo nada. 

Por suerte dejó de preguntar y seguimos. Pasamos frente a una de las viejas cámaras. Sergio la iluminó y vimos que estaba vacía, pero cuando desvió el haz de luz hacia otro lado, de la oscuridad de la cámara surgió una especie de ronquido, una respiración de fuelle, y reconocí el sonido que emite un degollado, y una silueta blancuzca avanzó hacia nosotros extendiendo un brazo hacia adelante.  Y aquella respiración se convirtió en una voz, y dijo entre ronquidos: 

-¡Aléjense de él, no confíen en él! ¡Aaagggh! 

Apenas la voz calló las mujeres gritaron, creo que Sergio también. Después corrieron despavoridos hacia el vehículo, y yo iba atrás de ellos, maldiciendo en silencio al fantasma delator que casi arruinó mis planes. 

Continúa.   


miércoles, 21 de enero de 2026

Vamos al circo

 Estábamos festejando no sé qué, era confuso. Me encontraba sentado frente a uno de los extremos de una mesa grande. La mesa estaba rodeada de parientes, amigos y unos conocidos. Todos comían, bromeaban y reían. Era una situación agradable hasta que alguien puso la mano sobre mi hombro, y cuando lo miré, era un amigo que murió hace años.  Aquella presencia me sorprendió enormemente, y todos se echaron a reír al tiempo que me miraban. 

¿¡Qué estaba pasando!? ¿Cómo podía ser aquello…? Entonces repentinamente me di cuenta que soñaba: era una pesadilla. Después el muerto se alejó hacia una puerta, y al irse la dejó abierta, y por ella entraron unos payasos grotescamente deformados. Cada uno de los payasos monstruosos me miró con una sonrisa retorcida y malévola. El maquillaje blanco que tenían en la cara resaltaba unas arrugas profundas como tajos, y por pelucas tenían lo que parecían ser cabelleras ajenas. 

¡Que situación tan aterradora! Incluso ahora, al evocar el terror que sentí esa vez me siento muy mal.  De un momento a otro todos eran payasos monstruosos. Intenté levantarme pero no pude, la mesa me aprisionaba. Cuando todos empezaron a acercarse, supuse que la pesadilla estaba por terminar, porque no podían hacerme nada. Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir estaba en mi cama.  Entonces suspiré hondo, pero el alivio no duró mucho, pues vi algo por el rabillo del ojo, y cuando miré hacia la ventana, ésta se encontraba llena de payasos que me miraban desde afuera, y súbitamente las cabezas de otros salieron de abajo de la cama lanzando carcajadas cavernosas. Después de ese último susto me desperté en la realidad: la pesadilla había terminado.  

Llegó la mañana y seguía pensando en la pesadilla. ¿Por qué había soñado con payasos si no les tengo miedo? Especulaba sobre mi pesadilla cuando Roxana llegó de hacer las compras. Me mostró dos papeles que tenía en la mano y me dijo: 

-A que no adivinas qué son.

-No tengo ni la menor idea -le dije.

-Entradas para el circo. Llegaron ayer. ¡Que emoción, hace años que no voy a uno?

-Entradas para un circo… que sorpresa. Un circo… donde siempre hay payasos…

-¿Les tienes miedo? ¡Jaja!

-¿Miedo yo? 

-Lo dije en broma. Las entradas son para la función de la noche.

En ese momento sentí mucha curiosidad. ¿Sería una coincidencia absurda? Presentía que no lo era, pero de todas formas fuimos al circo. 

Ya dentro de la carpa, Roxana me sonreía y se pegaba a mí, pues yo no le soltaba la mano; no quería perderla entre el público: algo me decía que el lugar era peligroso.  

No demoré en ver el primer payaso.  Caminaba entre la pista y las gradas. No era tan grotesco como los de la pesadilla pero parecía ser alguien muy viejo. Tenía puesto los clásicos zapatos de payaso, un calzado extremadamente largo. Lo observé con tanta atención que noté que en la punta del zapato, que estaba algo rota, sobresalía una uña puntiaguda y negra. Ningún humano podría tener el pie tan largo. 

En ese mismo instante el payaso se volvió hacia mí y me miró fijo, como si se hubiera dado cuenta de que lo descubrí. Levantó el labio superior como si estuviera gruñendo y se fue caminando rápido. 

Después de eso no quería quedarme ni un minuto más allí. Le dije a Roxana que me sentía mal y nos fuimos. ¡Que situación! 

Esa noche no dormí, me mantuve vigilante, armado. Varias veces creí escuchar que rondaban la casa, pero no conseguir ver nada. Por suerte trabajo en mi casa y pudo dormir de día, aunque tuve que inventar excusas tontas. El circo se marchó a los cinco días. En ese tiempo desaparecieron de la ciudad tres personas; nunca se supo qué fue de ellas, aunque yo creo saberlo…