lunes, 10 de noviembre de 2025

Un grupo extraño

Éramos un grupo raro, poco común. El grupo estaba formado por cinco varones y cuatro mujeres. Teníamos, la mayoría, la misma edad, y solo dos eran un año mayores. Esto era porque el grupo se formó en secundaria, en el primer año, y Todos fuimos a la misma clase. Esto se repitió por tres años. Eran excelentes compañeros. Los extraño mucho. Ninguno merecía irse, así como se fueron, y siendo jóvenes.

El grupo era raro, porque las amistades de secundaria suelen perderse fácilmente, incluso en una ciudad pequeña como la nuestra. 

Creo que nuestra amistad se reforzó en los picnics que estaban de moda en esa época. Se organizaba un picnic al comienzo de algunas fechas especiales como la semana de turismo. También iban otros compañeros, pero nosotros éramos los más constantes. El destino nos juntó, y luego nos condujo a una situación horrible de la cual solo yo escapé, por ahora. 

En el último año de secundaria juntos, en el último día, prometimos seguir teniendo contacto, y reunirnos cada tanto. Fue un juramento lleno de emoción, característico de la juventud, pero lo cumplimos, aunque fueron pasando los años. Ya fuera en el cumpleaños de uno, o unos días antes de navidad, o fin de año, nos reuníamos en diferentes casas. Luego llegaron los casamientos, y cuando alguno pasaba una época mala, también nos juntábamos. Maldito sea el día que decidimos hacerlo en Halloween. 

En nuestra ciudad, en Halloween no se hacía casi nada aparte de algún baile. Era la primera vez que nos reuníamos en esa fecha, y a todos nos pareció buena idea. Las cosas se dieron de tal forma, que cada uno de los integrantes fue solo, por suerte, sino la desgracia pudo ser mucho peor. 

El día llegó horrible, con enormes nubarrones pasando rápido por el cielo, y bandadas de aves huyendo hacia lugares lejanos. Las nubes tomaban en algunas partes un tono verdoso. Y al atardecer la tormenta se contenía apenas, como si quisiera juntar más fuerza para volcarse con más ferocidad. 

Después de un intercambio de un montón de mensajes de texto, se decidió que la reunión salía igual. El lugar acordado ahora era la casa de uno de nuestros amigos, que vivía en las afueras de la ciudad. 

Al llegar, reconocí los vehículos de todos, yo era el último en llegar. Atravesé corriendo un patio amplio, bajo un aguacero impulsado por mucho viento. Enseguida me saludaron todos, bromeando sobre lo tarde que llegaba siempre.

Poco después tenía un vaso en la mano, y retomaron la conversación invitándome a que participara. Era Halloween, y naturalmente estaban hablando sobre cosas de terror; pero no sé cómo habían llegado a una discusión sobre la existencia o no del Diablo.

Enseguida les dije que sobre eso no conviene hablar, que si era sobre películas de terror sí, pero sobre el verdadero no. Intenté convencerlos de que ir por esos rumbos

puede ser malo, que no era un juego, que mejor habláramos de otra cosa. Pero estaban muy emocionados con el tema. Así quedé fuera de la conversación y ellos la continuaron. Fuera la tormenta pasaba aplastando los campos cercanos.

Cuando ya fue completamente de noche, empezaron los rayos. Cada vez que estallaba uno, todos gritaban emocionados, como disfrutando de la tormenta. A mí no me hacía ninguna gracia. Mientras seguían discutiendo sobre el diablo, teorizando esto y aquello, yo cada vez tenía la mente más lejos de allí. Pensaba en mi casa y en mi familia. Se supone que esas reuniones eran para desconectarnos un poco, pero no podía evitarlo.

Cuando un nuevo estallido me hizo regresar de mi ensoñación, me pareció que todos estaban muy alterados. Opinaban con mucha vehemencia, o se reían como locos de los argumentos de los otros. Tampoco el lenguaje era el que se solía usar. yo solo estaba tomando un refresco, porque tenía que manejar mucho para volver a mi hogar.

Bromeé sobre lo que tomaban, les dije que ya los estaba afectando mucho, pero ninguno pareció escucharme. Truenos, estallidos de rayos, gritos, carcajadas, el ambiente de la reunión ya tenía un tono casi demencial. Lamenté haber ido esa vez, y me pregunté qué les estaba pasando.

Entonces, después de otro rayo, uno que pareció caer muy cerca, se cortó la luz. Entonces todos quedaron en silencio un instante, también la tormenta. fue un silencio muy breve pero asfixiante, incómodo. alguien dijo algo y encendió su celular. otros hicieron lo mismo. Ahora había algo de claridad en la habitación. En ese momento me di cuenta. 

Habíamos ido nueve, los amigos de siempre, pero ahora, entre la oscuridad y las débil luces de los celulares, había diez siluetas. En aquella confusión, no podía distinguir al intruso, pero allí había alguien más. apareció de la nada al cortarse la luz.

Los otros no parecieron notarlo. Pensaba cómo decir eso, como informarles sin que cundiera el pánico, cuando escuché aquel retumbar. Unos pasos que venían por el patio rápidamente sobresalían incluso sobre el estruendo de la tormenta. Y de pronto la puerta estalló, volaron pedazos de madera hacia todos lados, y una cosa enorme entro como una locomotora en la habitación. Se armó un griterío horrible, y la tormenta enfureció con más relámpagos y truenos.

Una serie de relámpagos me dejó ver una cabeza enorme con cuernos que respiraba como un fuelle. El instante que demoré en darme cuenta de qué era aquello, fue realmente horrible, y ya hecho el descubrimiento no fue mucho mejor. Lo que había despedazado la puerta al chocar con ella, era un toro grande.

Reaccionando al grito de una de mis amigas, me abalance hacia el toro sin pensarlo. Ya fuera el movimiento del propio animal, y otra fuerza inexplicable, me empujaron hacia la abertura de la puerta con tanta fuerza, que caí afuera de espaldas. Una puntada paralizante en la espalda me dejó inmóvil bajo el impresionante aguacero.

Y así, sin poder moverme, escuché el griterío que crecía allí adentro. Luchaba por moverme cuando creí que me había alcanzado un rayo, y ya no supe más.

Desperté en medio del lodo, de madrugada. ya no me dolía la espalda. Dentro de la casa había vuelto la luz. Todo estaba roto y revuelto, pero mis amigos parecían no estar heridos, no físicamente. Estaban completamente enajenados. miraban hacia todos lados sin fijarse en nada, y no respondían preguntas, y lo peor, en sus ojos ya ninguno parecía reconocerme.

Cuando amaneció, un montón de policías seguía en el lugar. A mis amigos los llevaron en ambulancia y tuvieron que sedarlos. Nadie dudó de mi historia del toro, porque el lugar estaba lleno de huellas, pero eso no explicaba el estado mental de mis amigos. Nunca se recuperaron. No volvieron a reconocer ni a su familia, y se les deterioró tanto la salud, que, a los pocos meses, del grupo quedaba solo yo. ¿Qué fue de ese toro? nunca se supo más nada. Y, ¿Quién era el extraño que apareció de golpe? lo que fuera, no era parte de nuestro grupo, pero creo que, sin querer, lo invitaron a la reunión.  

lunes, 27 de octubre de 2025

El hombre tranquilo.

 Los ruidos de las sirenas interrumpieron la siesta de Carlos. Se puso a escuchar sin levantarse. Pasó una sirena, otra, dos más, varias de ellas. Por el ruido supo que eran carros de bomberos. Después distinguió sirenas de ambulancia, policías, y algunos helicópteros pasaron volando ruidosamente sobre la zona. “Debe ser un incendio grande”, pensó. Era un tipo tan tranquilo que no le dio importancia al asunto, mas no pudo seguir durmiendo porque se dio cuenta que los bomberos se detenían no muy lejos de su zona.

Ya le habían arruinado la siesta. Se levantó desperezándose. Remolonamente se calzó unas pantuflas y fue arrastrándolas hasta el baño, entre bostezos y restregándose los ojos. Fuera de su casa seguía el escándalo de las sirenas, pero no por eso se iba a apurar. Se estaba cepillando los dientes cuando se dio cuenta que el tránsito había aumentado y se estaba descontrolando. 

Sonaban bocinas y había gente que gritaba histérica. Repentinamente estallaron unos ruidos realmente fuertes: Unos autos habían chocado cerca de su casa, y fue justo cuando Carlos estaba haciendo un buche con enjuague bucal. El enjuague empapó el espejo al salir disparado de su boca, y medio se ahogó por el sobresalto; inevitablemente tragó un poco y el líquido le quemó la garganta mientras bajaba.

—¡Maldición! —exclamó—. ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy?

Después volvió a su natural aplomo. Escupió en la pileta y puso atención; la gente estaba tan apurada que chocaban unos con otros. Se secó la cara como siempre. Solo después de peinarse cuidadosamente decidió salir a ver qué pasaba, aunque mientras lo hacía los ruidos seguían aumentando, y cualquiera hubiera salido antes. Por los bocinazos y los insultos era evidente que el tráfico estaba atascado en aquella calle, mas eso era algo muy extraño, porque normalmente apenas circulaban autos por allí. Pensó que debía ser por el incendio. ¿Sería tan grande como para que tanta gente estuviera huyendo? Carlos abrió la puerta y vio el caos que había escuchado.

Los vehículos se amontonaban en aquella cuadra. Había un auto incrustado en la parte trasera de otro, mientras un buen número de ellos tenían abolladuras ocasionadas en el apuro. Algunas personas salían de los vehículos y seguían a pie. Después de mirar hacia atrás se movían más rápido. Aquello no era un simple embotellamiento, era una estampida; estaban huyendo desesperados.

Desde hacía algún tiempo, cuando Carlos miraba los noticieros, terminaba siempre sacudiendo la cabeza hacia los lados, como negando. “Que locura hay en el mundo. Tantas guerras absurdas, tanta intolerancia... Que grande es la estupidez humana. ¿A dónde vamos a parar si esto sigue así?”, reflexionaba. Pero a pesar de pensar eso no se amargaba, nada perturbaba la sólida tranquilidad con la que encaraba la vida.

Frente a su casa corría un gran alboroto. Al ver que ya no podían circular más, ahora todos se bajaban de los autos, tomaban sus maletas apresuradamente y seguían a pie, andando lo más rápido que podían. Los más ágiles y rápidos adelantaban a los viejos y a los gordos. Algunas personas caían, y según su condición, se levantaban como podían o empezaban a pedir auxilio inútilmente desde el suelo, pero nadie se detenía. Al huir miraban repetidas veces hacia atrás, que para Carlos era su lado derecho. ¿Qué ocurría rumbo a aquel lado? Miró hacia allí. 

Pensó que era comprensible el apuro de la gente; desde ese lado venía algo horrible, algo que solo se podría describir como una montaña de fuego, una montaña de cimas puntiagudas y ondulantes, de llamas. Hasta el peor incendio forestal quedaría empequeñecido frente a aquella monstruosa columna de fuego y humo.

Observando esa descomunal avanzada de llamas inconcebibles, Carlos vio que entre el fuego se movía una criatura gigantesca, un monstruo de pesadilla. Era bípedo como un humano, pero su cabeza no se parecía a nada que hubiera existido sobre la tierra, a menos que se combinaran algunas características de los más monstruosos seres. Enseguida supo que aquello era el Diablo. El colosal demonio miraba hacia abajo, levantaba una de sus piernas-pata y la bajaba con estruendo, como quien está aplastando insectos con sus pies, pero este aplastaba personas, vehículos y casas. Nada escapaba a su mirada. No había donde esconderse ni donde huir, y las llamas que lo acompañaban se iban extendiendo hacia todos lados.

Un tipo conocido de la zona pasó corriendo por la vereda y se detuvo frente a Carlos. El tipo tenía los ojos muy grandes por el miedo. Demasiado alterado como para pensar en por qué se detenía a hablar en una situación así, dijo a los gritos:

—¡Es el fin del mundo, Carlos! ¡Es el fin del mundo!

—Eso veo —comentó Carlos.

—¡Pero hombre! ¿Cómo puede estar tan tranquilo?

— Con todo lo que ha pasado últimamente, esto no podría sorprender a nadie —le respondió tranquilamente.

El conocido quedó pensativo un instante, después el miedo lo dominó de nuevo y salió corriendo. Carlos entró a la casa. De qué servía huir. Se sirvió café y se sentó a degustarlo. Fuera los pasos del gigante retumbaban cada vez más cerca.

lunes, 20 de octubre de 2025

Los Creyentes

 Hola. Este cuento viene bien para este mes de terror. Voy a ver si en Halloween subo algo especial, un video o algo, no lo decidí. Aquí el cuento. Gracias.


 Aquellas personas vinieron a terminar con mi paz. Y esa gente no lo sabía, pero algo muy oscuro estaba por caer sobre su comunidad.

Nunca fui muy creyente y, siendo sincero conmigo mismo, nunca me agradó ningún vecino. Por eso, cuando me enteré de que al lado de mi solitaria casa iba a funcionar un templo ambulante, la noticia me cayó como piedra. Y en ese entonces ni sospechaba lo que iba a ocurrir después: la experiencia más aterradora de mi vida.

Mi casa está muy cerca del límite de la ciudad, pero como el terreno está en medio de una arboleda y cruzando una ruta que en esa parte es muy elevada, se siente como si estuviera mucho más lejos porque desde allí no se ve la urbanización; por esa razón construí en ese lugar. Al lado de mi terreno hay otro muy amplio que estaba vacío, y en él levantaron la carpa que usaban como templo. ¡Justo ahí se tuvieron que instalar! Adiós a la paz que había disfrutado por dos años al no tener vecinos. 

Apenas la carpa estuvo levantada, el “pastor” y su mujer me hicieron una visita. El tipo caminaba adelante, con una biblia entre las manos y paso solemne. Al entrar al terreno, el confiado sujeto lo atravesó contemplando mi jardín, mostrando algo de asombro en la mirada, como maravillado por esa obra de Dios; la mujer iba atrás, moviéndose casi tan solemnemente como el tipo, pero con el mentón contra el pecho, mirando el suelo. Enseguida me pareció que aquello era un papel bien interpretado.

Sin dejarlos hablar mucho les dije que no me interesaba concurrir. Creo que no fui muy brusco al aclararles eso, pero por un instante el pastor me miró desafiante, así como miran los matones. Entonces la mujer se adelantó y lo tomó del brazo, él giró hacia ella, intercambiaron una mirada, y después se volvió apenas hacia mí; cuando ella volvió a tironear de su brazo, él se retiró lentamente y se fueron. Ahí supe que aquel tipo era un fraude, un rufián que hacía aquello solo para sacarle dinero a la gente. Solo era otro busca pleitos y ladronzuelo que encontró una oportunidad de vivir sin trabajar; un estafador. Intuí también que en aquel dúo la cabeza pensante era la mujer. Sin saberlo, esos dos estaban jugando con fuego.

Empezaban sus reuniones, o como les llamen, al atardecer. El rufián que hacía de pastor hablaba por micrófono, con un volumen muy alto, y cantaban, lanzaban aleluyas y agradecían al Señor a los gritos, haciendo sonar panderetas que acompañaban a un órgano; todo eso mientras yo permanecía en la cama sin poder dormir (me acuesto bien temprano porque soy muy madrugador). Y algunos días el pastor organizaba exorcismos. Los primeros me hacían reír, y acostado en mi cama escuchaba cómo el tipo “expulsaba al mal”. Después sus fieles se ponían a cantar como locos. Con el tiempo esos falsos exorcismos me aburrieron porque los que se creían poseídos carecían de una buena imaginación y todos repetían casi lo mismo.

Esas noches pasaron a ser un verdadero fastidio. Como ya he dicho, ese templo era ambulante, y a veces se retiraban hasta por un mes. Pero siempre volvían. En su último regreso, cuando algunos estaban levantando la carpa por la tarde, el tiempo empezó a desmejorar y el cielo se enlutó con enormes nubarrones amenazantes. Los árboles de mi propiedad se agitaban cada tanto, rumoreaban y se detenían de golpe en un silencio algo inquietante, para de pronto volver a sacudirse, temblar y conversar con mil voces susurrantes con el viento que pasaba silbando por la casa. Arriba pasaban y pasaban deformes nubarrones oscuros, mientras unas nubes más claras, delicadas y fugaces, se desvanecían o agrupaban al arremolinarse o estirarse.

Creí que ese mal tiempo, que la amenaza de lluvia iba a mantener a todos los fieles del pastor lejos de allí, pero con todo, empezaron a llegar igual al anochecer. Cuando la noche oscureció completamente el paisaje, empezó a soplar mucho viento, y después de estallar unos rayos que hicieron aparecer todo bajo una luz blanca, se desplomó desde el cielo un aguacero estruendoso. 

Pensé que era mejor así, porque gracias al ruido de la lluvia no iba a escuchar las tonterías de los de la carpa. Apenas cené, me acosté. La tormenta siguió con sus cañonazos y el aguacero por un buen rato. Pero de repente la lluvia se detuvo y paró también el viento. Fue como si la naturaleza hubiera quedado paralizada de un instante a otro. Entonces escuché que en la carpa estaban haciendo un exorcismo:

—¡Demonio, por el poder del Señor, te ordeno que dejes ese cuerpo! —gritó por el micrófono el pastor.

—¡Tú no tienes ningún poder sobre mí! —dijo entonces una voz horrenda.

—¡Engendro del mal, sal del cuerpo de esta muchacha! ¡Te lo ordeno!

—¡Te van a quemar una y otra vez en el infierno! —aseguró la voz horrenda, que en nada se parecía a la de una mujer, ni a la de nadie. Aquello ya me estaba inquietando.

—¡Demonio, yo!... ¿Qué estás haciendo? ¡Oh, Dios mío! —exclamó con la voz quebrada el pastor.

—¡Los gusanos del infierno se van a hacer un festín con ustedes por siempre! —gritó terriblemente la voz aterradora, que ahora sonaba como muchas voces.

Después el griterío fue general. Por la forma en que llegaban los sonidos, me imaginé que todos iban huyendo hacia la salida cuando algo les cortó el paso, y después los gritos se empezaron a dispersar por la carpa en desesperada carrera. Se escucharon gritos de terror, súplicas, y unos sonidos más difíciles de describir, que eran una mezcla de gruñidos reverberantes y cavernosos, con voces graves que decían algo en una lengua que seguramente no era ninguna conocida en la Tierra.

Aquellos ruidos extraños y los gritos se detuvieron súbitamente, todo quedó en silencio. Permanecí en mi cama, respirando apenas por el miedo y con el corazón desbocado sonando fuerte en mi pecho. ¿¡Qué había pasado allí!?

La respuesta era obvia pero no quería pensar en ella. Mi cuarto estaba sumido en una oscuridad absoluta y asfixiante. La tormenta estaba muda, mas se sentía que seguía allí, sobre toda aquella oscuridad y silencio. De pronto, sin que escuchara ni el más mínimo ruido yendo hacia mí, de un momento a otro supe que había algo a mi lado. Entonces sentí un aliento caliente en un costado de mi cara, y a continuación una voz tétrica me susurró al oído: “¿Quieres unirte a mis creyentes?”

No sé cómo no morí de terror en ese momento, o cómo mi cordura no escapó para siempre después de esa noche. Volví a tener consciencia cuando ya era de madrugada. Había salido la luna y por la ventana entraba bastante luz. Al acordarme me enderecé bruscamente y miré en derredor. Un escalofrío me recorrió la espalda, al pensar que me había desmayado cuando aquella cosa estaba allí. Cuando amaneció fui a ver qué había pasado con los de la carpa; esta ya no se encontraba en el terreno, la habían levantado y no había ni rastros de nadie. Y nunca más supe qué sucedió con ellos. Mi vida no volvió a ser la misma, abandoné el lugar y me mudé a la cuidad. Y las noches de tormenta tiemblo al recordar aquella voz, y tiemblo más al recordar mi respuesta.

sábado, 11 de octubre de 2025

En el cementerio

 Hola. A este cuento de terror los escribí hace como diez años. Se añejó y ahora está mejor ¡jaja! Tiene mucha atmósfera, y terror. Lo recomiendo. Gracias.


El carruaje avanzaba por una ciudad gris, bajo un cielo del mismo color, y en el carruaje iba Martínez, sumido en pensamientos también grises. El hombre se dirigía hacia el cementerio e iba muy preocupado; mas no se dirigía hacia allí por ninguno de los motivos que normalmente hacen ir a la gente a ese lugar: él iba rumbo a su trabajo, y le había llegado un mensaje preocupante.

Se bajó del carruaje apresuradamente, sin fijarse dónde lo hacía, y sus zapatos aterrizaron en un pequeño charco. Tuvo toda la intención de maldecir al ver sus zapatos todos salpicados, pero en ese momento iba pasando una familia, entonces lo reprimió, sonrió y saludó levantando un poco galera. El hombre de la familia correspondió con el mismo gesto, pues iba con un sombrero igual de alto, mientras su esposa, que caminaba bajo una pequeña sombrilla, aunque estaba nublado, lo saludó con una inclinación de la cabeza.

 Completaban la familia dos chiquillas que pasaron aguantando apenas una carcajada, porque estas lo habían visto saltar al charco. Cuando le dieron la espalda, Martínez cambió el semblante y quedó serio, y por un momento los vio alejarse mientras pensaba: “Si llego a la Gobernación los voy a desangrar a impuestos a ustedes también”. Después en su cara se vio fastidio y enojo, pues hasta el momento lo único que administraba era el cementerio.

Martínez odiaba su trabajo. A veces le aseguraba a su esposa que desde que estaba allí a la gente se le había dado por morir más solo para fastidiarlo. Y todo era por culpa de su cuñado, Villegas, quien era el Gobernador. Martínez le había presentado a su hermana (según muchos, la más bella de la ciudad), y hablado favorablemente de él ante su padre, aunque sabía que el tipo era un personaje bastante oscuro; y todo eso para qué le sirvió, solo para tener un puesto miserable llevando los papeles del cementerio. 

Villegas le había prometido que si hablaba bien de él y el matrimonio se efectuaba, le iba a dar un buen empleo, uno de peso en la Gobernación, y que se iba a codear con gente poderosa. Después de eso su carrera política dependería de él. Pero desde el cementerio qué carrera iba a impulsar, si los ciudadanos que le llegaban ya estaban muertos, y sus deudos después lo asociaban a él con una experiencia terrible. Por eso odiaba su trabajo.

Y ahora se le había presentado algún problema. Alfonso, el capataz de los enterradores, le había hecho llegar un papel donde decía que había problemas. 

Como no especificaba nada podría tratarse de cualquier cosa. Eso tenía enfadado y preocupado a Martínez. Apenas atravesó el pesado portón vio a Alfonso, el viejo enterrador. El viejo tenía una pala delante de él y la sostenía con las dos manos, así como un cuervo se aferra a una rama, y ciertamente, con aquella ropa negra y una enorme nariz que se torcía hacia abajo, el viejo recordaba bastante a un cuervo. Martínez saludó primero con el sombrero a una persona que pasó, luego le reprochó en voz baja a Alonso:

—¿Necesita andar siempre con esa pala? La gente se impresiona al verlo.

—Es mi herramienta de trabajo, como lo son para usted sus plumas y la tinta.

—Sí pero... en fin. ¿Qué me quería informar? ¿Qué clase de problema surgió?

El viejo movió los ojos espiando disimuladamente sus costados, después dio un paso hacia adelante y susurró:

—Problemas graves. Han profanado algunas tumbas y, están haciendo rituales, magia negra.

—Pero qué me dice, como que rituales de magia negra. Eso son bobadas.

—¿Usted cree que una ofrenda al Diablo son bobadas?

—Hable mas bajo, hombre —y ahora fue Martínez el que miró hacia los lados antes de hablar—. Dice que le están haciendo ofrendas al... 

—Al Diablo —completó la frase el viejo.

—No lo diga de esa forma, y hable mas bajo.

—No sé de qué otra forma decirlo. No tengo la educación que usted tiene. Ahora, ¿va a venir a ver lo que dejaron?

—¿Ir a ver lo que dejaron? —repitió Martínez—. Bueno, supongo que es mi deber.

Y los dos se adentraron en un laberinto de tumbas y panteones. Martínez se detuvo en un entierro, y con la galera en la mano y su cara mas solemne saludó a todos los presentes. El político en su interior no perdía oportunidad. Alonso lo esperó impaciente, apoyado en su pala. De paso el viejo aprovechó para decirle algo a uno de sus enterradores. 

Después de esa interrupción los dos siguieron adentrándose cada vez más en la necrópolis. El cielo se había encapotado de tal manera que no se veía ni un indicio del sol, aunque era muy temprano aún. Martínez pensó, mientras intentaba seguirle el paso al viejo, que su cementerio tal vez era el más grande del país, por lo antiguo que era. Después consideró que aquello no tenía importancia. Era el gobernador de una ciudad de muertos. Y aquella ciudad de moradores silenciosos lo impresionaba mucho.

El lugar le resultaba sumamente lúgubre y siniestro, además, podría jurar que apenas ponía un pie en aquel terreno sembrado de muertos, sentía que su energía era muy diferente a la de la calle, y que era algo muy claro, no una sensación vaga. Aquel era el hogar de la muerte. Aunque hacía un año que trabajaba allí, como lo recorría lo menos posible, arrimándose solo a algunos entierros en la parte mas nueva, pronto Martínez se vio caminando por una zona desconocida para él, la parte vieja, que incluso parecía ser mas extensa que la nueva. Alonso doblaba aquí, luego allá, y miraba cada tanto sobre su hombro como apurando a quien lo seguía.

En aquella parte los pastos ya estaban reclamando casi todo, y se asomaban entre losas rotas y llegaban hasta las puertas de algunos antiguos panteones. A pesar de lo laberíntico del lugar el viejo enterrador avanzaba sin dudar ni un momento, como quien se desplaza por su casa. Detrás iba Martínez, y se pasaba el pañuelo por la frente, y cada pocos pasos miraba de reojo alguna puerta de panteón que se hallaba entornada. También lo inquietaban las estatuas que se alzaban sobre pilares de granito resquebrajado. Si por lo menos hubiera sol, pero aquella tarde hasta el cielo parecía ser parte del cementerio. Cuando estaba por preguntar cuánto faltaba, Alonso se detuvo, giró hacia él y señaló con el brazo:

—Ahí está la ofrenda, mírela usted. Dígame si exagero.

Martínez se tapó la nariz con el pañuelo cuando miró hacia donde el viejo le señaló porque junto con la imagen le llegó un olor nauseabundo. En una vereda entre dos panteones, habían dibujado un enorme círculo, y en él un símbolo extraño y complejo. Rodeaban a este círculo un montón de velas desgastadas, y en el medio resaltaba una especie de amasijo de carne humana en descomposición. Y había algo en aquella desagradable escena que no encajaba. Demoró en darse cuenta pero lo notó de pronto. A pesar del olor nauseabundo de aquel amasijo, no había ni una mosca volando o caminando sobre él. En derredor al círculo se veían muchas pisadas de gente.

Martínez pensó rápido. La clase obrera de la ciudad, ignorante y temerosa de la Iglesia, no se atrevería a hacer algo como aquello. Debía tratarse de otra gente, de algunas personas mas elevadas en la sociedad. Él no quería quedar mal con esos, y mucho menos con el destinatario del ritual. Pensó que era mejor “mirar hacia un costado”, después de todo, no le habían hecho ningún mal a nadie, por lo menos no directamente, allí.

—Dejamos el asunto así entonces. ¿No tocamos nada y no avisamos a las autoridades?  –dijo de pronto Alonso, como si hubiera  estado siguiendo sus pensamientos.

—¿Cómo? —se sorprendió Martínez.

—Digo, como usted se quedó ahí parado sin decir nada, supongo que va a dejar esto como está, ¿no?

—Ah, pues acertó, es mejor no meterse con esto. Parece que normalmente nadie llega hasta aquí, ¿me equivoco? Alonso, ¿habló sobre esto con alguno de sus hombres?

—No señor, nadie anda por aquí, y apenas vi esto me comuniqué con usted, no se lo dije a mas nadie. Es un asunto muy serio.

—Bien, que quede entre nosotros entonces. Vayámonos de aquí.

Mientras regresaban al frente del cementerio Martínez no supo si tomaron otro atajo o si él tenía una orientación tan mala que ni reconocía el lugar por dónde había pasado hacía un rato. Ni un laberinto verdadero le resultaría tan confuso. Y aquel viejo avanzaba por allí como si estuviera en su casa. Ya en la parte nueva el enterrador se apartó y pronto desapareció tras un nicho. Martínez fue derecho a su pequeña oficina. En aquella pequeña pieza, entre los papeles, olvidaba por momentos donde se hallaba, aquello era lo suyo, allí estaba en su elemento: papel, tinta, plumas, montones de documentos, archiveros...

Tuvo que encender el farol y unas velas porque la tarde aportaba muy poca luz. Tenía trabajo acumulado. “Parece que ahora está de moda morirse”, pensaba “Todos esos viejos mohosos que no se morían nunca, ahora que yo estoy acá estiran la pata uno tras otro. ¡Condenado puesto el que tengo!” Y pasó el resto de la tarde sumido en sus papeles y pensamientos así.

Al enderezarse en su asiento frotándose el cuello que sentía algo entumecido, desvió la mirada hacia la ventana y vio que ya estaba de noche. Se disgustó mucho al ver la hora que marcaba el reloj de la pared. Ya había pasado su hora de retirarse, y no le pagaban horas extras ni nada que se le pareciera. Además, si el cementerio lo inquietaba de día, de noche era mucho peor.

 Se iba a levantar cuando de pronto sintió que había algo detrás de él. Inmediatamente le recorrió la espalda un profundo escalofrío. Cuando abrió la boca para gritar, se apagaron las velas y el farol, entonces, en aquella oscuridad, inmediatamente sintió que una mano fría lo agarraba por el cuello. Luego, oscuridad y silencio, se desmayó de terror.

Cuando volvió en si estaba acostado boca arriba. El aire frío le indicó que no se encontraba en su oficina. Se incorporó a medias con un sobresalto. Estaba sobre pasto. Miró en derredor; aquello era la parte vieja del cementerio. ¿Quién lo había dejado allí, y para qué? Al recordar el contacto con la mano que lo tomó del cuello, se lo limpió con la manga del abrigo, asqueado. Una enorme luna llena estaba congelada sobre el cementerio y lo mostraba mucho más pálido y aterrador que durante el día. 

Martínez no supo hacia dónde ir. Alguien lo había llevado hasta el lugar, ¿andaría por allí, espiándolo? Se tanteó la ropa. Tenía todo su dinero, no se trataba de un robo. ¿Cómo salía de aquel lugar ahora? La sola idea de vagar por el cementerio de noche hasta encontrar la salida le resultó aterradora. Si por lo menos supiera hacia dónde estaba la salida, eso le restaría tiempo a la horrible caminata que debía realizar.

En ese momento sonaron las campanas de la iglesia de la ciudad, y así se ubicó. Solo debía seguir recto. Empezó a avanzar. Unos abetos enormes casi aullaban por un viento frío que barría el lugar. Subió el cuello del abrigo y metió las manos en los bolsillos. Las puertas entornadas de los viejos panteones empezaron a traquetear con el viento, y parecía que las intentaban abrir del todo desde el interior. 

El aterrorizado administrador del cementerio se sobresaltaba, giraba de golpe, aceleraba el paso, y sus pies se enredaban en los pastos que hacían pedazos las veredas. Ahora las estatuas se encontraban todas vueltas hacia él, y exhibían una leve sonrisa que no había advertido durante el día. Por el rabillo del ojo más de una vez le pareció ver que las estatuas se movían lentamente, pero cuando giraba hacia ellas, estaban inmóviles, aunque con posturas extrañas. Los sonidos del viento le parecían susurros, y al pasar frente a las puertas de los panteones se sentía observado.

Seguía caminando temblorosamente cuando unos sonidos lo hicieron detenerse. Aquello no era su imaginación interpretando mal los quejidos del viento. Avanzó unos pasos mas y vio cierto resplandor entre unos panteones. “¡Los satanistas!”, pensó alarmado. Si lo notaban seguramente lo iban a matar. Se alejó hacia un costado para rodear el lugar. Estaba convencido que no lo habían notado cuando una voz dijo detrás de él:

—¡Martínez, venga!

Primero saltó hacia adelante por el susto, después volteó. Quien le había hablado tenía puesta una capa con capucha, se la quitó para que lo reconociera.

—¿Villegas?

—Sí, soy yo. Venga.

—¿Usted está con esta gente?

—Estoy con los poderosos que una vez le prometí que le iba a presentar. Disculpe lo dramática de su pequeña iniciación, pero él lo quiso así.

—¿Él? —preguntó Martínez.

—Sí, mi maestro, el Diablo. Venga a conocerlo, mas bien, a conocerlo de verdad.

Caminaron juntos hasta que alcanzaron las luces de las velas. Ahora todo tenía sentido para Martínez. Su cuñado lo había puesto allí por una razón. Por fin iba a codearse con los poderosos, aunque le preocupó bastante conocer al Diablo. Varias personas con capas estaban formando un círculo, y al verlos se abrieron, y en medio del círculo sonreía malignamente Alonso, apoyado en un tridente que durante el día parecía una pala.