miércoles, 4 de febrero de 2026

La Peste

 Oscuridad sobre oscuridad era aquella noche, cielo nublado y silencio aplastante. En aquella zona despoblada la oscuridad persiguió largamente a una camioneta que la desafiaba con sus luces. Era un vehículo policial y en él viajaban los oficiales Hernán y Óscar. Recorrían un camino rural que no era más que una huella entre dos alambrados e iban callados porque el silencio  de la noche era contagioso. De pronto las luces del la camioneta alcanzaron a un hombre que caminaba por el costado del camino en el mismo sentido que iban ellos.

"La Peste" cuento de terror. 


—¿Y este quién diablos será? —preguntó Óscar.

—Vamos a ver. Volteó hacia nosotros. No dejó de mirarnos enseguida, así que no debe ser un delincuente. Igual ahora va a aprender a tenerle miedo a la policía —dijo Hernán y frenó el vehículo al lado del tipo. 

Bajaron pero no lo encararon juntos, Óscar fue por atrás para ubicarse en un lado donde el sujeto no pudiera verlos a los dos. Las luces del vehículo iluminaban aquella escena y los tres tenían unas sombras larguísimas que se perdían en el campo que se hallaba más allá del alambrado. El tipo, que parecía ser joven y tenía un aspecto que no resaltaba en nada, los miró con cierta sonrisa y saludó:

—Buenas noches, oficiales.

—¿Usted qué anda haciendo aquí? —le preguntó Hernán con tono prepotente y sin saludar.

—Nada, solo camino hacia allá —respondió el tipo con una voz tranquila.

—¿Dónde es hacia allá? Rumbo a ahí no hay nada.

—Hay una ruta.

—Pero está muy lejos de acá —intervino Óscar.

—Si está tan lejos pueden llevarme entonces —comentó entonces el sujeto. Las sombras de los policías se movieron inquietas.

—Así que te crees muy gracioso —lo sentenció Hernán, y avanzó un paso con el cuerpo medio echado para atrás y las manos en el cinturón, la derecha cerca del revólver. 

—No, solo dije que podían llevarme si quieren.

—A la comisaría te vamos a llevar, por chistoso. A ver, ¿qué llevas en ese bolso? Dámelo.

El tipo lo llevaba colgado en el hombro. Era un bolso hecho a mano con tela de jean. Cuando el oficial lo tomó lo hizo por la parte de abajo y lo volteó tirando todo lo que había en él.

—¡Uh! Se cayeron las cosas ¡Jajaja! —se burló Hernán—. ¿Cómo te llamas? Nombre y apellido. 

—Andronikos Patsatzoglou.

—¿Qué, nos estás tomando el pelo?

—No, ese es mi nombre —afirmó el tipo con un tono firme pero sereno mientras juntaba sus cosas y las ponía en el bolso.

—¿Y de dónde diablos eres?

—Nací en la antigua Grecia.

—Ah, un griego, sí, sé que por ahí tienen esos nombres raros. Mira, los productores de por estas zonas no quieren a vagabundos rondando cerca de sus animales.

—¿Por qué? Un hombre a pie no puede robar una vaca? —preguntó Andronikos tras levantar el último objeto.

—¿Por qué? ¿Escuchaste eso, Óscar? El señor acá quiere saber por qué. Te lo voy a responder. ¡Porque quieren y pueden! Nosotros nunca vimos a un cuatrero, pero hemos ahuyentado de los campos a cantidad de gente. ¿Por qué? Porque los productores nos pagan para eso, y nuestros jefes lo saben. ¿No te gusta eso? ¡Jódete! Así es la vida. Y aunque nunca hayas lastimado una vaca en tu vida igual te vamos a correr de aquí. 

—Pero en mi caso no soy inocente. Me alimento de vacas aunque sin matarlas, solo las desangro un poco, después se apestan y mueren en grandes cantidades —les confesó Andronikos sonriendo ampliamente—. Además a lo largo de mi existencia he matado a miles de personas. Y oficiales, créanme que en todo este tiempo he aprendido mucho de la anatomía humana, y por molestarme ustedes van a sufrir como pocas personas han sufrido en la historia de la humanidad ¡Jajaja! 

Los oficiales se miraron y después intentaron sacar sus armas, pero el vampiro era tan rápido que en un instante los dos quedaron boquiabiertos y mirando sus manos vacías. Y apenas intentaron huir hacia el vehículo les dio un golpe que los noqueó. Despertaron atados a un poste de alambrado y allí comenzó su martirio. Como no volvieron a la comisaría otros policías salieron a buscarlos y hallaron el vehículo cuando ya había amanecido. 

El primer oficial que vio sus restos era un joven y se desmayó casi en el acto. Los más acostumbrados a ver cosas horribles desviaron sus miradas y después se pusieron a vomitar. También los forenses que examinaron los restos se horrorizaron porque comprendieron lo mucho que habían sufrido aquellos dos. Y un tiempo después una plaga mortal azoló toda aquella región liquidando a casi todo el ganado, además desaparecieron muchas personas. 

lunes, 26 de enero de 2026

Terror exterior

 El día de los muchachos avanzaba como cualquier otro, aunque una suerte terrible los acechaba.  

Los hermanos Alejandro y Marcelo, acostados sobre el pasto, observaban las curiosas formas de las nubes que se iban amontonando en el cielo. Marcelo creyó ver algo en una nube particularmente oscura. Cuando abrió la boca para decir algo, la forma ya se había diluido en la cambiante nube. Ambos notaron que se estaba formando una tormenta, pero no se preocuparon porque su casa no estaba muy lejos, y no parecía que fuera a llover inmediatamente.

 A unos metros de ellos corría un arroyo, ahora oscurecido por la sombra del monte de la otra ribera. Los muchachos habían nadado en él, y ahora, tendidos sobre el pasto, disfrutaban de la brisa perfumada por el monte que pasaba por momentos sobre ellos. Pero contrastando con la calma de esa ribera, arriba las nubes pasaban acarreando sombras que se iban acumulando en el monte cercano. Y el campo, por momentos estaba inmóvil, para de pronto sacudirse con mil rumores. 

De repente los hermanos se levantaron a medias, quedando apoyados en sus codos, y recorrieron los alrededores con la mirada. Ahora habían sentido muy fuerte la sensación de ser observados. Entonces estalló algo como un relámpago, y de un momento al otro, la pradera, el arroyo y el monte, eran todo lo que había allí.

Marcelo despertó en una oscuridad horrible. Sentía que tenía los ojos abiertos pero no veía absolutamente nada. Intentó gritar pero no pudo. Recordaba todo hasta el momento donde presintieron que los observaban, pero no sabía qué pasó después, y por qué se encontraba ahora en esa oscuridad. Empezó a usar sus otros sentidos. Estaba acostado sobre algo frío y liso. No podía mover los pies ni las manos. El aire era raro, le recordó enseguida al olor a desinfectantes que hay en los hospitales. Pero era diferente, eran olores nuevos, y eso le causó una inquietud mayor. No se encontraba en un hospital.

 Escuchó con atención, entonces empezó a crecer el terror. Eran sonidos sutiles que lo rodeaban ¿Pero qué eran esos sonidos?

Primero imaginó que eran dispositivos dejando escapar o liberando algo de aire. Después se le erizó la piel al pensar que eran respiraciones, y se horrorizó más al concluir que no eran humanas. Parecían salir de fosas nasales muy grandes. En ese momento imaginó a seres con dos enormes orificios goteantes en la cara, y otra versión con una especie de trompa fofa y temblorosa. Esto lo asustó tanto que se estremeció, y eso desató una serie de sonidos horribles y repugnantes, que claramente eran carcajadas. Obviamente lo estaban observando. No veía por algo que tenía en los ojos, no porque estuviera oscuro.

Sintió entonces un nuevo nivel de terror, uno que nunca había experimentado. Los seres que lo retenían allí se fueron alejando, todavía entre algunas carcajadas horribles, hasta que todos desaparecieron. En esa situación de máximo terror, cada segundo le parecía una eternidad. 

Volvieron los sonidos. Una de las respiraciones horribles, un muy leve chirrido, como de ruedas, y enseguida notó otra respiración, y esta parecía humana. El ser que Marcelo no quería imaginar, pero inevitablemente lo hacía, se alejó hasta que no se lo escuchó más. Los segundos seguían interminables por causa del miedo. Cualquier ruido lo hubiera hecho estremecerse, y este nuevo lo hizo, aunque era una voz familiar.

-¿Quién está ahí? -preguntó la voz de Alejandro, su hermano. Marcelo creyó que no podría responder, mas ahora sí pudo hablar.

-Soy yo, Marcelo.

-Marcelo, hermanito. Ojalá no te hayan hecho lo mismo que a mí. 

-¿Qué...qué te hicieron?-preguntó Marcelo lagrimeando.

-No sé bien, pero me siento muy liviano, muy liviano, como vacío. 

Al escuchar eso, Marcelo experimentó unas nauseas terribles, y aunque era un sentimiento confuso, agradeció no poder ver. Pero en ese momento una criatura, un extraterrestre que estaba viendo todo, sonrió horriblemente, tocó algo en una extraña consola, Y Marcelo recuperó la vista. volteó hacia su hermano y empezó a gritar enloquecido de terror. La nave extraterrestre donde estaban cautivos se movió entre las nubes, se elevó y enseguida se perdió en el cielo. 

Terror Exterior. cuento de terror de extraterrestres.


domingo, 25 de enero de 2026

Nubes raras en el cielo.

 Hola. ¿Crees en OVNIS? Sin entrar en debates sobre si existen o no, sin dudas son un tema excelente para la ficción. Cuentos, novelas, películas, series... El tema extraterrestre da para mucho. Al terror le viene como añillo al dedo. Por lo tato no pueden faltar en este humilde blog, y es un tema que también voy a usar en Youtube, donde voy a subir algunos shorts y videos sobre esto. Tal vez también en alguna otra plataforma, o solo en otra plataforma, no lo decidí todavía. 

Como sea, aquí va un pequeño short, que es la presentación, el inicio de una historia más larga que subiré en algún lado próximamente, en estos días. Gracias por pasar por aquí. Saludos.



sábado, 24 de enero de 2026

En el matadero 2

 No pensaba liquidarlos esa noche, pero tuve que adelantar mis planes.  Por el momento los tres, Sergio, Silvia y Rosa, estaban aterrados, pero seguramente después vendrían las preguntas. La advertencia del fantasma primero les parecería sin sentido, después se darían cuenta, ¿Qué sabían de mí?, nada. Pero por supuesto, no podrían culparme de nada, mas cabos sueltos son cabos sueltos. 

Salimos del matadero en el vehículo y me detuve en el patio. Ellos insistieron en que siguiera, pero los convencí que no era seguro continuar con aquel clima, y que el fantasma no podría salir del matadero. 

Siempre fui un admirador del buen acero, y soy algo obsesivo al afilar, pero lo justifica lo mucho que facilita las tareas. 

Desde el asiento de atrás, Sergio y Silvia, si es que vieron el movimiento, habrán creído que le sequé una lágrima a Rosa (estaba llorando de miedo). Cuando se tomó el cuello y parecía ahogada preguntaron qué pasaba, y Silvia se asomó detrás de mí. Otro corte rápido y limpio. Esta vez Sergio se dio cuenta de lo que pasaba. Silvia cayó sobre él y empezó a teñirlo de rojo.  Sergio pudo atacarme por detrás, pero prefirió salir del auto y correr hacia la tormenta. Aquello iba a ser aburrido. 

Corrió unos metros y resbaló en el lodo, intentó levantarse y cayó de nuevo, mala suerte. Cuando volvió a pararse ya me encontraba encima de él. Mi navaja volvió a hacer estragos.  Aproveché la lluvia para que la hoja quedara limpia, y la vi brillar tras un relámpago. 

Lo arrastré hasta el auto y lo metí adentro. Cuando subí el piso estaba pegajoso. Rosa Y Silvia ya no se movían. Antes de marcharme miré hacia el matadero; el fantasma estaba en el umbral, mirándome. 

Esa noche confirmé mis sospechas sobre los fantasmas, cosa que no me gustó nada. Ya había tenido experiencias, pero creí que eran cosas de mi mente, tal vez de un rastro de consciencia que intentaba atormentarme. Mas ahora los otros también lo habían visto, y el fantasma hasta había hablado, toda una novedad para mí. Intuí que aquel ente sacaba energía de la tormenta.  

Desanduve el camino unos kilómetros, luego doblé hacia la derecha. La tormenta no aflojaba ni un poco. No demoré en toparme con otro puente sobrepasado por el agua. Nuevamente doblé hacia la derecha en otro camino. Si seguía así no iba a llegar a ninguna parte, todavía seguía en la zona. 

Mi disgusto fue grande cuando vi que ese camino también doblaba a la derecha. 

Me detuve un momento a pensar. La situación se iba complicando. Me arrepentí de haber parado al lado del matadero. Golpeé el volante con las dos manos, ya furioso, y cerré los ojos unos segundos. Los abrí en el momento del estallido de un rayo, y Rosa, que estaba a mi lado, sonreía con malicia mientras me miraba. Por el retrovisor vi que Silvia y Sergio También me miraban sonriendo.   No voy a mentir, se me erizaron los pelos de terror. Pero tras un instante volvieron a estar muertos. 

Continué con la esperanza de encontrar un camino que me sacara de la zona.  No mucho después las luces del auto enfocaron una construcción, y unos relámpagos aclararon qué era: de nuevo estaba frente al matadero. Era la parte trasera del edificio, y también tenía un portón enorme que estaba abierto, y allí estaba el fantasma. Su silueta blancuzca parecía temblar y hamacarse con rapidez.   

En ese momento sentí un escalofrío espantoso.  Tenía que irme de allí, tomar lo que pudiera de mis pasajeros y enfrentar la tormenta a pie, ya no podía seguir en aquel auto.  Pensaba en eso cuando sentí algo muy particular. ¿Aquello sería el filo de mi navaja, en mi cuello?  La sostenía la mano de Silvia, su fantasma.  Salí del auto agarrándome el cuello y caminé bajo la tormenta. Recuerdo rodear el edificio, salir al patio donde estacionara primero el auto, y que al llegar al camino me encandiló una luz, después fue todo una confusión de recuerdos a media entre sombras y cosas desdibujadas.   Desperté horas más tarde en un hospital. Irónicamente, la herida que casi me mató desvió la investigación, y pasé a ser otra víctima de un asesino que le describí vagamente a la policía, y se creyeron mi cuento. 

Esa noche fue tan particular que sentí la necesidad de contarla, y la narré en esta pequeña crónica. 

Una de las enfermeras que me atendía me sonríe mucho, y siempre me habla hasta que la llaman. Creo que voy a invitarla a un viaje, eso si sobrevivo al hospital, pues ahora que no estoy medicado he percibido que aquí está lleno de fantasmas. 

Ya casi es de noche, y el hospital empieza a quedar silencioso…


jueves, 22 de enero de 2026

En el matadero 1

 Un rayo convirtió la noche en día al darle a un árbol, y gran parte del árbol estalló. Vimos aquello desde el auto, y el estremecimiento y el susto fueron grandes.  El vehículo era viejo y el piso no estaba bien aislado; si caía un rayo sobre nosotros sería nuestro fin. 

Éramos cuatro los que viajábamos: Sergio, Silvia, Rosa y yo. La tormenta era infernal, y la actividad eléctrica ensordecedora, pues caían rayos aquí y allá.   Yo iba condiciendo. Resbalaba tanta agua por el parabrisas que a duras penas veía el camino.  Las luces de la tormenta anunciaban los estallidos de los rayos, pero igual uno se estremecía. 

Al llegar a un tramo que reconocí a pesar de la confusión que provocaba la tormenta, apareció de pronto en un costado del camino una fachada enorme llena de ojos cuadrados y con una enorme boca: era el viejo matadero, un frigorífico abandonado. 

Yo luchaba por ver qué había adelante. Me pareció distinguir una correntada y frené de golpe, y todos se fueron hacia adelante bruscamente, y enseguida Rosa me reprochó: 

-¿Qué fue eso? Casi me doy de cara contra el tablero. 

-Disculpa, pero tuve que frenar. Mira lo que hay ahí.

Donde debía estar un puente solo había una correntada turbulenta, y no se veían ni las barandas. El arroyo había desbordado. 

-¿Y ahora qué hacemos? -me preguntó Sergio. 

-Lo primero es salir de aquí, porque dentro de un rato el agua va a llegar a donde estamos. 

-¿Será? -dudó Silvia -que ahora miraba la correntada casi asomándose por sobre mi hombro. 

-Sí, he visto muchas crecientes -le contesté-, y con todo lo que está lloviendo ahora… 

Retrocedí unos metros y doblé. El camino era muy angosto, y no quería parar allí. El lugar más próximo que había era el patio del matadero. Al detenerme en el patio Rosa preguntó: 

-¿Vamos a quedarnos aquí hasta cuando? 

-Supongo que toda la noche. Volver a la ciudad con este tiempo es muy peligroso, y quién sabe si no se cortó otro tramo más adelante. Lo que queda es tratar de dormir. ¿A alguien se le ocurre algo mejor? 

- ¿Y si metemos el vehículo ahí? Eso está abandonado, ¿no? -propuso Silvia. 

En ese momento pensé que hubiera sido mejor que no me lo preguntaran. No quería entrar al matadero, pero la tormenta eléctrica era muy intensa, y en aquel vehículo…

Hice un semicírculo en el patio y entramos por la enorme boca del matadero, un portón que ahora permanecía siempre abierto.   El edificio estaba completamente desmantelado, y ya no había ventanas ni puertas, solo huecos cuadrados.  Las luces del vehículo descubrieron un lugar muy amplio, vacío, sucio.  En la vastedad del lugar había unas columnas que se elevaban hasta unas vigas que atravesaban el ancho del lugar, eso mostraron los relámpagos que entraban por las altas aberturas, y mi mente me hacía ver cómo fue el lugar en el pasado, porque lo conocía.  

-Este lugar da miedo -comentó Silvia-. ¿Y si lo recorremos? Puede ser emocionante.  

-Mejor nos quedamos dentro del auto. Seguro que hay cosas donde tropezar, debe estar goteando, el techo debe estar todo mal… No hay que salir -opiné, y esperé que fueran sensatos. 

- Vamos, puede ser divertido -dijo Sergio. 

- Voy también -se unió Rosa. Ahora yo tenía que acompañarlos. 

Tenía dos linternas en la guantera, salimos del vehículo y le di una a Sergio, y empezamos a avanzar. Los relámpagos seguían mostrando fugaces imágenes del lugar. 

-Es todo muy precario -les dije-. Quién sabe cuándo se va a venir algo abajo. Mejor volvamos. 

-¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? -me preguntó Sergio, y alcancé a escuchar que Silvia ahogaba una risa. A Rosa la delató un relámpago, también le parecía gracioso. 

-Sergio, te lo voy a contestar otro día -le dije. 

-Amigo, no era para que te enojaras. 

-¿Enojarme? ¡Jajaja! No, para nada, no me conocen enojado. 

Creo que Rosa quiso cortar el asunto allí, y salió comentando una historia que conocía del lugar: 

-Dicen que aquí acabaron a un tipo, y que hicieron con él lo mismo que con las vacas.

-Habladurías -le dije-. Cuentos de terror que surgen de quién sabe que qué mentiroso. 

-No, esto pasó, porque mi madre lo escuchó en la radio. Raúl, Tú tienes bastante edad, ¿No recuerdas nada del asunto? -me interrogó Rosa. 

-Como que me estás llamando de viejo. Eso que dice tuyo, ¿eh? Porque sales conmigo ¡Jaja! No, no recuerdo nada. 

Por suerte dejó de preguntar y seguimos. Pasamos frente a una de las viejas cámaras. Sergio la iluminó y vimos que estaba vacía, pero cuando desvió el haz de luz hacia otro lado, de la oscuridad de la cámara surgió una especie de ronquido, una respiración de fuelle, y reconocí el sonido que emite un degollado, y una silueta blancuzca avanzó hacia nosotros extendiendo un brazo hacia adelante.  Y aquella respiración se convirtió en una voz, y dijo entre ronquidos: 

-¡Aléjense de él, no confíen en él! ¡Aaagggh! 

Apenas la voz calló las mujeres gritaron, creo que Sergio también. Después corrieron despavoridos hacia el vehículo, y yo iba atrás de ellos, maldiciendo en silencio al fantasma delator que casi arruinó mis planes. 

Continúa.   


miércoles, 21 de enero de 2026

Vamos al circo

 Estábamos festejando no sé qué, era confuso. Me encontraba sentado frente a uno de los extremos de una mesa grande. La mesa estaba rodeada de parientes, amigos y unos conocidos. Todos comían, bromeaban y reían. Era una situación agradable hasta que alguien puso la mano sobre mi hombro, y cuando lo miré, era un amigo que murió hace años.  Aquella presencia me sorprendió enormemente, y todos se echaron a reír al tiempo que me miraban. 

¿¡Qué estaba pasando!? ¿Cómo podía ser aquello…? Entonces repentinamente me di cuenta que soñaba: era una pesadilla. Después el muerto se alejó hacia una puerta, y al irse la dejó abierta, y por ella entraron unos payasos grotescamente deformados. Cada uno de los payasos monstruosos me miró con una sonrisa retorcida y malévola. El maquillaje blanco que tenían en la cara resaltaba unas arrugas profundas como tajos, y por pelucas tenían lo que parecían ser cabelleras ajenas. 

¡Que situación tan aterradora! Incluso ahora, al evocar el terror que sentí esa vez me siento muy mal.  De un momento a otro todos eran payasos monstruosos. Intenté levantarme pero no pude, la mesa me aprisionaba. Cuando todos empezaron a acercarse, supuse que la pesadilla estaba por terminar, porque no podían hacerme nada. Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir estaba en mi cama.  Entonces suspiré hondo, pero el alivio no duró mucho, pues vi algo por el rabillo del ojo, y cuando miré hacia la ventana, ésta se encontraba llena de payasos que me miraban desde afuera, y súbitamente las cabezas de otros salieron de abajo de la cama lanzando carcajadas cavernosas. Después de ese último susto me desperté en la realidad: la pesadilla había terminado.  

Llegó la mañana y seguía pensando en la pesadilla. ¿Por qué había soñado con payasos si no les tengo miedo? Especulaba sobre mi pesadilla cuando Roxana llegó de hacer las compras. Me mostró dos papeles que tenía en la mano y me dijo: 

-A que no adivinas qué son.

-No tengo ni la menor idea -le dije.

-Entradas para el circo. Llegaron ayer. ¡Que emoción, hace años que no voy a uno?

-Entradas para un circo… que sorpresa. Un circo… donde siempre hay payasos…

-¿Les tienes miedo? ¡Jaja!

-¿Miedo yo? 

-Lo dije en broma. Las entradas son para la función de la noche.

En ese momento sentí mucha curiosidad. ¿Sería una coincidencia absurda? Presentía que no lo era, pero de todas formas fuimos al circo. 

Ya dentro de la carpa, Roxana me sonreía y se pegaba a mí, pues yo no le soltaba la mano; no quería perderla entre el público: algo me decía que el lugar era peligroso.  

No demoré en ver el primer payaso.  Caminaba entre la pista y las gradas. No era tan grotesco como los de la pesadilla pero parecía ser alguien muy viejo. Tenía puesto los clásicos zapatos de payaso, un calzado extremadamente largo. Lo observé con tanta atención que noté que en la punta del zapato, que estaba algo rota, sobresalía una uña puntiaguda y negra. Ningún humano podría tener el pie tan largo. 

En ese mismo instante el payaso se volvió hacia mí y me miró fijo, como si se hubiera dado cuenta de que lo descubrí. Levantó el labio superior como si estuviera gruñendo y se fue caminando rápido. 

Después de eso no quería quedarme ni un minuto más allí. Le dije a Roxana que me sentía mal y nos fuimos. ¡Que situación! 

Esa noche no dormí, me mantuve vigilante, armado. Varias veces creí escuchar que rondaban la casa, pero no conseguir ver nada. Por suerte trabajo en mi casa y pudo dormir de día, aunque tuve que inventar excusas tontas. El circo se marchó a los cinco días. En ese tiempo desaparecieron de la ciudad tres personas; nunca se supo qué fue de ellas, aunque yo creo saberlo…

domingo, 7 de diciembre de 2025

Una broma pesada

 Creí que se trataba de una broma pesada. Volvía de pescar, un poco más tarde de lo habitual. Por eso dejé el camino y corté por una arboleda para llegar antes. Tenía mucha libertad pero estando solo aún no podía regresar de noche. Y el sol ya estaba muy bajo.

 En la arboleda había un sendero que ascendía por el terreno, y serpenteaba entre inmensos eucaliptos. Como por la mitad de ese sendero, a un lado de este, donde empezaba un campo, había un viejo panteón. Tantas veces había pasado por allí, que el panteón ya me resultaba tan familiar como los árboles.

Pero esta vez, cuando llegué a esa parte me detuve en seco. Como iba muy atento porque la arboleda se oscurecía rápidamente, el sobresalto no fue tanto. Desde el panteón una voz decía: "¡Abran la puerta! En serio. Si no me dejan salir le voy a decir a mi madre."  Inmediatamente reconocí la voz, porque era muy particular.

No era la de un amigo, solo era un conocido de la escuela y el barrio. Ese solía juntarse con unos bagos, que a veces le hacían bromas pesadas. Solía encontrarlos en el arroyo, aunque esos no pescaban, solo iban a nadar o andaban arrojando piedras y gritando. 

Inmediatamente imaginé que lo habían encerrado allí. Bajé la cabeza y los hombros y suspiré. ¿Para qué se  juntaba con aquellos bagos? Enderecé hacia el panteón.

¡Ya te abro! Grité. La voz no dijo más nada.

La puerta estaba sin candado. Estiraba el brazo hacia la traba metálica, cuando pensé algo. Era Halloween. ¿Y si aquellos bagos querían hacerle una broma a cualquiera que pasara por el lugar? imaginé a todos allí adentro, aguantando la risa, esperando que abriera para gritar a la vez. ¿pero cómo iban a saber que alguien iba a pasar por allí? no era una zona muy transitada. Igual, por las dudas, miré por la pequeña ventana que tenía la puerta.

Primero creí que la oscuridad del interior de la cripta era infranqueable, pero mis ojos se adaptaron, y ahí noté a aquella cosa, a una calavera andante. retrocedí de un salto y enseguida salí corriendo. Atrás empezó a resonar una carcajada cavernosa. 


viernes, 28 de noviembre de 2025

La cosa en la oscuridad

 Estaba iluminando el agua cuando la linterna se apagó. Le saqué y le volví a poner las pilas, la ajusté bien, pero nada, no encendía, y la noche era oscura.  Me encontraba pescando en un arroyo que ahora no veía. Detrás de mí estaba el monte, y en él había un sendero que lo atravesaba en zig-zag: doblaba aquí y allá, se unía a otros senderos que terminaban abruptamente entre ramas enmarañadas, y en un tramo prácticamente había que escalarlo. 

No pensaba pasar toda la noche allí, no estaba preparado, y cada vez enfriaba más.  Utilizando mi encendedor para iluminar, guardé los aparejos (estaba pescando con líneas de mano) y las cosas que había sacado de la mochila. Cuando la llama se apagaba no veía absolutamente nada, ni una estrella titilaba en el cielo, y el monte estaba completamente silencioso.  Me resultó tan raro aquel silencio que no tardó en inquietarme. 

Seguí usando el encendedor y corté algunas ramas; pensaba usarlas como una antorcha, pero la llama del encendedor se extinguió de pronto.  Ahora sí estaba en problemas, y la cosa empeoró. 

Había dejado la mochila frente a mí, al lado de mis pies, y cuando me agaché para agarrarla ya no estaba. La busqué con mis manos, tanteé todo a mi alrededor, pero lo único que conseguí fue llenarme los dedos de lodo. La situación era extraña. Inevitablemente pensé que no estaba solo. Cuando tanteé mi cintura buscando el mango del cuchillo y no lo hallé, el terror comenzó a crecer en mi interior.

Tenía que largarme de allí como fuera.  Con pasos lentos, inseguros, con los brazos extendidos y moviéndolos de un lado al otro, me desplacé por el borde del monte hasta hallar el sendero. Como no veía nada recurrí a mi memoria, pues conozco bien el lugar, y con las manos tocando ramas y troncos conseguí avanzar. Al alcanzar la parte empinada del sendero tuve que apoyarme también sobre las maños, y estaba así cuando una cosa me tomó de pronto de los cabellos. 

Me jalaron los cabellos hacia un lado y al mismo tiempo explotó a mi lado una carcajada chillona y aterradora. Al intentar librarme atrapé un brazo delgado y muy corto, como de niño pequeño. Entonces esa cosa me soltó y se libró de mi agarre fácilmente, y se alejó lanzando carcajadas por el monte.  ¡Que experiencia más aterradora!  

Después no sé cuánto demoré en salir de allí, a mí me parecieron horas. Al alcanzar el campo este estaba claro, el cielo se encontraba despejado y había luna. Pero cuando empecé a alejarme me llevé otro susto atroz. Algo me golpeó la espalda y cayó al suelo. Me volví rápidamente con un grito de terror, y resultó ser mi mochila; la habían arrojado desde el monte. Cuando la revisé no faltaba nada, mi cuchillo estaba dentro de ella, y la linterna y el encendedor funcionaban.

jueves, 27 de noviembre de 2025

El Exorcista

 Leonardo se estremeció en su sillón. ¿Habían golpeado la ventana? Él había movido su asiento hasta enfrentarlo con la chimenea, y con las piernas estiradas hacia el reconfortante calor de las llamas estaba abocado a la lectura de una novela. Tras escuchar el ruido que sonó detrás de él, pues le estaba dando la espalda a la ventana de la sala, apartó la vista del libro y enderezó la cabeza. 

Aunque el ruido lo alarmó, sonrió después al pensar que solo era la tormenta que había azotado alguna rama del jardín contra el vidrio. Fuera se retorcía una tormenta atroz, con cortinas de agua cayendo de lado por el viento que rugía, bufaba o susurraba por todas partes.

Leonardo le había pedido expresamente a Martín, el veterano que desmalezaba el jardín a veces, que cortara las ramas del jazminero que se habían extendido hacia la ventana. Pensando en eso, desatendió el libro nuevamente. “Martín sí lo hizo”, recordó. “Entonces, si no fueron las ramas...”. Cuando pensaba en eso escuchó de nuevo unos golpecitos. 

Se alarmó bastante. Por los intervalos del golpeteó parecía el llamado de una persona, mas el sonido se escuchaba como si golpearan con algo mas duro que la mano, con... las uñas, tal vez. Cuando el sonido volvió a insistir, Leonardo se levantó bruscamente. Golpearon de nuevo. Ya no tuvo dudas, algo quería llamarle la atención. Se volvió lentamente. Casi se le escapó un grito pero pudo ahogarlo a tiempo; reconoció la cara que lo miraba sonriente detrás del vidrio. Era su tío Alberto, el Cura.

—¿Tío, qué hace ahí? —le preguntó, con la voz aflautada por el susto que había pasado.

—¡Golpeé en la puerta pero no atendías! —explicó el viejo, gritando para hacerse oír desde afuera y sobre el estruendo de la tormenta.

—¡Pero que barbaridad! ¡Venga por el frente! —corrió hacia la puerta.

Cuando la terminó de abrir el viejo ya estaba frente a ella. Llevaba puesta una capa impermeable negra por donde resbalaban innumerables hilos de agua, tenía la cabeza descubierta, y al estar empapada resaltaba mas la ya avanzada calvicie que mostraba. En una mano cargaba un bolso negro de cuero. Leonardo lo hizo pasar y lo ayudó a quitarse la capa.

—Pero tío, como se le ocurre salir con esta tormenta. En una noche como esta, un Cura como usted, con su edad, no puede andar paseando por ahí ¿Y si se agarra una pulmonía?

—¡Jajaja! Este tiempo no va a terminar con este viejo, no señor —bromeó Alberto.

Leonardo salió apresuradamente rumbo a la cocina con la capa chorreando por todo el piso. Cuando regresó vio que el viejo ya se había acomodado en el sillón que estaba frente al fuego.

—Tío, ¿quiere cambiarse de ropa o algo? No puede quedarse mojado, no es bueno.

—Estoy bien así. Si tengo alguna salpicadura en la ropa se me seca ahora frente al fuego.

—¿Le sirvo algo caliente, té, café?

—Un café bien cargado, sin azúcar. Gracias.

Apenas volteó para dirigirse hacia la cocina, Leonardo puso cara de extrañado. Le había ofrecido café por costumbre, pero no creía que este aceptara uno: solo lo había visto tomar té y siempre con azúcar. Quedó pensativo después. Volvió a la sala con el café para el viejo y un té para él. Arrimo otro sillón al fuego. El viejo enseguida se llevó la taza a la boca, bebió varios tragos y la apartó con un gesto de satisfacción, aunque inmediatamente tosió.

—Ya se me hacía raro que el café así le sentara bien, tío. No está acostumbrado, ¿por qué lo pidió?

—Pues... —tosió de nuevo—, uno tiene que acostumbrarse a cosas nuevas, y con este tiempo me pareció que me vendría bien un café bien fuerte. Tal vez con otro trago me pase esto.

—Las cosas que se le ocurren. Y dígame, ¿a qué debo el honor de su visita? —comentó un poco en broma Leonardo.

—¿Acaso tu viejo tío tiene que tener una razón específica para visitar a su sobrino preferido? —y volvió a toser.

—¡Jaja! Tómese otro trago, tío. Eso es. Después de todo es un buen bebedor de café. Le pregunté eso porque, usted es Cura ,y bueno, no pasea mucho que se diga, ¿no? ¿Anda en alguna misión para la Iglesia?

—No, solo me estoy tomando un merecido descanso y pensé en visitar a mi sobrino.

—¿Un descanso? Pero si usted solo trabaja los domingos ¡Jajaja!

—No te recordaba tan insolente —dijo el viejo, mirándolo muy serio; Leonardo se había echado hacia atrás al reír, por eso no notó esa mirada.

—Solo era una broma. Usted siempre tuvo buen humor, qué le pasa ahora?

—Nada, disculpa ¡Jeje!. Es por el motivo de mi descanso. Pasé por algo muy malo, donde salí vivo por poco. Por eso necesito un descanso.

—¿Cómo es eso? ¿Por qué cosa pasó? —le preguntó Leonardo, inclinándose hacia adelante en su asiento.

Fuera de la casa la tormenta enloquecía cada vez mas y el viento provocaba mas ruidos, y tironeaba de los árboles como queriendo arrancarlos todos.

—Pues yo... —lo atacó de nuevo la tos—. ¡Caramba! Que no se me calma. Yo realicé un exorcismo. Por suerte al final todo salió bien.

—¿Un exorcismo? ¡Vaya! Y cómo fue eso. —Leonardo bajó las cejas, interesado.

—No puedo contar los detalles, son muy aterradores y no quiero que mi viejo corazón vuelva a sufrir por las imágenes tan perturbadoras que se me presentaron durante el exorcismo.

—¡Vaya, que increíble! Había escuchado que usted los hacía, pero nunca me atreví a preguntarle. Tío, esa tos no puede ser algo bueno. ¿Se siente bien?

El viejo se había arqueado tosiendo, y cuando se enderezó tenía la cara muy pálida.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró el viejo— , pero creo que voy a tener que marcharme. Sabes, te visitaba también por una cosa. ¿Recuerdas aquella cajita de plata que dejé aquí?

—Claro que sí. ¿Se la va a llevar?

—Sí, se la quiero mostrar a un conocido que le gustan esas cosas antiguas.

—Ya se la traigo —afirmó Leonardo, levantándose.

—Sabes que, ponla en este bolso, y ciérralo bien, es por el agua. Es un objeto muy antiguo.

—Claro. Ya vuelvo.

La tormenta disparó varios rayos en ese momento y la casa tembló. Regresó con el bolso mas pesado, y con la capa impermeable en la otra mano. El viejo lo tomó al levantarse, y tosió mas feo todavía al ponerse la capa, por lo que tuvo que decir a media voz:

—Gracias... ya me marcho. Fuiste... fuiste de mucha ayuda y— enderezó hacia la puerta algo encorvado y con paso irregular.

—Siempre es un placer ayudar a mi tío, el Padre. Él siempre me corregía cuando le decía Cura, por eso me di cuenta. Supongo que la precaución del bolso es porque usted no puede tocar el objeto, ¿no es así? —confesó Leonardo al abrirle la puerta.

El viejo se volvió rápidamente al escuchar eso, pero recibió una patada que lo hizo caer afuera. Cuando se levantó tenía la cara irreconocible, y sus ojos destilaban una gran maldad.

—¡Vete de aquí, engendro! —le gritó Leonardo—. ¡Y no creas que vas a poder hacer algo contra mí! ¡Te dí una taza de agua bendita y te la tomaste toda! ¡Ah, y tampoco creas que te llevas lo que viniste a buscar, a no ser que fuera una tostadora vieja! ¡Ahora lárgate de aquí, demonio, y no vuelvas a pisar mas este terreno!

El demonio se agazapó como para atacar, pero en ese momento lo invadió una especie de convulsión, entonces huyó trastabillando hacia la oscuridad. Leonardo cerró la puerta, se persignó y dijo una oración en latín. Su tío el exorcista lo había preparado bien. Él había aceptado todas aquellas enseñanzas pero sin estar muy convencido, mas bien fue para complacer a su tío, que era una excelente persona, y que por su carácter era difícil decirle que no. Ahora sabía que realmente había demonios rondando en la Tierra, y que algunos buscaban la reliquia que él tenía en la casa.

Leonardo había mantenido la calma de una forma que ni él se hubiera creído capaz; pero tras despedir al demonio sintió ganas de sentarse y se llevó las manos a la cara. Había estado al lado de algún tipo de demonio. Respiró hondo y después se le escapó una exhalación algo entrecortada. “Ahora no es momento para ponerse nervioso”, pensó enseguida “Tengo que llamar al tío”.

El viejo se había acostado hacía rato pero aún no podía dormir. Cuando escuchó el teléfono estuvo seguro de que se trataba de algo malo. El teléfono estaba en la sacristía, y esta se encontraba pegada a su cuarto. La habitación se hallaba completamente oscura, aunque algunos relámpagos que se colaban por la ventana mostraban fugazmente una visión distorsionada de las cosas que había en ella . Alberto tanteó la pared buscando el interruptor.

—¿Hola?

—¿Tío Alberto?

—¿Leonardo? ¿Qué pasó, muchacho?

—Sí, soy yo. Tuve una visita indeseable que buscaba la caja que usted me dio. Y seguro ni se imagina a quién se asemejaba. A usted.

El viejo dio un paso hacia atrás al escuchar aquello.

—¿Te refieres a un...?

— Así es. Pero no se preocupe, estoy bien. Me las ingenié no sé cómo en el momento. Si lo pienso ahora... Como le digo, no sé cómo me desenvolví tan bien. Estoy seguro que ese ya no va a molestar mas.

—¡Gracias a Dios! Seguramente el Señor te dio fuerzas. ¿Pero cómo lo hiciste? Bueno, eso ahora no importa y... Sobrino, ¿ese estaba solo?

—Creo que sí. ¿Por qué me lo pregunta, andan de a dos? —Leonardo miró hacia todos lados.

—Me temo que muchas veces, sí. Voy a salir inmediatamente para allá. Ahora escúchame bien. ¿Recuerdas aquellas hojas que te dí, las que tienen oraciones escritas en arameo antiguo?

—Sí, ¿qué hago con ellas?

—Pégalas en las aberturas, en las puertas y en las ventanas, con el lado que tiene la oración hacia el exterior. Esas hojas contienen una energía protectora. ¡Hazlo ya! Voy para ahí.

—Bien.

Leonardo escuchó que cortaron. Al pensar que podría andar otro demonio por allí salió corriendo rumbo a su escritorio. Buscó apresuradamente entre todos los papeles que tenía.

—¿Dónde los puse? Estaba seguro que fue aquí —murmuró mientras apartaba papeles.

Sonrió al hallarlos y enseguida salió disparado hacia la puerta. Allí se dio cuenta que no tenía cómo pegar las hojas. Volvió corriendo al escritorio. Sabía que tenía goma de pegar pero no recordaba dónde. Sacó los cajones para revisar mejor. 

Encontró una cinta adhesiva. “Esto tiene que servir”. La tormenta ahora parecía que quería levantar el techo de la casa, lo que lo hizo mirar hacia arriba. Pensó que no podía dejar que la tormenta lo distrajera. Al atravesar apresuradamente la sala, creyó ver por el rabillo del ojo que alguien cruzó frente a la ventana. Quedó expectante un momento pero no vio mas nada. Decidió poner primero uno en la ventana. Colocó un trozo de cinta en cada esquina y comprobó que la hoja quedó firme. Después corrió las cortinas.

 Siguió con la puerta. En su apuro había aplastado la punta de la cinta en el rollo, y al querer pegar la hoja no la encontraba. Ahora creyó escuchar pasos al lado de la puerta, en un instante donde no había estallado ningún trueno. Ya desesperado, pudo sacar la punta de la cinta aunque casi se quebró una uña. Cuando estuvo listo corrió hacia la cocina. Siguió con las ventanas de los cuartos, y cuando colocó el papel en la última exhaló aliviado.

Si su tío le había dicho que las hojas iban a funcionar, así sería, y no estaba seguro de que otro demonio anduviera por allí, eso lo hizo recuperar la calma. De vuelta en la sala se quedó mirando el sillón donde se sentara aquella cosa. Nunca mas lo iba a usar. Lo apartó hacia un rincón empujándolo con el pie. A la taza la agarró con un pañuelo y la tiró en el tacho de la basura. Le daba asco pensar en la verdadera apariencia de aquella cosa.

Ya comenzaba a creer que su tío había salido a la tormenta para nada, cuando escuchó pasos en el techo. Parecía un animal grande, porque se apoyaba sobre cuatro extremidades. Pero él supo que aquello no era ningún animal; era otro demonio.

 Los pasos siguieron hasta cierto punto del techo y luego se detuvieron. “Va a entrar por la chimenea”, pensó Leonardo, alarmado. Sabía que una persona no podía bajar por allí, pero un demonio, seguramente sí. Lo primero que se le ocurrió fue echar mas leña, mas enseguida se dio cuenta que el fuego debía ser algo benigno para aquel ser. “El agua bendita”. Su tío siempre le llevaba frascos con agua bendita. Hasta esa noche había creído que aquella colección era inútil, y que mas inútil era tener agua bendita en varias partes de la casa; pero ahora corrió en busca de los frascos.

Los pasos en el techo enderezaron rumbo a la chimenea y se detuvieron allí. Leonardo se colocó detrás del sofá, con unos frascos casi rompiéndole los bolsillos y uno en cada mano. Esa estrategia no le gustó, necesitaba también tomar algo contundente. Tomó el atizador. Aguardó inmóvil en su improvisada trinchera. 

Se escucharon pasos alejándose de la chimenea. Sonaban cerca del borde de techo cuando unos rayos ocultaron el ruido con sus cañonazos. ¿Había bajado o seguía en el techo? Cada minuto le parecía larguísimo. Escuchaba mirando hacia arriba, miraba hacia la puerta, hacia la ventana, y no podía descuidar del todo la chimenea.

De pronto se apagó la luz. Ya fuera por la tormenta o porque el demonio desconectara los cables de afuera, sintió que en la oscuridad su situación se complicaba. Tomó el encendedor que tenía sobre la repisa y salió rumbo a su cuarto a buscar una linterna. Se reprochó por no prever eso. Con el atizador bajo el brazo, avanzó espantando sombras y luego buscó en su cuarto.

 Volvió a la sala con su nueva fuente de luz. Los fogonazos de los relámpagos atravesaban las cortinas y por un instante se combinaban con la luz inquieta que arrojaban los leños encendidos de la chimenea. En esos momentos Leonardo veía una versión distinta de su sala, pues los objetos parecían nuevos.

Por mas que escuchó atento ya no pudo distinguir pasos entre todo el rugir de la tormenta. ¿El demonio habría desistido? “Tal vez se fue, porque si no puede entrar por las puertas ni las ventanas... ¡La ventana del baño!” Se había olvidado de poner una papel en la ventana del baño. Salió apresuradamente hacia allí pero se detuvo por el camino, y como lo hizo tan bruscamente resbaló y cayó sentado. Un demonio ya avanzaba por el pasillo. La luz de la linterna solo le sirvió para que viera una imagen espantosa. 

El demonio parecía una persona horriblemente mutilada que ya empezaba a descomponerse. La criatura se agachó un poco y abrió los brazos, amenazante. Leonardo se arrastró por el suelo un tramo hasta que pudo levantarse. El frasco con agua bendita que tenía en la mano había rodado en el corredor después de que se le cayera, pero tenía otros en los bolsillos. Destapó uno y lo agitó hacia adelante, proyectando el líquido.

El efecto que el agua tuvo en el demonio fue similar al que el ácido sulfúrico tendría en un cuerpo humano. Pero a pesar de los surcos y huecos burbujeantes que el agua le ocasionó, el demonio continuó avanzando igual. Leonardo siguió aventándole agua mientras retrocedía. Ya estaba desesperado cuando sonaron unos golpes y unos gritos en la puerta:

—¡Leonardo, abre, soy tu tío!

Leonardo pensó que en cuando intentara abrir la puerta el demonio se le iba a abalanzar. Mas para su suerte, el ser pareció sentir mas el efecto del agua bendita, y retrocedió un par de pasos. Eso le dio la oportunidad de abrir la puerta.

Alberto entró justo cuando explotaron una seguidilla de rayos, y estos hicieron su entrada mas dramática, pues su sombra se agigantó en diferentes partes de la sala, mientras su figura se recortó en una luz blanca. El exorcista avanzó gritando unas oraciones y con un brazo adelantado que mostraba un libro. Sus palabras sonaban entre estruendo y estruendo y parecían tener casi el mismo poder. 

El demonio retrocedió inmediatamente. Se alejó dejando en su camino un líquido nauseabundo que emanaba de las heridas causadas por el poder del agua. El exorcista avanzó, y Leonardo fue tras él. El demonio se retiró por la misma ventana que usara para ingresar a la casa. Enseguida sellaron esa ventana con uno de los papeles. El viejo vino preparado. Sacó unas velas de un bolso y las encendió sobre la repisa de la chimenea.

—Tío, no sabe la alegría que me da verle –le expresó Leonardo.

—Y yo estoy alegre por llegar a tiempo. Nunca me hubiera perdonado si te pasaba algo.

—¡Esos demonios! Por un momento estuve seguro de que sería mi fin. ¿Será que este vuelve? —dudó Leonardo, y giró la cabeza hacia la ventana.

—No volverá, ya estaba muy mal. Te habías encargado muy bien de él.

—Pero si usted no llegaba ahora...

—Pero llegué. No hay que preocuparse por lo que no pasó. Ahora solo resta esperar que pase esta horrible tormenta.

Tío y sobrino quedaron expectantes, con sus sombras meciéndose en las paredes. Poco rato después la tormenta empezó a perder impulso y la calma se fue imponiendo de a poco. Hasta la luz eléctrica volvió cuando la tempestad pasó del todo. A Leonardo lo sorprendió eso, porque creía mas probable que el demonio hubiera arrancado los cables.

Ya comenzaba a amanecer cuando el viejo se levantó de su asiento, y se llevó una mano a la espalda, como si esta le doliera un poco:

—Bueno, sobrino, salimos de esta. Y te aseguro que no vas a tener mas problemas como este. Me voy a llevar la reliquia para que ya no vuelvan a molestarte. Te aseguro que, aunque te preparé, fue solo por precaución, no creía que estarías corriendo algún riesgo por tener eso aquí.

—Lo sé, pero, ¿está seguro que se la quiere llevar? ¿Dónde la va a dejar? Espero que no la guarde usted. Ya está viejo... Yo puedo esconderla en algún lado o algo, y prepararme mas.

—Viejo y todo, ya viste que todavía me desenvuelvo bien, ¿no?

—Claro, me salvó. Lo decía porque no quiero que ande preocupado pensando que van a ir a buscarla.

—Muchacho, mucho mas preocupado estaría si la dejo aquí –le aseguró Alberto, poniéndole una mano en el hombro—. Bien, será mejor que me marche ahora. Pon la reliquia en ese bolso.

—Está bien. Ya vuelvo.

Cuando Leonardo regresó con la maleta, el viejo ya estaba en el patio, contemplando su alrededor. Se tocaba la espalda, medio arqueado hacia adelante.

—¿Está bien, tío? Si quiere déjela aquí por un tiempo. —insistió Leonardo.

—Estoy cansado nada mas. Ya te dije, no estaría tranquilo si la dejo aquí ahora que se que es peligrosa porque la quieren.

—Está bien, aunque si cambia de opinión, no dude en traerla. No soy un exorcista como usted, pero ahora que lo pienso, me desenvolví bastante bien, ¿no? Hasta reconocí a un demonio a pesar de presentarse exactamente como usted.

El viejo tomó el bolso, giró y se alejó unos pasos sin contestarle. Cuando estaba atravesando el portón del terreno se volvió hacia Leonardo:

—Lo reconociste porque solo era un demonio —le dijo—. Si se tratara del mismo Diablo, a ese no lo reconocerías ¡Jajaja! —y se alejó dando grandes pasos.

No muy lejos de allí, en un costado del camino, había un auto volcado ruedas arriba.

martes, 25 de noviembre de 2025

El Jinete De Las Tormentas

   La noche estaba por demás oscura cuando Sandro, montado en su caballo, se adentró en el sendero de un bosque. Cielo, campo y bosque estaban fundidos en la misma oscuridad, y hasta su propio caballo casi desaparecía completamente en ella. Confiaba en la vista del animal, porque él apenas distinguía vagas formas y contornos que solo hacían todo mas confuso. Ya había atravesado noches así, pero en esa ocasión sentía como un pesar en su pecho, cierta angustia no sabía por qué. Alguna rama que lo rozaba le indicaba la proximidad del bosque. Todo estaba silencioso allí, era demasiado silencioso. Sandro frenó el caballo para escuchar. Nada, ni grillos ni pájaros nocturnos, hasta el chistido de una lechuza hubiera sido bueno en aquel silencio. 

Sombras por todos lados, y, repentinamente, una silueta iba a su costado. Era otro jinete. ¿Cómo había aparecido así de la nada, sin un ruido? Sandro cerró los ojos, mas al abrirlos el jinete seguía allí, andando a su lado, y de pronto el extraño le preguntó con una voz profunda:

—¿Usted cree en el Diablo?

Por un momento no pudo responder, estaba demasiado impresionado. Aquel jinete que iba a su lado podía ser cualquier cosa menos una persona, y lo que montaba tampoco podía ser un caballo de carne y hueso. Solo habían aparecido de pronto. Finalmente buscó coraje en su ser y pudo hablar:

—Yo no —respondió Sandro con la voz quebrada, temiendo lo que seguiría a esa pregunta. 

—¿Por qué no? Las pruebas de su presencia están por todas partes —objetó aquella sombra.

En ese momento retumbaron unos truenos tras los jinetes, y Sandro se estremeció. A pesar de la oscuridad el extraño pareció notar la reacción de Sandro, y emitió una risita grave, cavernosa.

—¡Jajaja! Ahí tiene una prueba —comentó el jinete misterioso—. Esas tormentas que dejan estragos tras de si, las que traen inundaciones, vientos, rayos… ¿Usted cree que esas tormentas son obra de “Aquel”? No señor, son obra del Diablo. ¿Acaso ve usted a “Aquel” en una inundación que barre un pueblo entero? ¿Lo ve en los ahogados que pasan dando vueltas en el agua espumosa y oscura? ¿Y que tal los vientos que arrasan casas enteras, comunidades enteras? Gente llorando que no sabe qué hacer, pues han quedado sin nada, familias destrozadas, con familiares desaparecidos. ¿Lo ve en alguna de esas cosas? De ninguna manera, todo eso es obra del Diablo, y usted las conoce bien, ha vivido varias situaciones así. 

—Es cierto —respondió Sandro, ya repuesto de la primer terrible impresión—. Esas tormentas deben ser obra de “Aquel” que usted dice. Pero tras esas desgracias viene la solidaridad, la ayuda de gente lejana, de países lejanos a veces. La gente se entera de esas noticias y pasan cosas buenas. Se donan ropas y comida para desconocidos, se organizan campañas solidarias para ayudar a los damnificados, se levantan nuevas casas, y en situaciones así, muchos rezan por gente que nunca van a ver. En todo eso veo a Dios.

Cuando Sandro terminó de decir eso, la figura del jinete que marchaba a su lado ya no estaba. En la lejanía se desataba ahora una tormenta terrible.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Un grupo extraño

Éramos un grupo raro, poco común. El grupo estaba formado por cinco varones y cuatro mujeres. Teníamos, la mayoría, la misma edad, y solo dos eran un año mayores. Esto era porque el grupo se formó en secundaria, en el primer año, y Todos fuimos a la misma clase. Esto se repitió por tres años. Eran excelentes compañeros. Los extraño mucho. Ninguno merecía irse, así como se fueron, y siendo jóvenes.

El grupo era raro, porque las amistades de secundaria suelen perderse fácilmente, incluso en una ciudad pequeña como la nuestra. 

Creo que nuestra amistad se reforzó en los picnics que estaban de moda en esa época. Se organizaba un picnic al comienzo de algunas fechas especiales como la semana de turismo. También iban otros compañeros, pero nosotros éramos los más constantes. El destino nos juntó, y luego nos condujo a una situación horrible de la cual solo yo escapé, por ahora. 

En el último año de secundaria juntos, en el último día, prometimos seguir teniendo contacto, y reunirnos cada tanto. Fue un juramento lleno de emoción, característico de la juventud, pero lo cumplimos, aunque fueron pasando los años. Ya fuera en el cumpleaños de uno, o unos días antes de navidad, o fin de año, nos reuníamos en diferentes casas. Luego llegaron los casamientos, y cuando alguno pasaba una época mala, también nos juntábamos. Maldito sea el día que decidimos hacerlo en Halloween. 

En nuestra ciudad, en Halloween no se hacía casi nada aparte de algún baile. Era la primera vez que nos reuníamos en esa fecha, y a todos nos pareció buena idea. Las cosas se dieron de tal forma, que cada uno de los integrantes fue solo, por suerte, sino la desgracia pudo ser mucho peor. 

El día llegó horrible, con enormes nubarrones pasando rápido por el cielo, y bandadas de aves huyendo hacia lugares lejanos. Las nubes tomaban en algunas partes un tono verdoso. Y al atardecer la tormenta se contenía apenas, como si quisiera juntar más fuerza para volcarse con más ferocidad. 

Después de un intercambio de un montón de mensajes de texto, se decidió que la reunión salía igual. El lugar acordado ahora era la casa de uno de nuestros amigos, que vivía en las afueras de la ciudad. 

Al llegar, reconocí los vehículos de todos, yo era el último en llegar. Atravesé corriendo un patio amplio, bajo un aguacero impulsado por mucho viento. Enseguida me saludaron todos, bromeando sobre lo tarde que llegaba siempre.

Poco después tenía un vaso en la mano, y retomaron la conversación invitándome a que participara. Era Halloween, y naturalmente estaban hablando sobre cosas de terror; pero no sé cómo habían llegado a una discusión sobre la existencia o no del Diablo.

Enseguida les dije que sobre eso no conviene hablar, que si era sobre películas de terror sí, pero sobre el verdadero no. Intenté convencerlos de que ir por esos rumbos

puede ser malo, que no era un juego, que mejor habláramos de otra cosa. Pero estaban muy emocionados con el tema. Así quedé fuera de la conversación y ellos la continuaron. Fuera la tormenta pasaba aplastando los campos cercanos.

Cuando ya fue completamente de noche, empezaron los rayos. Cada vez que estallaba uno, todos gritaban emocionados, como disfrutando de la tormenta. A mí no me hacía ninguna gracia. Mientras seguían discutiendo sobre el diablo, teorizando esto y aquello, yo cada vez tenía la mente más lejos de allí. Pensaba en mi casa y en mi familia. Se supone que esas reuniones eran para desconectarnos un poco, pero no podía evitarlo.

Cuando un nuevo estallido me hizo regresar de mi ensoñación, me pareció que todos estaban muy alterados. Opinaban con mucha vehemencia, o se reían como locos de los argumentos de los otros. Tampoco el lenguaje era el que se solía usar. yo solo estaba tomando un refresco, porque tenía que manejar mucho para volver a mi hogar.

Bromeé sobre lo que tomaban, les dije que ya los estaba afectando mucho, pero ninguno pareció escucharme. Truenos, estallidos de rayos, gritos, carcajadas, el ambiente de la reunión ya tenía un tono casi demencial. Lamenté haber ido esa vez, y me pregunté qué les estaba pasando.

Entonces, después de otro rayo, uno que pareció caer muy cerca, se cortó la luz. Entonces todos quedaron en silencio un instante, también la tormenta. fue un silencio muy breve pero asfixiante, incómodo. alguien dijo algo y encendió su celular. otros hicieron lo mismo. Ahora había algo de claridad en la habitación. En ese momento me di cuenta. 

Habíamos ido nueve, los amigos de siempre, pero ahora, entre la oscuridad y las débil luces de los celulares, había diez siluetas. En aquella confusión, no podía distinguir al intruso, pero allí había alguien más. apareció de la nada al cortarse la luz.

Los otros no parecieron notarlo. Pensaba cómo decir eso, como informarles sin que cundiera el pánico, cuando escuché aquel retumbar. Unos pasos que venían por el patio rápidamente sobresalían incluso sobre el estruendo de la tormenta. Y de pronto la puerta estalló, volaron pedazos de madera hacia todos lados, y una cosa enorme entro como una locomotora en la habitación. Se armó un griterío horrible, y la tormenta enfureció con más relámpagos y truenos.

Una serie de relámpagos me dejó ver una cabeza enorme con cuernos que respiraba como un fuelle. El instante que demoré en darme cuenta de qué era aquello, fue realmente horrible, y ya hecho el descubrimiento no fue mucho mejor. Lo que había despedazado la puerta al chocar con ella, era un toro grande.

Reaccionando al grito de una de mis amigas, me abalance hacia el toro sin pensarlo. Ya fuera el movimiento del propio animal, y otra fuerza inexplicable, me empujaron hacia la abertura de la puerta con tanta fuerza, que caí afuera de espaldas. Una puntada paralizante en la espalda me dejó inmóvil bajo el impresionante aguacero.

Y así, sin poder moverme, escuché el griterío que crecía allí adentro. Luchaba por moverme cuando creí que me había alcanzado un rayo, y ya no supe más.

Desperté en medio del lodo, de madrugada. ya no me dolía la espalda. Dentro de la casa había vuelto la luz. Todo estaba roto y revuelto, pero mis amigos parecían no estar heridos, no físicamente. Estaban completamente enajenados. miraban hacia todos lados sin fijarse en nada, y no respondían preguntas, y lo peor, en sus ojos ya ninguno parecía reconocerme.

Cuando amaneció, un montón de policías seguía en el lugar. A mis amigos los llevaron en ambulancia y tuvieron que sedarlos. Nadie dudó de mi historia del toro, porque el lugar estaba lleno de huellas, pero eso no explicaba el estado mental de mis amigos. Nunca se recuperaron. No volvieron a reconocer ni a su familia, y se les deterioró tanto la salud, que, a los pocos meses, del grupo quedaba solo yo. ¿Qué fue de ese toro? nunca se supo más nada. Y, ¿Quién era el extraño que apareció de golpe? lo que fuera, no era parte de nuestro grupo, pero creo que, sin querer, lo invitaron a la reunión.  

lunes, 27 de octubre de 2025

El hombre tranquilo.

 Los ruidos de las sirenas interrumpieron la siesta de Carlos. Se puso a escuchar sin levantarse. Pasó una sirena, otra, dos más, varias de ellas. Por el ruido supo que eran carros de bomberos. Después distinguió sirenas de ambulancia, policías, y algunos helicópteros pasaron volando ruidosamente sobre la zona. “Debe ser un incendio grande”, pensó. Era un tipo tan tranquilo que no le dio importancia al asunto, mas no pudo seguir durmiendo porque se dio cuenta que los bomberos se detenían no muy lejos de su zona.

Ya le habían arruinado la siesta. Se levantó desperezándose. Remolonamente se calzó unas pantuflas y fue arrastrándolas hasta el baño, entre bostezos y restregándose los ojos. Fuera de su casa seguía el escándalo de las sirenas, pero no por eso se iba a apurar. Se estaba cepillando los dientes cuando se dio cuenta que el tránsito había aumentado y se estaba descontrolando. 

Sonaban bocinas y había gente que gritaba histérica. Repentinamente estallaron unos ruidos realmente fuertes: Unos autos habían chocado cerca de su casa, y fue justo cuando Carlos estaba haciendo un buche con enjuague bucal. El enjuague empapó el espejo al salir disparado de su boca, y medio se ahogó por el sobresalto; inevitablemente tragó un poco y el líquido le quemó la garganta mientras bajaba.

—¡Maldición! —exclamó—. ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy?

Después volvió a su natural aplomo. Escupió en la pileta y puso atención; la gente estaba tan apurada que chocaban unos con otros. Se secó la cara como siempre. Solo después de peinarse cuidadosamente decidió salir a ver qué pasaba, aunque mientras lo hacía los ruidos seguían aumentando, y cualquiera hubiera salido antes. Por los bocinazos y los insultos era evidente que el tráfico estaba atascado en aquella calle, mas eso era algo muy extraño, porque normalmente apenas circulaban autos por allí. Pensó que debía ser por el incendio. ¿Sería tan grande como para que tanta gente estuviera huyendo? Carlos abrió la puerta y vio el caos que había escuchado.

Los vehículos se amontonaban en aquella cuadra. Había un auto incrustado en la parte trasera de otro, mientras un buen número de ellos tenían abolladuras ocasionadas en el apuro. Algunas personas salían de los vehículos y seguían a pie. Después de mirar hacia atrás se movían más rápido. Aquello no era un simple embotellamiento, era una estampida; estaban huyendo desesperados.

Desde hacía algún tiempo, cuando Carlos miraba los noticieros, terminaba siempre sacudiendo la cabeza hacia los lados, como negando. “Que locura hay en el mundo. Tantas guerras absurdas, tanta intolerancia... Que grande es la estupidez humana. ¿A dónde vamos a parar si esto sigue así?”, reflexionaba. Pero a pesar de pensar eso no se amargaba, nada perturbaba la sólida tranquilidad con la que encaraba la vida.

Frente a su casa corría un gran alboroto. Al ver que ya no podían circular más, ahora todos se bajaban de los autos, tomaban sus maletas apresuradamente y seguían a pie, andando lo más rápido que podían. Los más ágiles y rápidos adelantaban a los viejos y a los gordos. Algunas personas caían, y según su condición, se levantaban como podían o empezaban a pedir auxilio inútilmente desde el suelo, pero nadie se detenía. Al huir miraban repetidas veces hacia atrás, que para Carlos era su lado derecho. ¿Qué ocurría rumbo a aquel lado? Miró hacia allí. 

Pensó que era comprensible el apuro de la gente; desde ese lado venía algo horrible, algo que solo se podría describir como una montaña de fuego, una montaña de cimas puntiagudas y ondulantes, de llamas. Hasta el peor incendio forestal quedaría empequeñecido frente a aquella monstruosa columna de fuego y humo.

Observando esa descomunal avanzada de llamas inconcebibles, Carlos vio que entre el fuego se movía una criatura gigantesca, un monstruo de pesadilla. Era bípedo como un humano, pero su cabeza no se parecía a nada que hubiera existido sobre la tierra, a menos que se combinaran algunas características de los más monstruosos seres. Enseguida supo que aquello era el Diablo. El colosal demonio miraba hacia abajo, levantaba una de sus piernas-pata y la bajaba con estruendo, como quien está aplastando insectos con sus pies, pero este aplastaba personas, vehículos y casas. Nada escapaba a su mirada. No había donde esconderse ni donde huir, y las llamas que lo acompañaban se iban extendiendo hacia todos lados.

Un tipo conocido de la zona pasó corriendo por la vereda y se detuvo frente a Carlos. El tipo tenía los ojos muy grandes por el miedo. Demasiado alterado como para pensar en por qué se detenía a hablar en una situación así, dijo a los gritos:

—¡Es el fin del mundo, Carlos! ¡Es el fin del mundo!

—Eso veo —comentó Carlos.

—¡Pero hombre! ¿Cómo puede estar tan tranquilo?

— Con todo lo que ha pasado últimamente, esto no podría sorprender a nadie —le respondió tranquilamente.

El conocido quedó pensativo un instante, después el miedo lo dominó de nuevo y salió corriendo. Carlos entró a la casa. De qué servía huir. Se sirvió café y se sentó a degustarlo. Fuera los pasos del gigante retumbaban cada vez más cerca.

lunes, 20 de octubre de 2025

Los Creyentes

 Hola. Este cuento viene bien para este mes de terror. Voy a ver si en Halloween subo algo especial, un video o algo, no lo decidí. Aquí el cuento. Gracias.


 Aquellas personas vinieron a terminar con mi paz. Y esa gente no lo sabía, pero algo muy oscuro estaba por caer sobre su comunidad.

Nunca fui muy creyente y, siendo sincero conmigo mismo, nunca me agradó ningún vecino. Por eso, cuando me enteré de que al lado de mi solitaria casa iba a funcionar un templo ambulante, la noticia me cayó como piedra. Y en ese entonces ni sospechaba lo que iba a ocurrir después: la experiencia más aterradora de mi vida.

Mi casa está muy cerca del límite de la ciudad, pero como el terreno está en medio de una arboleda y cruzando una ruta que en esa parte es muy elevada, se siente como si estuviera mucho más lejos porque desde allí no se ve la urbanización; por esa razón construí en ese lugar. Al lado de mi terreno hay otro muy amplio que estaba vacío, y en él levantaron la carpa que usaban como templo. ¡Justo ahí se tuvieron que instalar! Adiós a la paz que había disfrutado por dos años al no tener vecinos. 

Apenas la carpa estuvo levantada, el “pastor” y su mujer me hicieron una visita. El tipo caminaba adelante, con una biblia entre las manos y paso solemne. Al entrar al terreno, el confiado sujeto lo atravesó contemplando mi jardín, mostrando algo de asombro en la mirada, como maravillado por esa obra de Dios; la mujer iba atrás, moviéndose casi tan solemnemente como el tipo, pero con el mentón contra el pecho, mirando el suelo. Enseguida me pareció que aquello era un papel bien interpretado.

Sin dejarlos hablar mucho les dije que no me interesaba concurrir. Creo que no fui muy brusco al aclararles eso, pero por un instante el pastor me miró desafiante, así como miran los matones. Entonces la mujer se adelantó y lo tomó del brazo, él giró hacia ella, intercambiaron una mirada, y después se volvió apenas hacia mí; cuando ella volvió a tironear de su brazo, él se retiró lentamente y se fueron. Ahí supe que aquel tipo era un fraude, un rufián que hacía aquello solo para sacarle dinero a la gente. Solo era otro busca pleitos y ladronzuelo que encontró una oportunidad de vivir sin trabajar; un estafador. Intuí también que en aquel dúo la cabeza pensante era la mujer. Sin saberlo, esos dos estaban jugando con fuego.

Empezaban sus reuniones, o como les llamen, al atardecer. El rufián que hacía de pastor hablaba por micrófono, con un volumen muy alto, y cantaban, lanzaban aleluyas y agradecían al Señor a los gritos, haciendo sonar panderetas que acompañaban a un órgano; todo eso mientras yo permanecía en la cama sin poder dormir (me acuesto bien temprano porque soy muy madrugador). Y algunos días el pastor organizaba exorcismos. Los primeros me hacían reír, y acostado en mi cama escuchaba cómo el tipo “expulsaba al mal”. Después sus fieles se ponían a cantar como locos. Con el tiempo esos falsos exorcismos me aburrieron porque los que se creían poseídos carecían de una buena imaginación y todos repetían casi lo mismo.

Esas noches pasaron a ser un verdadero fastidio. Como ya he dicho, ese templo era ambulante, y a veces se retiraban hasta por un mes. Pero siempre volvían. En su último regreso, cuando algunos estaban levantando la carpa por la tarde, el tiempo empezó a desmejorar y el cielo se enlutó con enormes nubarrones amenazantes. Los árboles de mi propiedad se agitaban cada tanto, rumoreaban y se detenían de golpe en un silencio algo inquietante, para de pronto volver a sacudirse, temblar y conversar con mil voces susurrantes con el viento que pasaba silbando por la casa. Arriba pasaban y pasaban deformes nubarrones oscuros, mientras unas nubes más claras, delicadas y fugaces, se desvanecían o agrupaban al arremolinarse o estirarse.

Creí que ese mal tiempo, que la amenaza de lluvia iba a mantener a todos los fieles del pastor lejos de allí, pero con todo, empezaron a llegar igual al anochecer. Cuando la noche oscureció completamente el paisaje, empezó a soplar mucho viento, y después de estallar unos rayos que hicieron aparecer todo bajo una luz blanca, se desplomó desde el cielo un aguacero estruendoso. 

Pensé que era mejor así, porque gracias al ruido de la lluvia no iba a escuchar las tonterías de los de la carpa. Apenas cené, me acosté. La tormenta siguió con sus cañonazos y el aguacero por un buen rato. Pero de repente la lluvia se detuvo y paró también el viento. Fue como si la naturaleza hubiera quedado paralizada de un instante a otro. Entonces escuché que en la carpa estaban haciendo un exorcismo:

—¡Demonio, por el poder del Señor, te ordeno que dejes ese cuerpo! —gritó por el micrófono el pastor.

—¡Tú no tienes ningún poder sobre mí! —dijo entonces una voz horrenda.

—¡Engendro del mal, sal del cuerpo de esta muchacha! ¡Te lo ordeno!

—¡Te van a quemar una y otra vez en el infierno! —aseguró la voz horrenda, que en nada se parecía a la de una mujer, ni a la de nadie. Aquello ya me estaba inquietando.

—¡Demonio, yo!... ¿Qué estás haciendo? ¡Oh, Dios mío! —exclamó con la voz quebrada el pastor.

—¡Los gusanos del infierno se van a hacer un festín con ustedes por siempre! —gritó terriblemente la voz aterradora, que ahora sonaba como muchas voces.

Después el griterío fue general. Por la forma en que llegaban los sonidos, me imaginé que todos iban huyendo hacia la salida cuando algo les cortó el paso, y después los gritos se empezaron a dispersar por la carpa en desesperada carrera. Se escucharon gritos de terror, súplicas, y unos sonidos más difíciles de describir, que eran una mezcla de gruñidos reverberantes y cavernosos, con voces graves que decían algo en una lengua que seguramente no era ninguna conocida en la Tierra.

Aquellos ruidos extraños y los gritos se detuvieron súbitamente, todo quedó en silencio. Permanecí en mi cama, respirando apenas por el miedo y con el corazón desbocado sonando fuerte en mi pecho. ¿¡Qué había pasado allí!?

La respuesta era obvia pero no quería pensar en ella. Mi cuarto estaba sumido en una oscuridad absoluta y asfixiante. La tormenta estaba muda, mas se sentía que seguía allí, sobre toda aquella oscuridad y silencio. De pronto, sin que escuchara ni el más mínimo ruido yendo hacia mí, de un momento a otro supe que había algo a mi lado. Entonces sentí un aliento caliente en un costado de mi cara, y a continuación una voz tétrica me susurró al oído: “¿Quieres unirte a mis creyentes?”

No sé cómo no morí de terror en ese momento, o cómo mi cordura no escapó para siempre después de esa noche. Volví a tener consciencia cuando ya era de madrugada. Había salido la luna y por la ventana entraba bastante luz. Al acordarme me enderecé bruscamente y miré en derredor. Un escalofrío me recorrió la espalda, al pensar que me había desmayado cuando aquella cosa estaba allí. Cuando amaneció fui a ver qué había pasado con los de la carpa; esta ya no se encontraba en el terreno, la habían levantado y no había ni rastros de nadie. Y nunca más supe qué sucedió con ellos. Mi vida no volvió a ser la misma, abandoné el lugar y me mudé a la cuidad. Y las noches de tormenta tiemblo al recordar aquella voz, y tiemblo más al recordar mi respuesta.

sábado, 11 de octubre de 2025

En el cementerio

 Hola. A este cuento de terror los escribí hace como diez años. Se añejó y ahora está mejor ¡jaja! Tiene mucha atmósfera, y terror. Lo recomiendo. Gracias.


El carruaje avanzaba por una ciudad gris, bajo un cielo del mismo color, y en el carruaje iba Martínez, sumido en pensamientos también grises. El hombre se dirigía hacia el cementerio e iba muy preocupado; mas no se dirigía hacia allí por ninguno de los motivos que normalmente hacen ir a la gente a ese lugar: él iba rumbo a su trabajo, y le había llegado un mensaje preocupante.

Se bajó del carruaje apresuradamente, sin fijarse dónde lo hacía, y sus zapatos aterrizaron en un pequeño charco. Tuvo toda la intención de maldecir al ver sus zapatos todos salpicados, pero en ese momento iba pasando una familia, entonces lo reprimió, sonrió y saludó levantando un poco galera. El hombre de la familia correspondió con el mismo gesto, pues iba con un sombrero igual de alto, mientras su esposa, que caminaba bajo una pequeña sombrilla, aunque estaba nublado, lo saludó con una inclinación de la cabeza.

 Completaban la familia dos chiquillas que pasaron aguantando apenas una carcajada, porque estas lo habían visto saltar al charco. Cuando le dieron la espalda, Martínez cambió el semblante y quedó serio, y por un momento los vio alejarse mientras pensaba: “Si llego a la Gobernación los voy a desangrar a impuestos a ustedes también”. Después en su cara se vio fastidio y enojo, pues hasta el momento lo único que administraba era el cementerio.

Martínez odiaba su trabajo. A veces le aseguraba a su esposa que desde que estaba allí a la gente se le había dado por morir más solo para fastidiarlo. Y todo era por culpa de su cuñado, Villegas, quien era el Gobernador. Martínez le había presentado a su hermana (según muchos, la más bella de la ciudad), y hablado favorablemente de él ante su padre, aunque sabía que el tipo era un personaje bastante oscuro; y todo eso para qué le sirvió, solo para tener un puesto miserable llevando los papeles del cementerio. 

Villegas le había prometido que si hablaba bien de él y el matrimonio se efectuaba, le iba a dar un buen empleo, uno de peso en la Gobernación, y que se iba a codear con gente poderosa. Después de eso su carrera política dependería de él. Pero desde el cementerio qué carrera iba a impulsar, si los ciudadanos que le llegaban ya estaban muertos, y sus deudos después lo asociaban a él con una experiencia terrible. Por eso odiaba su trabajo.

Y ahora se le había presentado algún problema. Alfonso, el capataz de los enterradores, le había hecho llegar un papel donde decía que había problemas. 

Como no especificaba nada podría tratarse de cualquier cosa. Eso tenía enfadado y preocupado a Martínez. Apenas atravesó el pesado portón vio a Alfonso, el viejo enterrador. El viejo tenía una pala delante de él y la sostenía con las dos manos, así como un cuervo se aferra a una rama, y ciertamente, con aquella ropa negra y una enorme nariz que se torcía hacia abajo, el viejo recordaba bastante a un cuervo. Martínez saludó primero con el sombrero a una persona que pasó, luego le reprochó en voz baja a Alonso:

—¿Necesita andar siempre con esa pala? La gente se impresiona al verlo.

—Es mi herramienta de trabajo, como lo son para usted sus plumas y la tinta.

—Sí pero... en fin. ¿Qué me quería informar? ¿Qué clase de problema surgió?

El viejo movió los ojos espiando disimuladamente sus costados, después dio un paso hacia adelante y susurró:

—Problemas graves. Han profanado algunas tumbas y, están haciendo rituales, magia negra.

—Pero qué me dice, como que rituales de magia negra. Eso son bobadas.

—¿Usted cree que una ofrenda al Diablo son bobadas?

—Hable mas bajo, hombre —y ahora fue Martínez el que miró hacia los lados antes de hablar—. Dice que le están haciendo ofrendas al... 

—Al Diablo —completó la frase el viejo.

—No lo diga de esa forma, y hable mas bajo.

—No sé de qué otra forma decirlo. No tengo la educación que usted tiene. Ahora, ¿va a venir a ver lo que dejaron?

—¿Ir a ver lo que dejaron? —repitió Martínez—. Bueno, supongo que es mi deber.

Y los dos se adentraron en un laberinto de tumbas y panteones. Martínez se detuvo en un entierro, y con la galera en la mano y su cara mas solemne saludó a todos los presentes. El político en su interior no perdía oportunidad. Alonso lo esperó impaciente, apoyado en su pala. De paso el viejo aprovechó para decirle algo a uno de sus enterradores. 

Después de esa interrupción los dos siguieron adentrándose cada vez más en la necrópolis. El cielo se había encapotado de tal manera que no se veía ni un indicio del sol, aunque era muy temprano aún. Martínez pensó, mientras intentaba seguirle el paso al viejo, que su cementerio tal vez era el más grande del país, por lo antiguo que era. Después consideró que aquello no tenía importancia. Era el gobernador de una ciudad de muertos. Y aquella ciudad de moradores silenciosos lo impresionaba mucho.

El lugar le resultaba sumamente lúgubre y siniestro, además, podría jurar que apenas ponía un pie en aquel terreno sembrado de muertos, sentía que su energía era muy diferente a la de la calle, y que era algo muy claro, no una sensación vaga. Aquel era el hogar de la muerte. Aunque hacía un año que trabajaba allí, como lo recorría lo menos posible, arrimándose solo a algunos entierros en la parte mas nueva, pronto Martínez se vio caminando por una zona desconocida para él, la parte vieja, que incluso parecía ser mas extensa que la nueva. Alonso doblaba aquí, luego allá, y miraba cada tanto sobre su hombro como apurando a quien lo seguía.

En aquella parte los pastos ya estaban reclamando casi todo, y se asomaban entre losas rotas y llegaban hasta las puertas de algunos antiguos panteones. A pesar de lo laberíntico del lugar el viejo enterrador avanzaba sin dudar ni un momento, como quien se desplaza por su casa. Detrás iba Martínez, y se pasaba el pañuelo por la frente, y cada pocos pasos miraba de reojo alguna puerta de panteón que se hallaba entornada. También lo inquietaban las estatuas que se alzaban sobre pilares de granito resquebrajado. Si por lo menos hubiera sol, pero aquella tarde hasta el cielo parecía ser parte del cementerio. Cuando estaba por preguntar cuánto faltaba, Alonso se detuvo, giró hacia él y señaló con el brazo:

—Ahí está la ofrenda, mírela usted. Dígame si exagero.

Martínez se tapó la nariz con el pañuelo cuando miró hacia donde el viejo le señaló porque junto con la imagen le llegó un olor nauseabundo. En una vereda entre dos panteones, habían dibujado un enorme círculo, y en él un símbolo extraño y complejo. Rodeaban a este círculo un montón de velas desgastadas, y en el medio resaltaba una especie de amasijo de carne humana en descomposición. Y había algo en aquella desagradable escena que no encajaba. Demoró en darse cuenta pero lo notó de pronto. A pesar del olor nauseabundo de aquel amasijo, no había ni una mosca volando o caminando sobre él. En derredor al círculo se veían muchas pisadas de gente.

Martínez pensó rápido. La clase obrera de la ciudad, ignorante y temerosa de la Iglesia, no se atrevería a hacer algo como aquello. Debía tratarse de otra gente, de algunas personas mas elevadas en la sociedad. Él no quería quedar mal con esos, y mucho menos con el destinatario del ritual. Pensó que era mejor “mirar hacia un costado”, después de todo, no le habían hecho ningún mal a nadie, por lo menos no directamente, allí.

—Dejamos el asunto así entonces. ¿No tocamos nada y no avisamos a las autoridades?  –dijo de pronto Alonso, como si hubiera  estado siguiendo sus pensamientos.

—¿Cómo? —se sorprendió Martínez.

—Digo, como usted se quedó ahí parado sin decir nada, supongo que va a dejar esto como está, ¿no?

—Ah, pues acertó, es mejor no meterse con esto. Parece que normalmente nadie llega hasta aquí, ¿me equivoco? Alonso, ¿habló sobre esto con alguno de sus hombres?

—No señor, nadie anda por aquí, y apenas vi esto me comuniqué con usted, no se lo dije a mas nadie. Es un asunto muy serio.

—Bien, que quede entre nosotros entonces. Vayámonos de aquí.

Mientras regresaban al frente del cementerio Martínez no supo si tomaron otro atajo o si él tenía una orientación tan mala que ni reconocía el lugar por dónde había pasado hacía un rato. Ni un laberinto verdadero le resultaría tan confuso. Y aquel viejo avanzaba por allí como si estuviera en su casa. Ya en la parte nueva el enterrador se apartó y pronto desapareció tras un nicho. Martínez fue derecho a su pequeña oficina. En aquella pequeña pieza, entre los papeles, olvidaba por momentos donde se hallaba, aquello era lo suyo, allí estaba en su elemento: papel, tinta, plumas, montones de documentos, archiveros...

Tuvo que encender el farol y unas velas porque la tarde aportaba muy poca luz. Tenía trabajo acumulado. “Parece que ahora está de moda morirse”, pensaba “Todos esos viejos mohosos que no se morían nunca, ahora que yo estoy acá estiran la pata uno tras otro. ¡Condenado puesto el que tengo!” Y pasó el resto de la tarde sumido en sus papeles y pensamientos así.

Al enderezarse en su asiento frotándose el cuello que sentía algo entumecido, desvió la mirada hacia la ventana y vio que ya estaba de noche. Se disgustó mucho al ver la hora que marcaba el reloj de la pared. Ya había pasado su hora de retirarse, y no le pagaban horas extras ni nada que se le pareciera. Además, si el cementerio lo inquietaba de día, de noche era mucho peor.

 Se iba a levantar cuando de pronto sintió que había algo detrás de él. Inmediatamente le recorrió la espalda un profundo escalofrío. Cuando abrió la boca para gritar, se apagaron las velas y el farol, entonces, en aquella oscuridad, inmediatamente sintió que una mano fría lo agarraba por el cuello. Luego, oscuridad y silencio, se desmayó de terror.

Cuando volvió en si estaba acostado boca arriba. El aire frío le indicó que no se encontraba en su oficina. Se incorporó a medias con un sobresalto. Estaba sobre pasto. Miró en derredor; aquello era la parte vieja del cementerio. ¿Quién lo había dejado allí, y para qué? Al recordar el contacto con la mano que lo tomó del cuello, se lo limpió con la manga del abrigo, asqueado. Una enorme luna llena estaba congelada sobre el cementerio y lo mostraba mucho más pálido y aterrador que durante el día. 

Martínez no supo hacia dónde ir. Alguien lo había llevado hasta el lugar, ¿andaría por allí, espiándolo? Se tanteó la ropa. Tenía todo su dinero, no se trataba de un robo. ¿Cómo salía de aquel lugar ahora? La sola idea de vagar por el cementerio de noche hasta encontrar la salida le resultó aterradora. Si por lo menos supiera hacia dónde estaba la salida, eso le restaría tiempo a la horrible caminata que debía realizar.

En ese momento sonaron las campanas de la iglesia de la ciudad, y así se ubicó. Solo debía seguir recto. Empezó a avanzar. Unos abetos enormes casi aullaban por un viento frío que barría el lugar. Subió el cuello del abrigo y metió las manos en los bolsillos. Las puertas entornadas de los viejos panteones empezaron a traquetear con el viento, y parecía que las intentaban abrir del todo desde el interior. 

El aterrorizado administrador del cementerio se sobresaltaba, giraba de golpe, aceleraba el paso, y sus pies se enredaban en los pastos que hacían pedazos las veredas. Ahora las estatuas se encontraban todas vueltas hacia él, y exhibían una leve sonrisa que no había advertido durante el día. Por el rabillo del ojo más de una vez le pareció ver que las estatuas se movían lentamente, pero cuando giraba hacia ellas, estaban inmóviles, aunque con posturas extrañas. Los sonidos del viento le parecían susurros, y al pasar frente a las puertas de los panteones se sentía observado.

Seguía caminando temblorosamente cuando unos sonidos lo hicieron detenerse. Aquello no era su imaginación interpretando mal los quejidos del viento. Avanzó unos pasos mas y vio cierto resplandor entre unos panteones. “¡Los satanistas!”, pensó alarmado. Si lo notaban seguramente lo iban a matar. Se alejó hacia un costado para rodear el lugar. Estaba convencido que no lo habían notado cuando una voz dijo detrás de él:

—¡Martínez, venga!

Primero saltó hacia adelante por el susto, después volteó. Quien le había hablado tenía puesta una capa con capucha, se la quitó para que lo reconociera.

—¿Villegas?

—Sí, soy yo. Venga.

—¿Usted está con esta gente?

—Estoy con los poderosos que una vez le prometí que le iba a presentar. Disculpe lo dramática de su pequeña iniciación, pero él lo quiso así.

—¿Él? —preguntó Martínez.

—Sí, mi maestro, el Diablo. Venga a conocerlo, mas bien, a conocerlo de verdad.

Caminaron juntos hasta que alcanzaron las luces de las velas. Ahora todo tenía sentido para Martínez. Su cuñado lo había puesto allí por una razón. Por fin iba a codearse con los poderosos, aunque le preocupó bastante conocer al Diablo. Varias personas con capas estaban formando un círculo, y al verlos se abrieron, y en medio del círculo sonreía malignamente Alonso, apoyado en un tridente que durante el día parecía una pala.