Estaba iluminando el agua cuando la linterna se apagó. Le saqué y le volví a poner las pilas, la ajusté bien, pero nada, no encendía, y la noche era oscura. Me encontraba pescando en un arroyo que ahora no veía. Detrás de mí estaba el monte, y en él había un sendero que lo atravesaba en zig-zag: doblaba aquí y allá, se unía a otros senderos que terminaban abruptamente entre ramas enmarañadas, y en un tramo prácticamente había que escalarlo.
No pensaba pasar toda la noche allí, no estaba preparado, y cada vez enfriaba más. Utilizando mi encendedor para iluminar, guardé los aparejos (estaba pescando con líneas de mano) y las cosas que había sacado de la mochila. Cuando la llama se apagaba no veía absolutamente nada, ni una estrella titilaba en el cielo, y el monte estaba completamente silencioso. Me resultó tan raro aquel silencio que no tardó en inquietarme.
Seguí usando el encendedor y corté algunas ramas; pensaba usarlas como una antorcha, pero la llama del encendedor se extinguió de pronto. Ahora sí estaba en problemas, y la cosa empeoró.
Había dejado la mochila frente a mí, al lado de mis pies, y cuando me agaché para agarrarla ya no estaba. La busqué con mis manos, tanteé todo a mi alrededor, pero lo único que conseguí fue llenarme los dedos de lodo. La situación era extraña. Inevitablemente pensé que no estaba solo. Cuando tanteé mi cintura buscando el mango del cuchillo y no lo hallé, el terror comenzó a crecer en mi interior.
Tenía que largarme de allí como fuera. Con pasos lentos, inseguros, con los brazos extendidos y moviéndolos de un lado al otro, me desplacé por el borde del monte hasta hallar el sendero. Como no veía nada recurrí a mi memoria, pues conozco bien el lugar, y con las manos tocando ramas y troncos conseguí avanzar. Al alcanzar la parte empinada del sendero tuve que apoyarme también sobre las maños, y estaba así cuando una cosa me tomó de pronto de los cabellos.
Me jalaron los cabellos hacia un lado y al mismo tiempo explotó a mi lado una carcajada chillona y aterradora. Al intentar librarme atrapé un brazo delgado y muy corto, como de niño pequeño. Entonces esa cosa me soltó y se libró de mi agarre fácilmente, y se alejó lanzando carcajadas por el monte. ¡Que experiencia más aterradora!
Después no sé cuánto demoré en salir de allí, a mí me parecieron horas. Al alcanzar el campo este estaba claro, el cielo se encontraba despejado y había luna. Pero cuando empecé a alejarme me llevé otro susto atroz. Algo me golpeó la espalda y cayó al suelo. Me volví rápidamente con un grito de terror, y resultó ser mi mochila; la habían arrojado desde el monte. Cuando la revisé no faltaba nada, mi cuchillo estaba dentro de ella, y la linterna y el encendedor funcionaban.
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