martes, 2 de septiembre de 2025

Cuento sobre una escuela aterradora

 Las escuelas embrujadas. Se dice que la energía de los niños puede atraer a seres del otro mundo. Entes que se alimentan de ella como parásitos, o viejos fantasmas que encuentran un lugar entre sus muros. Si a este ambiente le sumamos un escenario rural, el resultado puede ser algo muy intenso. Fernando lo probó en carne propia.

                                    La Escuela Silenciosa  

Fernando era inspector de salubridad. En Uruguay, donde algunos niños almuerzan en las escuelas, su trabajo implicaba revisar cocinas, depósitos y comedores. Aquella tarde debía visitar una escuela rural, perdida entre cerros y campos, toda una hora conduciendo por un camino de tierra, y en malas condiciones.

El auto se le atascó en el barro. Fernando apoyó la cabeza en el volante y respiró hondo. Eso lo iba a retrasar más. Y el clima no le iba a facilitar las cosas. Una tormenta se anunciaba con relámpagos lejanos, y un cielo que iba tomando un tono verdoso, muy preocupante. Cuando logró avanzar, ya caía la noche y los relámpagos iluminaban más, y el campo se sacudía inquieto, y hasta la soledad parecía haber huido hacia otro lado. 

Al llegar, la maestra y la cocinera estaban por irse. Le explicaron que no podían quedarse —la tormenta, el camino, la falta de señal— y le señalaron dónde estaba la llave escondida. Se despidieron rápido.

La escuela tenía dos edificios: uno moderno, con el salón principal, y otro más antiguo, una casa de paredes gruesas donde funcionaban la cocina y el comedor. Fernando entró. Se escuchaba la tormenta afuera, pero dentro dominaba un silencio extraño. Primero avanzó algo temeroso. Hizo un esfuerzo para concentrarse y comenzó su inspección. Revisó la cocina, la despensa, tomó notas. Todo estaba en orden. Afuera, la lluvia golpeaba como si quisiera entrar. Las paredes temblaban con los truenos, y fuera el viento aullaba horriblemente en algún lugar. 

Cuando se disponía a irse, escuchó ruidos en el ala vieja. Voces tenues, murmullos, donde hacía un momento solo había silencio. Ahora se escuchaba como si una clase estuviera en curso. Había algo inquietante en aquellos sonidos. Parecían venir de allí pero, a la vez sonaban como ecos lejanos y apagados. Dudó. No podía ser, ya se habían ido todos. Pero no podía irse sin investigar. Se acercó. La mano le temblaba cuando abrió la puerta.

Dentro, había niños sentados en pupitres, unos asientos muy antiguos y destartalados, con telas de araña y polvo. Esos niños voltearon hacia él. Entonces notó que no tenían boca. Solo piel lisa donde debía haber labios, dientes, palabras. Al fondo, la maestra. Un cuerpo huesudo, con piel seca como papel y escasos cabellos grises que flotaban de forma fantasmal. Lo miró. Lentamente se llevó un dedo a la boca arrugada y susurró:

—Ssshhh.

Fernando corrió, aterrorizado. No cerró la puerta, solo escapó.

A la mañana siguiente, no podía dejar de pensar en aquella puerta que dejó abierta, con la tormenta feroz que azotaba esos campos. Temía que hubieran estragos, cosas rotas. Se decidió y llamó a la escuela. Antes que él pudiera decir algo, atendieron y susurraron:

—Ssshhh.

Cuento de escuelas embrujadas. 


jueves, 28 de agosto de 2025

Esto Pasó Jugando A Las Escondidas

           Aquí les presento un cuento de terror sobre un juego inocente, que rápidamente se volvió un misterio aterrador.

                                Jugando A Las Escondidas

            Nunca olvidaré esa fiesta, un cumpleaños, por la extraña situación en la que me vi envuelto. 

Tenía unos siete y ocho años, no recuerdo bien, cuando fui a esa fiesta con mis padres. El cumpleañero era una persona mayor, pero como la mayoría de los invitados tenían hijos pequeños, los niños los superábamos en número.

No era en un club, era en una casa, y aunque la sala era bastante grande, tantos niños correteando entre las mesas, haciendo peligrar botellas y vasos, al final fastidió a los mayores.

La dueña de la casa, con un tono y unos ademanes casi payasescos, nos invitó a todos los pequeños a ir a jugar a un patio interior que había en el fondo. Hasta allí llevaron unos bancos, y una mesa con refrescos y comida. Nos expulsaron, pero amablemente.

De a ratos aparecía un mayor a ver si estaba todo bien. A mí me daba lo mismo, mientras hubiera comida y refrescos.

El patio interior era grande, tenía varios árboles, un aljibe o pozo de agua, y sobre todo muchas plantas. La luz exterior era potente, pero por las plantas y árboles, muchas partes permanecían en las sombras. 

No sé a quién se le ocurrió jugar a las escondidas. Hacía rato que ningún mayor nos controlaba, e íbamos a hacer lo que quisiéramos. Un niño empezó a contar mientras se cubría los ojos y estaba vuelto hacia un muro. 

Nos desbandamos como pájaros, y en un momento el diverso grupo fue desapareciendo entre las sombras. 

Busque un lugar contra la casa, donde las sombras de un rosal prometían ser un buen escondite. Pero el lugar ya estaba ocupado. Una niña estaba agachada frente a una ventana muy baja y grande. Me iba a alejar, pero ella me llamó con la mano, y me hizo otra señal para que pasara por debajo del borde de la ventana. 

No entendí por qué quería eso, mas igual lo hice. Avancé agazapado y así llegué a su lado. Ella tenía puesto un vestido con un moño enorme en la espalda, a la altura de la cintura, era bastante más pequeña que yo, y la sombra del rosal no me dejaba ver bien su cara. 

Cuando estaba por preguntarle qué estaba haciendo, se llevó un dedo a los labios ordenándome que hiciera silencio y, a continuación, se fue levantando hasta que pudo espiar hacia adentro de la casa. Por curioso, hice lo mismo.

Las cortinas de la habitación que espiábamos estaban descorridas. Algo de la luz del patio nos dejaba ver una cama grande, una pequeña mesa de luz al lado de esta, y en el otro extremo un enorme ropero.

No entendía qué estábamos espiando. Le iba a susurrar algo a mi compañera, cuando un movimiento en la habitación hizo que me sobresaltara. Alguien muy pequeño iba saliendo de abajo de la cama, aparentemente un niño. Avanzó furtivamente hasta el ropero, abrió una de las puertas y se metió dentro. 

Aquello me resultaba tan raro, sobre todo por cómo se había movido el pequeño. Se había deslizado hasta el ropero. 

Seguía absorto mirando el oscuro ropero, cuando a mi lado gritaron, ¡encontrado! El susto fue tremendo, y también el grito que dejé escapar. Y justo en ese momento iba llegando uno de los mayores, una mujer.

¿Qué están haciendo ahí? —nos preguntó.

—Estamos jugando a las escondidas, y uno se escondió ahí adentro—le respondí.

—Mentira—intervino el que me encontró—todos estamos afuera.

—No soy mentiroso, ella también lo vio—objeté.

Mas, cuando me volví hacia mi reciente compinche para que ella me apoyara, ya no estaba allí. El que me descubrió volvió a decirme mentiroso, porque según él, a mi lado no había nadie. 

En vano busqué a la del vestido con un gran moño en la espalda, ninguna de las presentes vestía así. Y como ya adivinarán, revisaron aquella habitación, y dentro del gran ropero no había nadie. 

Cuento de terror. Jugando a las escondidas.


miércoles, 27 de agosto de 2025

Cuidado Con Estos Campamentos

 ¡Hola! Aquí tienes un cuento de terror sobre un campamento, uno muy particular. 

                                Acampando Entre Sombras

     Desperté de noche, en mi carpa. Me enderecé hasta quedar sentado mientras escuchaba. Aparentemente ya no me encontraba solo. Descorrí el cierre de la entrada y asomé la cabeza para escuchar mejor. Era, pensé, un campamento, a unos doscientos metros de donde me hallaba. 
Fuera el bosque estaba completamente oscuro. El lago que tenía frente a mí estaba invisible en la misma oscuridad. Solo había un pequeño y tembloroso circulo de luz, lo que quedaba de mi fogata. Agregué unas leñas más.

Los ruidos venían del lado derecho de la orilla. Parecía una pequeña fiesta. De día no había visto a nadie en toda la costa del lago, y al caer la noche aparentemente seguía solo. 
Tenían que haber llegado tarde, cuando ya me había acostado.

 Recorrí la orilla con mi imaginación. Conocía de memoria todo el lugar. No era una buena zona para acampar, y, ¿Cómo habían llegado hasta allí?
El camino (el único que llegaba al lago) se terminaba, o empezaba, si se quiere, bastante lejos de aquella orilla. Se podría llegar en moto, pero de noche, y entre tantos árboles, me resultaba difícil de creer.

 Además, no había escuchado ninguna moto ni vehículo alguno. Podrían andar a pie, pero, cruzar el bosque en esas condiciones, un lugar que incluso de día es complicado. Mas allí estaban, aparentemente de gran fiesta. Se filtraban entre los árboles los brillos de una gran fogata. 

Volví a la carpa, pero no la cerré, y quedé escuchando. 
Ahora los sonidos venían más claros. Mis sentidos estaban aguzados. Las voces parecían ser de mujeres, más exactamente, de ancianas, sobre todo por las carcajadas que lanzaban. Eso no tenía sentido.

 ¿Ancianas, que habían llegado hasta el lugar a pie?
De pronto todo quedó en silencio. Agucé más el oído. Capté de nuevo algunos ruidos. Avanzaban lento y cautelosamente hacia mi campamento. Apartaban algunas ramas, se detenían un instante, pero siempre avanzando hacia mí. Algunos ruidos me impresionaron más, porque sonaban entre las ramas altas.

 Eso hizo que me imaginara a unas viejas muy altas y delgadas, abriéndose camino con brazos finos como ramas y manos enormes. Entonces algo, instinto, o alguna ayuda benevolente, me hizo entender que aquello no era algo natural, que no eran personas, no personas normales.

Cuando salgo a acampar siempre llevo una pequeña biblia. Iluminándola con la linterna empecé a rezar. Creo que nunca lo hice con tanta seriedad. Los pasos furtivos se detuvieron. Escuché algunos rezongos, cuchicheos, y algunos gruñidos aterradores. Pero yo seguí, y confié que el rezo me iba a ayudar. 
Entonces sentí que la atmósfera cambió. Ahora afuera solo estaba la noche. 

El amanecer, el más hermoso que he visto, llegó con fuerza. Esperé que el sol subiera más y fui a investigar. Sin dudas, un grupo había estado allí. La fogata todavía humeaba. El piso estaba lleno de huellas, como si hubieran girado en torno a la fogata. Pero no eran huellas humanas, eran huellas de pezuñas, como de cabras, pero más grandes. 
Acampando entre sombras. Cuento de terror.


martes, 26 de agosto de 2025

Te Despiertan Diciendo Tu Nombre Y No Hay Nadie

 Escuchas con toda claridad que te llamaron por tu nombre, respondes, y nada, no hay nadie.

Esto generalmente ocurre cuando estamos a punto de dormirnos, o cuando despertamos. Me ha pasado varias veces. ¿Qué dice la ciencia sobre esto? 

Han descubierto que le sucede a mucha gente, que es algo bastante común. Es como una “alucinación” auditiva. Esto suele pasar cuando no estamos durmiendo por un tiempo, o durante algún trastorno del sueño. También lo asocian a mentes con mucha imaginación y sensibilidad sensorial. Entre otros factores se incluye el estrés, y consumo de substancies malas, de las que no debemos consumir, se entiende.

Pero si estás pensando que puede ser algo más, algo no tan de este mundo, bueno, veámoslo. 

Mayormente escuchamos nuestro nombre, pero puede ser alguna frase, una palabra suelta, a veces son como murmullos, o directamente algo te grita como queriendo asustarte. Me pasó una vez y me dio un susto tremendo, porque lo escuché al lado de mi oreja. Me encontraba acostado de lado y lancé un codazo pensando que alguien estaba inclinado sobre mí. Le di al aire, no había nadie.

Aunque creo en la explicación de la ciencia, cuesta entender que nuestra mente nos quiera dar un susto gratuito. Claro, suele hacerlo en las pesadillas. Sobre las pesadillas escribiré en otra entrada. De todas formas, las pesadillas no suelen impactar tanto, porque es más fácil asociarlas a la actividad mental. Pero esas voces que parecen estar allí afuera, es otro nivel.

Lo que sea, el susto es real. Por eso, ¿qué podemos hacer contra eso? Lo primero que sin dudas ayuda, es dormir mejor. Prepararse para dormir. Dejar de ver la tele una hora antes, internet, no mirar el celular. Darle un tiempo a la mente para que se vaya preparando. Si la saturas con montones de videos, series, películas, entradas de blogs... y luego te acuestas, la mente sigue sobreexcitadla, sobre estimulada. No puedes esperar que se “apague” inmediatamente. Si dormimos mal una noche, no pasa nada, el problema puede venir cuando se acumulan muchas noches.

También convendría comer más liviano por la noche. Si se puede, no hacer ejercicios muy tarde, no hacer pesas o algo muy exigente. Cuando el sueño no viene por pensar mucho, practicar ejercicios de relajación y de concentración. Sobre todo, recomiendo esto último. 

Una mayor conciencia, una mente más concentrada en el “aquí y ahora” es más fuerte, es nuestra mejor defensa. 

Considero que igualmente ayuda pensar que, si alguno de esos fenómenos no son solo algo de la mente, las cosas que los producen no pueden ser nada fuertes. Piénsalo, solo pueden decir algunas palabras, un ¡aahhh!, y ya, se les terminó la energía. Que patéticos ¡jaja! No da para tener miedo. No les demos energía, fenómenos de la mente o lo que sean. Nosotros somos más que eso, somos más fuertes. Saludos y dulces sueños. Jorge Leal.

Te despiertan diciendo tu nombre, no hay nadie.