viernes, 19 de septiembre de 2025

Terror con payasos

 Uno de los policías miró hacia arriba y comentó bromeando:

—Entonces así nacen los payasos, en un árbol ¡Jaja!

—Más respeto, oficial —dijo una voz que iba llegando a la escena.

El policía se volvió pensando “¿Quién es el atrevido que quiere corregirme?”, pero al ver que era el detective Ortiz, se paró firme y la saludó con respeto. Se encontraban en una arboleda ubicada al costado de un camino de tierra, a muchos kilómetros de la ciudad. En uno de los árboles pendía por el cuello el cuerpo de un tipo disfrazado de payaso de pies a cabeza. 

Una persona lo había visto al pasar y no tenían ningún otro dato. Ortiz observaba todo con sus ojos negros y su mente entrenada. No descolgaban el cuerpo porque era muy evidente que estaba muerto. Una ráfaga fuerte lo hizo moverse y el payaso empezó a hamacarse lentamente. Por la rigidez del cuerpo, el detective calculó que llevaba muchas horas allí. A la a la tarde ya le quedaba muy poco y seguramente se había colgado la madrugada anterior. 

Observando el suelo buscó alguna pista en la zona. Después anduvo mirando entre los árboles, escuchó, miró a lo lejos, se agachó varias veces. Era como un perro buscando una presa. Detrás de la arboleda había un campo. Las pistas indicaban que en todas esas horas ningún tipo de animal se había interesado por el cuerpo, cosa que era un poco rara en un lugar tan apartado como aquel.

 Como nada hacía sospechar que lo hubieran matado, no tenía que quedarse mucho más en la escena, pero él igual se quedó porque su instinto le decía que allí había algo. Cuando bajó el sol, Ortiz le dijo a un policía que llamara de nuevo a la ambulancia porque estaban tardando demasiado. Ahí se enteraron de que la ambulancia se había roto, y tenían que esperar a que se desocupara una.

 De tener una camioneta lo hubieran llevado igual, pero solo andaban en autos. No quedaba otra que esperar, pero como ya no tenía caso dejarlo colgando, Ortiz ordenó que lo bajaran. Estaban en eso cuando uno de los policías gritó:

—¡Me agarró el pelo! ¡Que me suelte! ¡Ayúdenme!

El detective se movió rápidamente y sujetó al cuerpo por la muñeca. No le pareció inerte. La mano estaba bien agarrada al pelo del oficial. Intentando que aquella mano lo soltara, Ortiz forzó el pulgar y este se rompió, pero al hacer eso lo soltó. El oficial, mirando el cuerpo con mucha desconfianza, levantó su gorra y golpeándola unas veces contra su mano para limpiarla dijo:

—Los dedos no se engancharon, me agarró fuerte. No está muerto.

—Vamos a ver —dijo Ortiz. Sacó una linterna pequeña de su cinturón y le iluminó la cara, después le tanteó el cuello—. Está muerto, aunque sí te agarró fuerte. Le quebré el pulgar al hacer fuerza, que conste en el informe. Sé de miembros que al relajarse se mueven, pero esto... Creo que sería mejor si anotan que los dedos se engancharon en el pelo.

Los oficiales estuvieron de acuerdo. El detective le iluminó la cara nuevamente. El maquillaje era completo, una base blanca hasta el cuello y sobre esta unos círculos negros en la boca y los ojos. Como la ambulancia todavía no llegaba y ya estaba muy oscuro, iban a apuntar hacia allí las luces de dos patrullas. Los oficiales iban hacia los vehículos cuando el detective los detuvo, se acercó a uno de ellos y le susurró:

—Deme la linterna más potente que tenga. Hay ruido en el campo, ahí atrás, y estoy seguro de que es gente. 

Ortiz tomó una linterna grande. Los otros no escuchaban nada, pero él tenía mucho oído, y años de experiencia en la naturaleza como cazador. Cuando todos los presentes estuvieron enterados, él dio unas zancadas e iluminó hacia el campo. El potente haz de luz descubrió a varios payasos. Aquella escena de oscuridad alrededor, y unos payasos huyéndole a la luz resultó aterradora. El detective les gritó que se detuvieran, pero estos se desbandaron hacia varios lados. 

Se produjo una persecución a pie, pero como llevaban bastante ventaja no pudieron atrapar a ninguno. Ortiz estuvo cerca de pillar a uno de los payasos, pero este se alejó a mucha velocidad andando sobre sus pies y manos como un animal. Ortiz se detuvo y pensó: “¿Qué diablos son estas cosas?”. Sufrió bastante angustia hasta que todos sus colegas volvieron a reunirse; no quería perder a nadie. 

Lo que sí perdieron fue al cuerpo. Los dos que se quedaron en el lugar, apuntaron las linternas hacia el campo para ayudar a sus compañeros en el momento de la persecución, y cuando volvieron a prestarle atención al cuerpo, ya no estaba. Esa misma noche, Ortiz, otros oficiales y unos perros, siguieron los rastros de los payasos hasta las huellas de un vehículo, pero después perdieron la pista de este al alcanzar una ruta. 

Aunque no podía demostrarlo, él concluyó que aquellos payasos eran alguna especie de comunidad con poderes ocultos, y que necesariamente para entrar en ella había que pasar por la muerte. Habían ido hasta allí para llevarse a su nuevo integrante. Los animales presentían la naturaleza maligna de aquel cuerpo, y por eso no se acercaban. 

No poder demostrar lo que especulaba fue un revés para su carrera, mas, para él fue trascendente. Ya era el segundo caso con implicaciones sobrenaturales que le tocaba. Desde ahí empezó a leer todo lo que encontraba sobre el mundo sobrenatural, mitos y monstruos. La próxima vez que se topara con algo así iba a estar preparado.   

Cuento de terror de payasos. Cuento de Jorge Leal. https://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com


jueves, 18 de septiembre de 2025

Experiencia real inquietante, y video

 ¡Hola! Hace muchos años escribí un cuento de terror que titulé: “El monte embrujado”. Entre los, literalmente, miles de cuentos que escribí, este es uno de los más recordados y queridos por mí. Es porque creé el cuento en torno a algo, a una situación que me pasó. Al hacerlo cuento, le agregué algunos elementos, con el fin de hacerlo más terrorífico. Esto que narro ahora no es el cuento, es lo que me sucedió, sin ningún adorno.

Regresaba de madrugada de cazar armadillos, a pie. Me acompañaba mi perro, Silvestre. Había tomado una carretera hacía ya muchos kilómetros, y los dos armadillos que llevaba en la mochila me parecían cada vez más pesados. Al pasar un pequeño puente decidí descansar en un costado de la carretera. 

A mi izquierda corría el pequeño arroyo que pasaba bajo ese puente. El arroyo tenía, en ambas orillas, el clásico monte franja, unas líneas de árboles nativos. Contra ese monte, frente a donde me senté a descansar, crecía tupido un bosque de eucaliptos

Hacia mi derecha, del otro lado de la ruta, había una luz a unos doscientos metros. Allí se encontraba una pequeña y solitaria casilla, un puesto de control de calidad para lecheros. Nadie se quedaba allí de noche, pero dejaban las luces encendidas. 

Algo de luz llegaba hasta donde me encontraba. solo un poco, lo suficiente para que la vista luchara para distinguir cosas. Observando el borde del bosque, noté algo que me alertó un poco. Era, me pareció, la silueta de un hombre. Entonces experimenté la primera impresión fea. No parecía tener cabeza.

Enseguida pensé que la vista me engañaba. Deduje que el tipo estaría de espaldas a mí y con el torso algo inclinado hacia adelante, y que por eso no veía su cabeza. Seguidamente, creí estar completamente equivocado, que mi mente interpretaba mal aquel bulto. Ahora me pareció que era un tronco de árbol.

 En ese momento venía un vehículo, un auto por la ruta. No había querido iluminarlo con la linterna, por si realmente era alguien. A nadie le gusta que te anden iluminando, y quién sabe que andaba haciendo el tipo, si era alguien. La luz del vehículo me lo mostraría bien.

No había nada, ni persona ni tronco. El auto se alejó y el lugar volvió a estar parcialmente iluminado y confuso. Como fuera, decidí irme de allí, aunque no había descansado casi nada. Entonces mi perro, que había permanecido acostado a mi lado, se levantó apuntando el hocico hacia la arboleda, tenso, olfateando, y repentinamente se lanzó corriendo hacia sus sombras.

No sirvió que lo llamara. Lo escuché correr entre los árboles, hasta que todo volvió a quedar en silencio. Le silbé varias veces, nada, ni un ruido. Tuve que decidir qué hacer. Opté, no sé por qué, por la peor opción, entrar a la arboleda. Me interné en ella linterna en mano, tratando de ver por dónde iba.

El bosque era por demás espeso. Había avanzado muy poco cuando empecé a escuchar algo. Me detuve y saqué el cuchillo que llevaba en la cintura. Era un siseo, un ruido como el que hacen los gatos cuando se enojan y abren grande la boca. ¿Pero siseo de qué era? Se escuchaba mucho más potente y ronco que el de un gato. Y lo peor era, que no podía distinguir de dónde venía.

Giré, iluminé hacia todos lados, el suelo, las ramas y troncos que me rodeaban. No vi nada, aunque sonaba muy cerca. Temí que me saltara en cualquier momento, y yo no sabía qué animal era, si era eso. Imaginé a un coatí, o a un mapache, pero por qué no lo veía. Tenía que salir de lugar. Giré y volví sobre mis pasos, ese creí, porque después de un trecho largo seguía en el bosque. 

Me detuve a considerar mi situación. Ya tenía que haber salido a la ruta, me había desviado, aunque no me explicaba cómo, porque avancé poco hasta que me detuvo el siseo, que por suerte ya no lo escuchaba. 

Un vehículo que pasó por la ruta me orientó. Respiré hondo al salir de aquellas sombras. Volví a donde me había sentado, ya angustiado por no saber de mi perro. Él apareció un rato después, cansado y con la lengua colgando a un lazo de la boca. Me marché de allí. Nunca más utilicé esa zona como lugar de descanso. Y al pasar por ahí otras noches, le colocaba la correa a mi perro.

Esto que acabo de contar son los hechos de esa madrugada, fueran lo que fueran. Cuando, muchos años después, hice el cuento de terror inspirado en esto, le agregué algo que me pareció muy bueno. Ahora reutilicé esa parte para hacer un microcuento que narro en el short de ahí abajo. Si te gustó la historia, y el pequeño short, dale un me gusta, y si te atraen las historias de terror, suscríbete a mi canal. Seguiré subiendo shorts, algunos podcasts y videos. Gracias. Saludos.



domingo, 7 de septiembre de 2025

Pasa La Noche De Halloween En Un Hospital

                                Doctor Halloween

 Adrián estaba por salir a una fiesta de Halloween. Se ponía colonia frente a un espejo, cuando escuchó que en la sala sonó el teléfono. Les gritó a sus padres que atendieran, pero no lo escucharon porque estaban afuera, en el patio. Tuvo que atender él.

Su hermano, Marco, había tenido un accidente. Nada grave, dijeron, pero estaba en observación con algunos traumatismos.

Mientras buscaba un abrigo, vio de reojo el disfraz que dejara sobre la cama. Adiós noche de brujas. Toda la familia fue al hospital.

Marco tenía algunas vendas en la cabeza y la cara, y estaba adormecido por los calmantes. Luego de hablarlo un rato, la familia decidió quién se quedaba a acompañarlo. Primero sería Adrián, que por ser joven podía aguantar bien toda la noche. El acompañante solo tenía una silla al lado de la cama. 

Mientras su hermano dormía, él escuchaba los ecos de la ciudad. El ruido del desfile, fiestas, música aquí y allá. Halloween seguía allá afuera, como si nada.

Se quedó dormido sentado junto a la cama. No supo cuánto tiempo pasó, pero algo lo despertó. De pronto veía unos zapatos negros frente a él. Al levantar la vista, vio a un hombre muy alto, delgado como un poste, con una túnica blanca de doctor. Tenía la piel pálida, nariz y mentón afilados, y una sonrisa tan amplia que parecía dibujada con bisturí. Era calvo y tampoco tenía cejas. 

—Por fin despertaste —dijo el hombre—. Hace rato que te observo. Ahora voy a revisar a tu hermano... a ver si se está por ir al infierno.

Adrián no pudo moverse. El supuesto doctor se acercó a Marco, colocó un estetoscopio sobre su pecho y escuchó, siempre con esa sonrisa congelada.

—Qué lástima —murmuró—. Este todavía está fuerte. Hay dos en la otra sala que ya se fueron al hoyo. Me retiro. Dulces sueños.

Dejó una paleta, un dulce sobre la cama, y salió caminando lentamente. Adrián lo vio cerrar la puerta. Pero, de un instante al otro, estaba mirando al suelo. Levantó la cabeza, confundido. ¿Había soñado todo eso? Se convenció de eso mientras se secaba el sudor frío que le empapaba la frente.

Al amanecer, Marco despertó, balbuceando. Se movió en la cama y algo cayó al suelo. Adrián observó qué era aquello, entonces se horrorizó. Era la paleta, la misma que había dejado el doctor, el que creía parte de una pesadilla.

Para salir de toda duda, preguntó a una enfermera si algún médico había pasado durante la noche, aunque no podía concebir a una persona tan aterradora, y lo que había dicho no era algo propio de un doctor. Ella negó con la cabeza. Nadie hizo rondas, como él ya suponía. Y más tarde se enteró que, en otra habitación, dos pacientes murieron esa noche.

Cuento de terror. Halloween en un hospital.



miércoles, 3 de septiembre de 2025

Visita a unos Parientes y Descubre Que

                                     Ven a La Casa

Cuando Julián llegó al campo, ya era noche cerrada. El camino de tierra estaba más angosto de lo que recordaba, y los árboles parecían haber crecido hacia adentro, como si quisieran tragarse el camino. Llevaba años sin visitar a sus tíos.  Desde que se mudaron a esa zona apartada, donde no llegaba ni señal ni transporte alguno, él solo los había visitado una vez.

Finalmente llegó, ya con el corazón angustiado por la atmósfera extraña del paisaje. La casa estaba ahí, pero no era la misma.  La fachada tenía grietas que parecían cicatrices, y en esas grietas crecían unos curiosos hongos marrones, con forma de trompeta.  

Las ventanas estaban cubiertas con cortinas negras, todas rasgadas, y la luz que salía por debajo de la puerta era de un tono rojizo, que parecía ser de un fuego, pero, no temblaba o vacilaba como lo haría la luz de una llama. 

Golpeó varias veces, cada uno de los golpes con menos energía, porque ya no sabía si querían que lo atendieran. Crecían en él las ganas de largarse, no entendía bien por qué.  

La puerta se abrió sola, con un rechinido largo. Adentro, sus parientes lo esperaban.  Pero no eran sus parientes, ya no.

Su tía Clara tenía los ojos demasiado abiertos, como si no parpadeara desde hace días.  Su tío Ernesto sonreía sin mover los labios.  Y los primos… los primos no hablaban, solo lo miraban, todos al mismo tiempo, como si estuvieran unidos por hilos invisibles.

—¿Julián? —dijo Clara, con una voz que parecía venir de debajo de la casa—. Qué bueno que viniste. Ya casi es la hora.

—¿La hora de qué? —preguntó, con voz temblorosa y sin entrar del todo.

—De que te reconozca la casa.

Julián sintió un escalofrío.  La casa olía a humedad, pero también a algo más… como carne vieja.  En las paredes había fotos familiares, pero los rostros estaban raspados.  Solo quedaban los ojos, y todos los ojos lo miraban.

—¿Dónde está el perro? —preguntó Ernesto, sin mover la boca.

—No traje perro —respondió Julián, aunque no sabía por qué lo decía.

—Siempre traes perro —dijo Clara—. Pero esta vez no. Esta vez viniste solo. Esta vez la casa puede comerte sin testigos. No le gustan los animales.

Julián retrocedió, pero los primos ya estaban detrás de él.  No se movieron, solo estaban ahí, como si hubieran aparecido sin caminar.

—¿¡Qué les pasa!? ¿¿Qué es esto!? —gritó.

—No somos nosotros —dijo Clara—. Somos lo que quedó cuando la casa nos tragó.  

—Y ahora quiere tragarte a vos —agregó Ernesto.

La luz roja se volvió más intensa.  Las cortinas se movieron sin viento, y desde el piso, empezó a subir un murmullo, como si la casa estuviera hablando, como si la casa tuviera hambre.

Julián corrió, pero el camino ya no estaba.  Solo había árboles, y entre los árboles, más casas, todas iguales, todas con luz roja, todas con parientes que no eran parientes.