jueves, 22 de enero de 2026

En el matadero 1

 Un rayo convirtió la noche en día al darle a un árbol, y gran parte del árbol estalló. Vimos aquello desde el auto, y el estremecimiento y el susto fueron grandes.  El vehículo era viejo y el piso no estaba bien aislado; si caía un rayo sobre nosotros sería nuestro fin. 

Éramos cuatro los que viajábamos: Sergio, Silvia, Rosa y yo. La tormenta era infernal, y la actividad eléctrica ensordecedora, pues caían rayos aquí y allá.   Yo iba condiciendo. Resbalaba tanta agua por el parabrisas que a duras penas veía el camino.  Las luces de la tormenta anunciaban los estallidos de los rayos, pero igual uno se estremecía. 

Al llegar a un tramo que reconocí a pesar de la confusión que provocaba la tormenta, apareció de pronto en un costado del camino una fachada enorme llena de ojos cuadrados y con una enorme boca: era el viejo matadero, un frigorífico abandonado. 

Yo luchaba por ver qué había adelante. Me pareció distinguir una correntada y frené de golpe, y todos se fueron hacia adelante bruscamente, y enseguida Rosa me reprochó: 

-¿Qué fue eso? Casi me doy de cara contra el tablero. 

-Disculpa, pero tuve que frenar. Mira lo que hay ahí.

Donde debía estar un puente solo había una correntada turbulenta, y no se veían ni las barandas. El arroyo había desbordado. 

-¿Y ahora qué hacemos? -me preguntó Sergio. 

-Lo primero es salir de aquí, porque dentro de un rato el agua va a llegar a donde estamos. 

-¿Será? -dudó Silvia -que ahora miraba la correntada casi asomándose por sobre mi hombro. 

-Sí, he visto muchas crecientes -le contesté-, y con todo lo que está lloviendo ahora… 

Retrocedí unos metros y doblé. El camino era muy angosto, y no quería parar allí. El lugar más próximo que había era el patio del matadero. Al detenerme en el patio Rosa preguntó: 

-¿Vamos a quedarnos aquí hasta cuando? 

-Supongo que toda la noche. Volver a la ciudad con este tiempo es muy peligroso, y quién sabe si no se cortó otro tramo más adelante. Lo que queda es tratar de dormir. ¿A alguien se le ocurre algo mejor? 

- ¿Y si metemos el vehículo ahí? Eso está abandonado, ¿no? -propuso Silvia. 

En ese momento pensé que hubiera sido mejor que no me lo preguntaran. No quería entrar al matadero, pero la tormenta eléctrica era muy intensa, y en aquel vehículo…

Hice un semicírculo en el patio y entramos por la enorme boca del matadero, un portón que ahora permanecía siempre abierto.   El edificio estaba completamente desmantelado, y ya no había ventanas ni puertas, solo huecos cuadrados.  Las luces del vehículo descubrieron un lugar muy amplio, vacío, sucio.  En la vastedad del lugar había unas columnas que se elevaban hasta unas vigas que atravesaban el ancho del lugar, eso mostraron los relámpagos que entraban por las altas aberturas, y mi mente me hacía ver cómo fue el lugar en el pasado, porque lo conocía.  

-Este lugar da miedo -comentó Silvia-. ¿Y si lo recorremos? Puede ser emocionante.  

-Mejor nos quedamos dentro del auto. Seguro que hay cosas donde tropezar, debe estar goteando, el techo debe estar todo mal… No hay que salir -opiné, y esperé que fueran sensatos. 

- Vamos, puede ser divertido -dijo Sergio. 

- Voy también -se unió Rosa. Ahora yo tenía que acompañarlos. 

Tenía dos linternas en la guantera, salimos del vehículo y le di una a Sergio, y empezamos a avanzar. Los relámpagos seguían mostrando fugaces imágenes del lugar. 

-Es todo muy precario -les dije-. Quién sabe cuándo se va a venir algo abajo. Mejor volvamos. 

-¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? -me preguntó Sergio, y alcancé a escuchar que Silvia ahogaba una risa. A Rosa la delató un relámpago, también le parecía gracioso. 

-Sergio, te lo voy a contestar otro día -le dije. 

-Amigo, no era para que te enojaras. 

-¿Enojarme? ¡Jajaja! No, para nada, no me conocen enojado. 

Creo que Rosa quiso cortar el asunto allí, y salió comentando una historia que conocía del lugar: 

-Dicen que aquí acabaron a un tipo, y que hicieron con él lo mismo que con las vacas.

-Habladurías -le dije-. Cuentos de terror que surgen de quién sabe que qué mentiroso. 

-No, esto pasó, porque mi madre lo escuchó en la radio. Raúl, Tú tienes bastante edad, ¿No recuerdas nada del asunto? -me interrogó Rosa. 

-Como que me estás llamando de viejo. Eso que dice tuyo, ¿eh? Porque sales conmigo ¡Jaja! No, no recuerdo nada. 

Por suerte dejó de preguntar y seguimos. Pasamos frente a una de las viejas cámaras. Sergio la iluminó y vimos que estaba vacía, pero cuando desvió el haz de luz hacia otro lado, de la oscuridad de la cámara surgió una especie de ronquido, una respiración de fuelle, y reconocí el sonido que emite un degollado, y una silueta blancuzca avanzó hacia nosotros extendiendo un brazo hacia adelante.  Y aquella respiración se convirtió en una voz, y dijo entre ronquidos: 

-¡Aléjense de él, no confíen en él! ¡Aaagggh! 

Apenas la voz calló las mujeres gritaron, creo que Sergio también. Después corrieron despavoridos hacia el vehículo, y yo iba atrás de ellos, maldiciendo en silencio al fantasma delator que casi arruinó mis planes. 

Continúa.   


miércoles, 21 de enero de 2026

Vamos al circo

 Estábamos festejando no sé qué, era confuso. Me encontraba sentado frente a uno de los extremos de una mesa grande. La mesa estaba rodeada de parientes, amigos y unos conocidos. Todos comían, bromeaban y reían. Era una situación agradable hasta que alguien puso la mano sobre mi hombro, y cuando lo miré, era un amigo que murió hace años.  Aquella presencia me sorprendió enormemente, y todos se echaron a reír al tiempo que me miraban. 

¿¡Qué estaba pasando!? ¿Cómo podía ser aquello…? Entonces repentinamente me di cuenta que soñaba: era una pesadilla. Después el muerto se alejó hacia una puerta, y al irse la dejó abierta, y por ella entraron unos payasos grotescamente deformados. Cada uno de los payasos monstruosos me miró con una sonrisa retorcida y malévola. El maquillaje blanco que tenían en la cara resaltaba unas arrugas profundas como tajos, y por pelucas tenían lo que parecían ser cabelleras ajenas. 

¡Que situación tan aterradora! Incluso ahora, al evocar el terror que sentí esa vez me siento muy mal.  De un momento a otro todos eran payasos monstruosos. Intenté levantarme pero no pude, la mesa me aprisionaba. Cuando todos empezaron a acercarse, supuse que la pesadilla estaba por terminar, porque no podían hacerme nada. Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir estaba en mi cama.  Entonces suspiré hondo, pero el alivio no duró mucho, pues vi algo por el rabillo del ojo, y cuando miré hacia la ventana, ésta se encontraba llena de payasos que me miraban desde afuera, y súbitamente las cabezas de otros salieron de abajo de la cama lanzando carcajadas cavernosas. Después de ese último susto me desperté en la realidad: la pesadilla había terminado.  

Llegó la mañana y seguía pensando en la pesadilla. ¿Por qué había soñado con payasos si no les tengo miedo? Especulaba sobre mi pesadilla cuando Roxana llegó de hacer las compras. Me mostró dos papeles que tenía en la mano y me dijo: 

-A que no adivinas qué son.

-No tengo ni la menor idea -le dije.

-Entradas para el circo. Llegaron ayer. ¡Que emoción, hace años que no voy a uno?

-Entradas para un circo… que sorpresa. Un circo… donde siempre hay payasos…

-¿Les tienes miedo? ¡Jaja!

-¿Miedo yo? 

-Lo dije en broma. Las entradas son para la función de la noche.

En ese momento sentí mucha curiosidad. ¿Sería una coincidencia absurda? Presentía que no lo era, pero de todas formas fuimos al circo. 

Ya dentro de la carpa, Roxana me sonreía y se pegaba a mí, pues yo no le soltaba la mano; no quería perderla entre el público: algo me decía que el lugar era peligroso.  

No demoré en ver el primer payaso.  Caminaba entre la pista y las gradas. No era tan grotesco como los de la pesadilla pero parecía ser alguien muy viejo. Tenía puesto los clásicos zapatos de payaso, un calzado extremadamente largo. Lo observé con tanta atención que noté que en la punta del zapato, que estaba algo rota, sobresalía una uña puntiaguda y negra. Ningún humano podría tener el pie tan largo. 

En ese mismo instante el payaso se volvió hacia mí y me miró fijo, como si se hubiera dado cuenta de que lo descubrí. Levantó el labio superior como si estuviera gruñendo y se fue caminando rápido. 

Después de eso no quería quedarme ni un minuto más allí. Le dije a Roxana que me sentía mal y nos fuimos. ¡Que situación! 

Esa noche no dormí, me mantuve vigilante, armado. Varias veces creí escuchar que rondaban la casa, pero no conseguir ver nada. Por suerte trabajo en mi casa y pudo dormir de día, aunque tuve que inventar excusas tontas. El circo se marchó a los cinco días. En ese tiempo desaparecieron de la ciudad tres personas; nunca se supo qué fue de ellas, aunque yo creo saberlo…

domingo, 7 de diciembre de 2025

Una broma pesada

 Creí que se trataba de una broma pesada. Volvía de pescar, un poco más tarde de lo habitual. Por eso dejé el camino y corté por una arboleda para llegar antes. Tenía mucha libertad pero estando solo aún no podía regresar de noche. Y el sol ya estaba muy bajo.

 En la arboleda había un sendero que ascendía por el terreno, y serpenteaba entre inmensos eucaliptos. Como por la mitad de ese sendero, a un lado de este, donde empezaba un campo, había un viejo panteón. Tantas veces había pasado por allí, que el panteón ya me resultaba tan familiar como los árboles.

Pero esta vez, cuando llegué a esa parte me detuve en seco. Como iba muy atento porque la arboleda se oscurecía rápidamente, el sobresalto no fue tanto. Desde el panteón una voz decía: "¡Abran la puerta! En serio. Si no me dejan salir le voy a decir a mi madre."  Inmediatamente reconocí la voz, porque era muy particular.

No era la de un amigo, solo era un conocido de la escuela y el barrio. Ese solía juntarse con unos bagos, que a veces le hacían bromas pesadas. Solía encontrarlos en el arroyo, aunque esos no pescaban, solo iban a nadar o andaban arrojando piedras y gritando. 

Inmediatamente imaginé que lo habían encerrado allí. Bajé la cabeza y los hombros y suspiré. ¿Para qué se  juntaba con aquellos bagos? Enderecé hacia el panteón.

¡Ya te abro! Grité. La voz no dijo más nada.

La puerta estaba sin candado. Estiraba el brazo hacia la traba metálica, cuando pensé algo. Era Halloween. ¿Y si aquellos bagos querían hacerle una broma a cualquiera que pasara por el lugar? imaginé a todos allí adentro, aguantando la risa, esperando que abriera para gritar a la vez. ¿pero cómo iban a saber que alguien iba a pasar por allí? no era una zona muy transitada. Igual, por las dudas, miré por la pequeña ventana que tenía la puerta.

Primero creí que la oscuridad del interior de la cripta era infranqueable, pero mis ojos se adaptaron, y ahí noté a aquella cosa, a una calavera andante. retrocedí de un salto y enseguida salí corriendo. Atrás empezó a resonar una carcajada cavernosa. 


viernes, 28 de noviembre de 2025

La cosa en la oscuridad

 Estaba iluminando el agua cuando la linterna se apagó. Le saqué y le volví a poner las pilas, la ajusté bien, pero nada, no encendía, y la noche era oscura.  Me encontraba pescando en un arroyo que ahora no veía. Detrás de mí estaba el monte, y en él había un sendero que lo atravesaba en zig-zag: doblaba aquí y allá, se unía a otros senderos que terminaban abruptamente entre ramas enmarañadas, y en un tramo prácticamente había que escalarlo. 

No pensaba pasar toda la noche allí, no estaba preparado, y cada vez enfriaba más.  Utilizando mi encendedor para iluminar, guardé los aparejos (estaba pescando con líneas de mano) y las cosas que había sacado de la mochila. Cuando la llama se apagaba no veía absolutamente nada, ni una estrella titilaba en el cielo, y el monte estaba completamente silencioso.  Me resultó tan raro aquel silencio que no tardó en inquietarme. 

Seguí usando el encendedor y corté algunas ramas; pensaba usarlas como una antorcha, pero la llama del encendedor se extinguió de pronto.  Ahora sí estaba en problemas, y la cosa empeoró. 

Había dejado la mochila frente a mí, al lado de mis pies, y cuando me agaché para agarrarla ya no estaba. La busqué con mis manos, tanteé todo a mi alrededor, pero lo único que conseguí fue llenarme los dedos de lodo. La situación era extraña. Inevitablemente pensé que no estaba solo. Cuando tanteé mi cintura buscando el mango del cuchillo y no lo hallé, el terror comenzó a crecer en mi interior.

Tenía que largarme de allí como fuera.  Con pasos lentos, inseguros, con los brazos extendidos y moviéndolos de un lado al otro, me desplacé por el borde del monte hasta hallar el sendero. Como no veía nada recurrí a mi memoria, pues conozco bien el lugar, y con las manos tocando ramas y troncos conseguí avanzar. Al alcanzar la parte empinada del sendero tuve que apoyarme también sobre las maños, y estaba así cuando una cosa me tomó de pronto de los cabellos. 

Me jalaron los cabellos hacia un lado y al mismo tiempo explotó a mi lado una carcajada chillona y aterradora. Al intentar librarme atrapé un brazo delgado y muy corto, como de niño pequeño. Entonces esa cosa me soltó y se libró de mi agarre fácilmente, y se alejó lanzando carcajadas por el monte.  ¡Que experiencia más aterradora!  

Después no sé cuánto demoré en salir de allí, a mí me parecieron horas. Al alcanzar el campo este estaba claro, el cielo se encontraba despejado y había luna. Pero cuando empecé a alejarme me llevé otro susto atroz. Algo me golpeó la espalda y cayó al suelo. Me volví rápidamente con un grito de terror, y resultó ser mi mochila; la habían arrojado desde el monte. Cuando la revisé no faltaba nada, mi cuchillo estaba dentro de ella, y la linterna y el encendedor funcionaban.